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Springsteen, himnos de esperanza para los malos tiempos

el 13 may 2012 / 21:04 h.

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Tres años después de que Bruce Springsteen citara a los suyos en el Estadio Olímpico, el Boss regresaba anoche con la misma garra y con el poder de convocatoria casi imbatible (el casi va por el 75% del aforo que logró llenar, al otro 15% se lo comió la crisis). Pero no fue el mismo de entonces. Y no sólo porque trajera un nuevo disco bajo el brazo -Wrecking ball, en aquella ocasión era The promise -, si no porque su último hijo musical es también un vástago de la furia y la rabia de la situación actual.

Así pues, el mismo Bruce pero no exactamente una copia de sí mismo. Debe ser lo que tienen los grandes, que se reinventan en cada escenario que pisan. Y el actual no da para mucho alborozo. Por eso esta vez no hubo Sevilla tiene un color especial rasgueado a modo de guiño local en las cuerdas de una guitarra, si no los primeros compases de El bueno, el feo y el malo atronando en los altavoces y caldeando el ambiente. Y por eso también su himno inaugural (y el de toda una generación), Badlands, arreció como sólo lo saben hacer los truenos malhumorados. Nunca había sonado tan grave, contagiado como estaba de la misma bilis crítica y contestataria que el Boss ha vertido en su último trabajo.

A las nueva y media de la noche, este custodio del rock dejaba a un lado sus canciones-himno, y comenzaba a desbrozar los temas de su último EP, comenzando por el homónimo Wrecking ball, mucho más extenso en el directo que en su original, más retumbante y con la satisfacción de comprobar cómo su amplia parroquia ya tenía interiorizado lo último, eso que mañana, será ya, probablemente otro clásico. Para entonces los temas se sucedían en la forma de artillería pesada, retando con unos decibelios enloquecidos a los oídos mojigatos. Verbigracia del maestro, por encima de la maraña sonora, sobresalía el abundante arsenal instrumental, más nutrido en esta ocasión que en anteriores giras. Con Dead to my hometown la E Street Band demostró que son mucho más que atrezzo. Menos polvorienta que el grueso de su catálogo y con inequívocas ráfagas célticas, el tema se ha convertido en uno de sus más pegadizos. Sólo falta que Springsteen lo adorne en futuras repeticiones con una coreografía confeccionada con algún elemento de mayor enjundia que un puñado de saltitos.

"Qué bueno ver a mis amigos otra vez. Esta canción es una historia sobre aquello que perdemos y aquello que queda para siempre", dijo sin quitar ojo a una chuleta que tenía en el suelo. Era My city of ruins y era también el momento góspel de la noche, ese en el que un órgano murmuró un tonillo eclesial, un coro negro captado en el Brooklyn más auténtico aúlló la melodía y un Springsteen transido canturreó en modo predicador mientras introducía unos escuetos solos de cada uno de sus colegas de rodaje.

Después, un silencio único, unos pasos en la oscuridad hacia la primera fila y un cartel que casi por sorpresa arrebató a un fan de los que llevaban desde antes de ayer montando guardia para tomar uno de los primeros puestos. Trapped, esa era la petición. Bienvenido a la gramola: su deseo ha sido concedido y viene con un extra inesperado, el potentísimo sólo de saxo del sobrino del llorado big man Clarence Clemons (a quien al final recordaría en imágenes), Jake Clemons, un chorro jazzero bien armonizado y mejor timbrado que se llevó una ovación aparte. Out in the street levantó pasiones e hizo aflorar alguna orgullosa bandera estadounidense (porque con patriotas críticos como el Boss da gusto ser patriota).

"Hemos tenido malos tiempos, demasiada gente ha perdido su trabajo y sus casas. Sé que aquí los malos tiempos son incluso peores, por eso nuestro corazón está con vosotros. Queremos dedicar esta canción a los indignados del 15-M y a todos los que están luchando en el Sur de España". Cada comparecencia de Springsteen es también una lección de realidad, un reflejo puesto en música de todo cuanto acaece fuera. Cuando los soldados ‘made in USA' masacraban Irak por orden de unos cuantos políticos hoy olvidados, el Boss recorrió el mundo torpedeándoles con sus letras y aireándoles su hedor. Cuando casi medio país está sin trabajo, también los recuerda, los homenajea con sus letras más llenas de ira contenida, esas en las que su voz rota le delatan como un guía ¿espiritual? y musical de las clases medias.

Pero si algo resultó incontestable anoche fue la maestría de una banda que lo dio todo en cada tema y que nunca le dejó en cueros. Sin ella, el norteamericano pasaría por un cantautor pegado a una guitarra eléctrica, con ella, el rock quebradizo y melódico que practica se eleva a la categoría de gran música, con pegadizos estribillos que se imantan en la piel al compás de una armónica descarriada y brutal y de las disparadas escalas de un piano (Charles Giordano) que fue capaz de hacerse oír en cada nuevo aporte.

Con Shackled and drawn y Candy's room, el Boss quiso destapar las esencias de sus temas más optimistas, aquellos que coquetean con el country-rock, los que rápidamente hallan respuesta en estribillos coreados y los que se acomodan en un magistral estilo que atraviesa la columna vertebral de lo folkie y que sagazmente son capaces hasta de imitar a Pixieland con riffs alocados. Waiting of a sunny day pudo haber sido el cénit, el pico más alto de una montaña rusa concienzudamente engrasada y de una espontaneidad contagiosa. Springsteen volvió a acercarse al público hasta casi desaparecer en abrazos, se caló un sombrero playero e invitó a una niña a participar en un solo que hizo temblar al auditorio. En el mármol de su tumba grabará: "Yo canté con el Boss". Porque lo suyo, más que un amago adolescente, fue un lección de rockeria.

Because the night, el mítico hit que pariera con Patti Smith, miraba a la recta final. Como también The rising, su hiper rítmico lamento por la Norteamerica hundida y desesperanzada que quedó tras el infausto 11-S. Rock springstiniano. ¿Existirá eso? A tenor de lo escuchado anoche sí, porque no hay constancia de otro cóctel donde convivan a las claras tantas influencias y el resultado sea tan genuinamente, tan grasientamente rockero. Land of hopes and dreams luego. Y después los regalos, Rocky ground, Born to run, Dancing in the dark, Bobby Jean... Mayestático.

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