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Sorteando los apuros

Los videoclubs son unos negocios en peligro de extinción, por eso algunos han hecho suyo el lema ‘la imaginación al poder’ para sobrevivir.

el 08 nov 2009 / 14:09 h.

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Si existe un negocio que haya sufrido más que ningún otro los avatares del nuevo siglo ese es el del videoclub. Aquellas tiendas familiares repletas de gastados VHS en estanterías un poquito polvorientas (sin otro ánimo que el de mantener el encanto), con viejos carteles de cine y una caja registradora acechada por golosinas están pasando a mejor vida. Donde antes colgaba el cartel de ‘en alquiler’ ahora aparece el de ‘se vende’ (y no precisamente referido a las películas…)

Primero fue Internet y luego el top-manta, el acoso a estos discretos negocios de barrio se ha ido gestando poco a poco y así ha sido, sin hacer ruido, como unos y otros han ido bajando la persiana y poniendo un “The End” sin viso de segunda parte.

Todo eso sucedió (y sigue sucediendo) hasta que unas cuantas neuronas se pusieron a funcionar y vieron que videoclub y siglo XXI es una pareja que hasta pueden llevarse bien y convivir bajo el mismo techo.

En Sevilla mientras que estos negocios cierran y, los menos, se transforman en insípidos y anónimos cajeros automáticos que expenden dvd en vez de euros, tres jóvenes empresarios dirigen a unos pocos metros de distancia entre ellos (dura competencia) tres videoclubs, los tres en el centro de la ciudad, con clientela asegurada y un futuro prometedor.

El más osado de todos es Sevilla 8 1/2½ ubicado en Jesús del Gran Poder. Allí, respaldado por un nombre que guiña los dos ojos al Federico Fellini de 8 1/2 ½ recibe José Manuel González, a los mandos de un mostrador que parece mas un despacho y parapetado por un vetusto proyector –cosecha años 40–, que brindó algunas de las primeras sesiones oscuras que se disfrutaron en el Cine Alameda.

La clave de esta nueva aventura empresarial se llama tarifa plana: “En Estados Unidos y en Canadá ya existe esta fórmula, pero aquí, en España, somos los primeros en implantarla”, cuenta. Por 15 euros puede llevarse todas las películas que quiera durante un mes. Y justo en ese tiempo, en 30 días, ya tienen fichados a 170 clientes muy activos “que vienen casi cada día para llevarse un dvd a casa”. Y no cualquier dvd: “Tenemos mucho cine clásico, películas europeas, cine independiente, series y hasta cine X de autor”, que también en el celuloide calentón existe su poquito de arte y ensayo. Las palomitas también se las puede llevar incluidas, que una buena película de Ingmar Bergman no ha de estar reñida con el maiz inflado.

Las chicas que comandan The Big Orange, en plena Alameda, padecen cierto escozor por la incipiente competencia pero, por ahora, no se quejan, o al menos no mas de la cuenta. Su videoclub es el más longevo (lleva seis años en la brecha) y sus más de 6.000 películas avalan su permanencia. “Esto era originalmente una franquicia, pero quebró, y decidí quedarme con el negocio”, dice su generala Ana Pérez.

Aquí no hay especialización que valga, los blockbusters de Nicolas Cage conviven con el cine experimental de Michael Haneke y tan contentos. “El perfil de nuestro cliente es muy variado, vienen Erasmus, gays, lesbianas, parejitas y frikis”, asegura. La llave de acceso al celuloide cuesta entre dos y dos con cincuenta euros. “Con una factura reciente nos vale para hacer un socio”, explica mientras cruza los dedos para que no capten morosos “que los hay, y a veces hay que hacer muchas llamadas para que te devuelvan una película”. ¿Y al final? “Como le dé por no traérnosla ni con el FBI detrás lo conseguiríamos”.

La ruta del cine en casa acaba en la calle Correduría. Hay que reconocerles el mérito: El Gabinete del Doctor Letamendi dio el campanazo con un videoclub diferente: Películas “homo”, de “humor cañí” o de “fumetas” son algunas de las secciones de una filmoteca extravagante y cien por cien de autor que tiene una total alergia a los últimos taquillazos.

Si estos locales le pillan lejos de su casa siempre podrá optar por el camino más correcto, buscar y rebuscar por sus calles vecinas ese videoclub que seguro, en estos momentos, pende de un hilo. Sea como fuere, ¿quién lo hubiera presagiado hace sólo unos años? La llave maestra para seguir adelante parece estar en las pelis que pasan de puntilla por la cartelera, esas que ni la manta pirata ni la mulita virtual son capaces de localizar.

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