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“Somos supervivientes, no víctimas; es una postura de resistencia”

Antonia y Nerea reconstruyeron su vida tras sufrir malos tratos y ahora ayudan a otras mujeres

el 24 nov 2013 / 23:57 h.

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J.M. ESPINO (ATESE) J.M. ESPINO (ATESE) Saben que cuando una mujer llama a su puerta les contará que está triste o que ha tenido una fuerte discusión con su pareja como mucho, pero tardará “su tiempo” en verbalizar que le ha pegado porque “da mucha vergüenza”. Conocen los argumentos con los que justificará la conducta de su agresor y las “mentiras” que poblarán su relato porque ellas también pasaron años “justificando” y “mintiendo”. Y saben que es preciso reconocer lo que está pasando para tocar fondo y a partir de ahí iniciar un “proceso de reconstrucción y un proyecto de vida”. Antonia y Nerea saben todo esto porque ellas mismas fueron maltratadas por sus parejas pero rechazan llamarse víctimas, se consideran supervivientes que han decidido poner su formación especializada, y sobre todo, la capacidad de empatía que da la experiencia, al servicio de otras mujeres que estén pasando por lo mismo para mirarlas a los ojos y decirles que saldrán de ésta como salieron ellas. Las escuchan vengan a lo que vengan, no las juzgan y hacen un pacto con ellas: “no están solas y no les fallaremos”, ofreciéndoles desde asistencia legal, psicológica o laboral hasta talleres de danza para que “vuelvan a recuperar el control sobre su cuerpo y no lo escondan”. Antonia Avalos es mexicana y trabajaba como profesora de Historia y Antropología. Durante diez años ocultó los golpes que su pareja y padre de su hija, también profesor, le propinaba. “Nunca dije nada, justificaba todo con que tenía un fuerte carácter y llegué a separarme dos veces pero para hacerme valer, porque yo estaba enamorada”. El día que lo denunció fue cuando realmente sintió miedo, “porque no es fácil ser consciente de que te puede matar”. “Ese día me golpeó y me dijo que por la noche hablaríamos, pero yo vi la muerte en sus ojos, cogí a mi hija y me fui de casa”. En comisaría la atendieron pero sintió que no la creyeron. “¿Cómo una profesora universitaria iba a dejarse hacer eso?” Estuvo escondida en un refugio mientras él seguía llamándola e iba a su casa “con un machete”. Asustada se fue seis meses a otra ciudad. Regresó cuando él pasó ilegalmente a EE.UU. como refugiado por su origen cubano. De vuelta a su entorno acudió a terapia. “Me costó años reconocerme como víctima, yo solo decía que era una relación que acabó mal, pero el paso de reconocerlo fue el que me liberó, porque si no, no puedes empezar la reconstrucción”. Sentía la “motivación personal” de ayudar a otras mujeres y decidió dar un giro a su vida y venir a España a realizar estudios de género. Poco a poco se fue involucrando en el movimiento asociativo. En enero creó una organización cuyo nombre es toda una declaración de intenciones: Mujeres Supervivientes de la Violencia de Género porque “no somos víctimas sino supervivientes, que es una postura de resistencia”. En este proyecto le acompaña Nerea Sanchís, psicóloga de formación y para quien fue especialmente duro reconocerse en los supuestos que estudiaba en un Máster de Intervención Familiar que completó con otro sobre violencia machista. “Llevaba siete años enganchada a una relación con episodios de abusos que no relacionaba con la violencia de género sino con que él venía de un entorno desestructurado y veía normal comportamientos ante los que, sobre todo mi madre, me alertaba”, relata. Sus estudios empezaron a darle herramientas para interpretar lo que ocurría “y le mandé a terapia pensando que lo iba a cambiar”, pero cuanto más abordaba con él el tema la situación empeoraba porque “empezaba a verse descubierto”. “Sentía que me estaba estafando a mí misma. Lo estaba viendo y sabía lo que me estaba pasando pero ¿cómo iba a decirle a mis compañeras que a mí me ocurría eso sobre lo que estudiábamos?”, explica. Finalmente se sintió fuerte y lo echó de casa. “Se lo conté a mi madre la primera y luego sentí la necesidad de llamar a mucha gente para decírselo”. A partir de ahí rompió con el entorno común con su pareja, cambió de casa, fue a terapia e inició su reconstrucción. “No denuncié y en algunos sitios me hicieron sentir culpable por ello”, recuerda. No obstante, ambas defienden la denuncia para activar la protección y “porque esto es un Estado de Derecho y no debe quedar impune”, reivindica Antonia. Eso sí, tomando precauciones y –Nerea avisa– hay que “estar fuerte porque el proceso judicial es largo y doloroso y en algún momento alguien va a dudar de ti”. Con todo, lo más importante es salir del pozo e iniciar un proyecto de vida. El suyo es guiar a otras mujeres pero huyen del mensaje de “pobrecitas” y la sobreprotección mal entendida. “Necesitan ayuda pero son adultas y cada pequeña decisión que tomen por sí mismas les hará ganar seguridad y autoestima”, justo lo que le han quitado a golpes. Puede contactar con la asociación llamando al 618128583 o 679729204 y consultar la web www.mujeresupervivientes.org

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