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Cultura

Son jóvenes y un día serán las referencias

Teatro de la Maestranza. Divino Tesoro. Baile: Saray de los Reyes, Ana Pastrana, María Moreno y Alberto Sellés. Cante: Bernardo Miranda, Jesús Corbacho, María José Pérez y Niño de Elche. Guitarra: David Carmona, Yago Santos, Ramón Amador y David Caro. Percusión: More Carrasco. Saxo, armónica y flauta: Diego Villegas. Guión y dirección: José Luis Ortiz Nuevo. Sevilla, 8 de febrero de 2015.

el 09 feb 2015 / 13:37 h.

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flamenco Casi no nos damos cuenta, pero el flamenco va cambiando más de lo que pudiéramos pensar y son los artistas quienes lo hacen evolucionar. Los críticos solo lo contamos y los flamencólogos son quienes lo analizan, casi siempre con la perspectiva del tiempo. Ahora se está analizando lo que hacían los intérpretes hace casi dos siglos, cuando el Planeta, su sobrino Lázaro, Tobalo el de Ronda, la Campanera, Paco el Barbero o Frasco el Colorao empezaban a trazar las primeras líneas de lo jondo, siendo todavía jóvenes. Siempre ha habido jóvenes en el flamenco, aunque nos pueda parecer que entonces era cosa de viejos. Chacón, Pastora, Vallejo o Marchena empezaron su particular revolución siendo jóvenes, adolescentes, en algunos casos. Incluso niños, como ocurrió con la Niña de los Peines y el Niño de Marchena, de ahí lo de sus remoquetes artísticos. Los jóvenes intérpretes del cante, el toque o el baile flamencos tienen siempre sus referencias. Pastora tuvo las de la Serneta, Chacón, Manuel Torres o la Juanaca de Málaga, por poner un ejemplo, como Poveda o Arcángel tienen a Mairena, Caracol, Morente o Camarón. La noche del pasado domingo, en Divino tesoro, comprobamos una vez más la dependencia que los jóvenes tienen de los maestros anteriores, como ha ocurrido y ocurrirá siempre. Y lo decimos en el buen sentido, porque ojalá nunca llegue el día en que la nueva savia se olvide de esas referencias, del tronco y las raíces, del legado de los antiguos e incluso de los contemporáneos. El espectáculo creado por José Luis Ortiz Nuevo tuvo el indudable atractivo de un cartel compuesto por intérpretes menores de treinta años. La idea es buena, aunque con fallos garrafales. Por ejemplo, que se haya celebrado en Sevilla y no hubiera un cantaor o una cantaora de esta tierra, la tierra del cante, con Triana enfrente del Maestranza y la Alameda y la Macarena detrás. Tampoco los hubo de Jerez o de Cádiz, que son junto con Sevilla las canteras del cante. En cambio, sí hubo representación de Almería, Córdoba, Huelva y Elche. No es que le neguemos méritos flamencos a estas ciudades, sino que echamos en falta voces de esta tierra. Tampoco fue brillante el planteamiento escénico, con una negritud casi deprimente en el escenario –demasiado oscuro–, por no hablar de que parecía un concurso. Los jóvenes salían al escenario y apenas tenían tiempo para desarrollar lo que atesoran. Estaba todo demasiado previsto, sujeto a una puesta en escena muy estricta, demasiado, cuando el flamenco requiere libertad. Solo la calidad individual de los participantes consiguió que disfrutáramos de buenas piezas musicales y dancísticas, aunque hubo altibajos, algo lógico por el número de artistas que hubo. Quizás no esté bien hablar de triunfadores, porque se trataba de que viéramos y oyésemos lo que un grupo de jóvenes eran capaces de ofrecernos en un teatro de Sevilla, su mejor escenario. Sin embargo, es justo destacar al joven instrumentista sanluqueño Diego Villegas, de solo 28 años. Es un auténtico fenómeno que nos maravilló lo mismo acompañando al bailaor gaditano Alberto Sellés que en solitario, rindiendo honores a Jorge Pardo con un saxo soprano, una flauta y una armónica. Nos acordamos de aquello que dijo Manolo Caracol hace ya medio siglo, de que se podía hacer flamenco con una gaita, como demostró también otro joven valor de la velada, el sevillano More Carrasco, sobrino del magnífico percusionista José Carrasco. En el cante destacó la joven cantaora almeriense María José Perez, quien homenajeó al maestro sevillano Manuel Vallejo con unas brillantes granaínas. El cordobés Bernardo Miranda hizo lo propio con Enrique Morente (Yo, poeta decadente), dejando muestras de buena calidad. El Niño de Elche nos regaló algo así como una parodia del “cante primitivo”, luciendo luego, cantando para bailar, una estupenda voz perdida entre tanta cacharrería. Muy bien el onubense Jesús Corbacho en su guajira marchenera y los fandangos del Pinto, con su timbre de voz característico y una indudable personalidad. El baile fue quizás lo más variado, con una Saray de los Reyes embarazada de cinco meses –esa criatura ya lleva el compás dentro–, demostrando por qué le duele el baile de Manuela Carrasco, su soleá. Una Ana Pastrana discreta, aunque elegante. Un Alberto Sellés muy suelto en todo, con una estupenda preparación que quedó patente en la farruca de Javier Barón y en el fin de fiesta. Y una María Moreno abriendo con arte y desparpajo el frasco del perfume trianero de la maestra sevillana Matilde Coral en alegrías. El guitarrista granadino David Carmona se lució en su homenaje a su maestro Manolo Sanlúcar. Está llamado a ser uno de los grandes, por su buena técnica no exenta de alma flamenca y de pellizco. El almeriense David Caro nos trajo el sonido gitano de su paisano Tomatito. Ramón Amador, la música descriptiva de Ramón Montoya, con su rondeña. Y el bilbaíno Yago Santos, el del maestro Rafael Riqueni, presente en el teatro. Estupendo nivel el de todos. La juventud no es un defecto que se cura con el tiempo, porque la juventud nunca puede ser un defecto: es siempre el preámbulo de algo grande. Estos jóvenes son ya artistas y serán las referencias de los que lleguen.  

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