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Subasta de objetos perdidos

La Antigua Abacería de San Lorenzo expone todo lo que la gente se ha ido dejando allí en los últimos diez años. Se admiten pujas.

el 26 ene 2014 / 23:30 h.

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15438884 "Y lo de la silla de ruedas, Ramón. Cuéntale lo de la silla de ruedas”, le recuerda María del Carmen Vázquez, su esposa, desde detrás de la rústica barra de madera gorda por donde aguardan a ser servidos los vinos, los quesos y los jamones. “Ah, es verdad”, se sonríe Ramón López de Tejada, sentado en una silla de palo y ante una mesita que está pidiendo a voces unos tintos y algo de La Mancha que arrebujarles. “Es verdad”, repite. “Una vez se dejaron aquí una silla de ruedas. Pero lo más gracioso de todo es que no vinieron a recogerla luego. Cómo se explica eso, je, je”. Se ve que el condumio obró el milagro. “Eso foto no saldrá luego en un periódico, ¿no?”, inquieren dos ancianos con socarrona desconfianza, sorprendidos libando el moyate en la mesita de atrás. “Mire que les hemos dicho a nuestras mujeres que íbamos a la farmacia”. Hay un buen humor general en esa esquina de Teodosio llamada la Antigua Abacería de San Lorenzo. El humor necesario para reunir todos los objetos que la clientela ha ido dejándose por las mesas y los rincones en los últimos diez años y exhibirlos todos en una especie de exposición con derecho a pujar que se va a celebrar en ese establecimiento a partir del día 1 de febrero. “Es la segunda vez que organizamos algo así”, explica Ramón, el dueño. “La primera vez fue hace diez años (ahora cumplimos dieciocho, celebramos la mayoría de edad con unas jornadas gastronómicas). Entonces los expusimos en el escaparate y por ahí, pero el otro día nos dijeron oye, y por qué no los subastáis, así que nada, admitiremos pujas por ellos. Será la II Exposición de Objetos Perdidos y Hallados en la Abacería, je, je”. Aunque, por lo general, lo que más se deja la gente allí va a ser difícil de mostrar: el apetito. No es peloteo a la casa, en absoluto: es que los viernes organizan allí, pero en la planta de arriba, un fenómeno de escandaloso atractivo y consistente en lo siguiente: uno paga diez euros, sube y se encuentra una gran mesa rodeada de sillas. Se sienta en una de ellas y, sin solución de continuidad, se harta de comer el guiso especial cocinado para ese día. Tantos platos como le quepan en el sistema digestivo, acompañados del vino escogido para la ocasión y, por lo general, aportado por alguna bodega para hacerse promoción. “Este viernes fueron papas a la riojana”, y aquello no fue una frase:aquello fue un conjuro como no ha conocido nunca uno Harry Potter, porque ipso facto el local entero empezó a salivar como el perro de Pavlov. “Y el que menos, se comió tres platos. La gente ansía estas cosas”, asegura Ramón López de Tejada. No lo sabe bien. Sin ánimo de que se le enfade nadie, el abacero confiesa un secreto general de la humanidad: “La gente... la gente está un poquito cansada de los gastrobares y los montaditos". "Es que todo en esta vida no puede ser un gastrobar”. Si en ese momento los cielos no se abrieron para que de ellos descendiera una legión de ángeles trompeteros dispuestos a corear semejante verdad, es que estaban haciendo la digestión todavía, después de lo del viernes. Por lo que cuenta, allí va la gente en busca de la “cocina tradicional andaluza rescatada del olvido”, y empieza a referir las especialidades de la casa: “Sopa de tomate con hierbabuena, a veces hacemos poleá, potajes y guisos, carne de toro, quesos y conservas escogidas... Total, que a esas alturas de la disertación aquello no era ya el perro de Pavlov:aquello era un tritón de la Fontana de Trevi. Qué no perderá la gente allí, además de saliva: ¿la consciencia? ¿el sentío? Pues no: dice el matrimonio que gobierna el negocio que los extravíos son más de otras cosas: “Uno se dejó una vez una cota de malla de la Edad Media”. Hombre, el barrio es antiguo, pero tampoco es para tanto. Pero no: por lo visto, se trataba de un actor callejero, o de una actividad cultural o de algo por el estilo, pero este sí que regresó a recogerlo, no como el propietario de la silla de ruedas. “La silla lo que hicimos fue donarla a un centro asistencial de La Algaba”. “Lo último que se han dejado eso ya es demasiado: unos papeles de una tesis doctoral. Y lo peor es que no han venido a recogerla. Se ve que no estaría muy conforme el dueño con lo que había escrito”, comenta Ramón. Lo cierto es que en este establecimiento repleto de objetos el olvido queda perfectamente camuflado: botellas por docenas decorando las paredes, jamones, ajos, chismitos, adornos... envolviendo un espacio recogido y casi angosto que recuerda más al comedor de una casa o a una tiendecita antigua que a un bar al uso. “Guantes, bufandas, pendientes, gafas de todo tipo: de ver, de sol, con funda, sin funda... y móviles. Móviles de todas clases.” Será curioso ver quién puja por un móvil de hace diez años, si es uno de hace quince días y ya no lo quieren los chavales. Toda una antigualla. A lo mejor lo adquiere uno para decorar su propia abacería. O para llamar a La Algaba, para preguntar por su silla de ruedas. Se sabrá en una semana.

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