Cultura

Sofocones en pantalla grande

Las altas temperaturas han sido para el cine un detonante de las emociones, como demuestran los asfixiantes dramas de Tennessee Williams, la ventilada comedia de La tentación vive arriba o la sexualidad desatada de La ley del deseo, del director manchego Pedro Almodóvar.

el 15 sep 2009 / 10:35 h.

Mateo Sancho Cardiel

Las altas temperaturas han sido para el cine un detonante de las emociones, como demuestran los asfixiantes dramas de Tennessee Williams, la ventilada comedia de La tentación vive arriba o la sexualidad desatada de La ley del deseo, del director manchego Pedro Almodóvar.

Mientras en verano las salas de cine congelan a los espectadores con el aire acondicionado, el séptimo arte ha utilizado el calor en muchas ocasiones como un personaje más. Sin él, Marilyn Monroe nunca se habría refrescado encima de un respiradero del metro para provocar su legendario levantamiento de faldas en La tentación vive arriba, de Billy Wilder (1955), ni los vecinos de James Stewart en La ventana indiscreta (1954) habrían aireado sus intimidades para el deleite del impedido voyeur creado por Alfred Hitchcock.

"Cuando hace este calor, ¿sabe lo que hago? Guardo mi ropa interior en la nevera", decía con sexy ingenuidad Marilyn en la película de Billy Wilder. Pero sobre todo, el calor ha sido explotado como un extremo que desarrolla la animalidad, que abre los poros y deja escapar los sentimientos primitivos.

En 1981, tras colaborar en el guión de la saga Star Wars e Indiana Jones, Lawrence Kasdan debutó como director con Fuego en el cuerpo, una trama clásica inspirada en Perdición (1944) pero con un erotismo enfermizo entre Kathleen Turner y William Hurt que se potenciaba con la ola de calor que en la película asolaba Florida. "Puedes quedarte aquí conmigo si quieres, pero tienes que prometerme que no vas a hablar sobre el calor", decía él para romper el hielo en pleno verano. "Soy una mujer casada", respondía categórica ella. La conversación terminaba con un helado derramado en su blusa.

Para aplacar la suma de temperaturas corporales y ambientales, los protagonistas, en otra secuencia para el recuerdo, echaban cubiteras de hielo a una bañera que hervía por un deseo sexual que pronto derivaría hacia lo criminal.

Almodóvar también utilizó un verano, esta vez madrileño, para una escena que resume toda su primera etapa. "Esta noche no lo soporto. Riégueme, riégueme", gritaba Carmen Maura al basurero que limpiaba la calle con su manguera en La ley del deseo (1987).

El ambiente sofocante acompañó toda la obra creativa del director Tennessee Williams que, recalentada con la moralidad procedente del sur de Estados Unidos, de donde era natural el dramaturgo, transcurría por los raíles de la sexualidad reprimida. Sin embargo, los corsés se derretían por el calor de un invernadero en De repente, el último verano (1959), en los barrotes de una cama en La gata sobre el tejado de zinc (1958) y con los sudores tropicales de La noche de la iguana (1964).

Esta última película convirtió en destino turístico de moda la playa mexicana de Puerto Vallarta, la misma en la que Ava Gardner se desquitaba del tormento de Richard Burton con dos jóvenes de la zona que bailaban al son de unas maracas.

Sed de mal (1958), localizada en México, contaba con un orondo Orson Welles que, en un significativo papel, se arrastraba y sudaba como una babosa que ralentizaba la resolución de la trama. El calor asfixiante también potenció la angustia en thrillers como El cabo del terror (1962), en la que Robert Mitchum se recreaba en su salvajismo sin camiseta, aunque sirvió de contraste para la frialdad asesina del Tom Ripley interpretado por Alain Delon en A pleno sol (1960).

Pero el calor también produce sed de venganza, como mostró Sam Peckinpah en Quiero la cabeza de Alfredo García, en la que el camino hacia la revancha estaba regado por el sudor de un padre que persigue a quien deshonró a su hija.

La aridez del oeste creó en sí misma un género como el western, que estiraba la tensión hacia el mediodía, cuando el sol no produce sombra, para el clímax de Solo ante el peligro (1952), o encontraba las pasiones de Joseph Cotten, Gregory Peck y Jennifer Jones en el apoteósico y achicharrante desenlace de Duelo al sol (1946). Y más al sur, llegando al trópico, el calor húmedo y la transpiración jugaron un papel definitivo en El salario del miedo (1953), de Henri Georges Clouzot, y La muerte en este jardín (1956), de Buñuel.

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