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"Sólo ahora me siento seguro"

"Después de lo que yo he pasado, todo lo que venga ahora es bueno", resumía ayer el sevillano Javier Villanueva al pisar Sevilla después de cinco años, en los que ha peleado por demostrar su inocencia del asesinato que le achacaban en Bolivia. Familiares y amigos lo recibieron en la estación del AVE, donde también lo esperaban una nube de medios de comunicación.

el 14 sep 2009 / 22:42 h.

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"Después de lo que yo he pasado, todo lo que venga ahora es bueno", resumía ayer el sevillano Javier Villanueva al pisar Sevilla después de cinco años, en los que ha peleado por demostrar su inocencia del asesinato que le achacaban en Bolivia. Familiares y amigos lo recibieron en la estación del AVE.

Cansado tras dos días sin dormir, agobiado por la nube de medios de comunicación que se le echaron encima al llegar a Santa Justa, Villanueva pudo por fin abrazarse a su madre, Liliana de Martino, y a su hermana Claudia. Llevaba cinco años sin verlas. La chica, tímida, huyó de las cámaras a la espera de un momento tranquilo, pero a Liliana ya nadie pudo arrancarla del brazo de su hijo. La mujer se ha pasado los dos últimos años rezando una novena cada noche a San Francisco Javier para pedirle la vuelta de su hijo.

El sevillano sorteó su enésimo y último escollo, una huelga en la compañía aérea que lo traía de vuelta a casa, y con retraso pero feliz llegaba a su ciudad con su novia, la boliviana Carola Torres, y los familiares que lo recogieron de madrugada en Madrid: su padre, Francisco, y su esposa Carmen; sus hermanos Álex y Mina, sus abuelos paternos... con ellos vivirá hasta que pueda alquilar una casa con su novia, que ha sido junto a su padre su principal apoyo todo el tiempo que ha durado su odisea judicial, que se ha prolongado más de año y medio aún después de declararse su inocencia, por el retraso en darle los permisos para salir del país.

"Lo primero que quiero hacer es respirar aire libre y pasear por Sevilla para enseñarle a Carola todos los rincones de mi ciudad, y a mi gente", decía el joven, que reconocía no tener planes de futuro todavía. "El futuro hay que iniciarlo ahora. No puedo recuperar un tiempo que nadie nos va a devolver, pero hay que aprovechar el que nos queda". Su intención es quedarse un tiempo en Sevilla, "y luego ya se verá", decía emocionado, mientras detrás de los periodistas alcanzaba a atisbar a algunos amigos que también acudieron a recibirlo.

"Sólo me he sentido seguro cuando he llegado a España", reconocía el joven, que pasó más de año y medio en prisión antes de ser absuelto del asesinato de la fiscal boliviana Mónica Von Borríes; sometido a torturas tras su arresto en 2004 y, después de ello, a innumerables irregularidades, como acreditaron tres informes de organismos internacionales.

Tan poco se fiaba del país que dejaba atrás, que él y su novia viajaron sin maletas para que nadie pudiera meterles nada comprometido en el equipaje. Salieron de Bolivia con una bolsa de mano cada uno, que jamás perdieron de vista. Al llegar a España tuvieron que pedir ropa prestada.

Aunque quiere "empezar de cero e intentar olvidar todo este episodio", Villanueva recordaba ayer que lo peor de esta larga pelea por demostrar su inocencia estuvo al principio, cuando para lograr que confesara el crimen la Policía lo sometió a torturas dándole descargas eléctricas en los genitales y ahogándolo con bolsas de plástico. Pero también ha sido duro al final, cuando ha visto en los rostros de sus familiares "las huellas del sufrimiento que han tenido que pasar". Y eso que a su nonagenaria abuela Marichu, que ayer recorría la estación de Santa Justa apoyándose en un bastón pero erguida, maquillada y peinada para la ocasión, el volver a abrazar a su nieto parece haberle quitado años de encima. Al contrario que a sus hermanas, que eran unas niñas cuando las vio por última vez y a las que ayer encontró "hechas dos mujeres".

Agradecido.

Algo desconcertado por la enorme expectación que había provocado su llegada, Villanueva aprovechaba para agradecer públicamente a su padre el apoyo "impagable" que le ha dado durante todos estos años, en los que ha sufragado su defensa, los sobornos a los funcionarios para minimizar el riesgo que corría en prisión e incluso sus propios gastos, ya que ni Javier ni Carola volvieron a encontrar trabajo, ni siquiera después de que el sevillano fuera absuelto. Por no hablar de los muchos viajes que su padre y su mujer realizaron para darle apoyo en Bolivia, las infinitas gestiones diplomáticas y las llamadas de atención para que su caso no se olvidara en España, que les han dejado una deuda económica de medio millón de euros.

"Hemos jugado en el campo contrario y hemos ganado, y eso es muy difícil", se enorgullecía ayer Francisco, que al igual que Carmen quiso dejarle todo el protagonismo a Javier, después del gran esfuerzo que ambos han realizado para ayudarlo, que también se reflejaba en sus caras.

Toda la odisea fue recordada por Javier en un programa al que acudió por la mañana en Madrid. Allí reconoció que su amistad con conocidos deportistas bolivianos lo hizo conocer a algunos de los delincuentes a los que la Policía relacionó con el asesinato de la fiscal en febrero de 2004. Aventuró que seguramente lo cogieron "como chivo expiatorio" en un caso que la Policía se veía presionada a resolver rápido porque había conmocionado a la opinión pública, y en su contra jugó que "era extranjero, tenía sólo 27 años y estaba solo, así que pensaron que no me iba a poder defender".

También rememoró las siete horas que fue torturado para que grabara un video en el que confesaba el crimen; el tiempo que vivió en la cárcel de Palmasola, donde sólo comía lo que le cocinaba su novia porque temía ser envenenado, no dormía casi nunca y vivió un motín en el que huyeron decenas de presos y en el que él se negó a escapar. También el arresto domiciliario en un piso de 40 metros que compartía con los tres policías que lo vigilaban durante las 24 horas.

Tras el juicio, celebrado en febrero de 2006, llegó la absolución en marzo de ese año, confirmada en mayo de 2007 y ratificada en diciembre. Un mes después, Javier volvía a España con Carola, que ha dejado en Bolivia a su hija de 10 años hasta que logre estabilizar su situación y pueda traerla. Allí quedan el piso en el que vivieron y amigos a los que Javier agradece su apoyo, como el cónsul español, José Fernández Norte. "El pueblo boliviano no tiene la culpa de lo que me hicieron", sentenciaba ayer el sevillano que, por increíble que parezca, no descarta volver a Bolivia algún día.

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