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Sueños desde el vagón de cola

Hay que ver lo que pían los gorriones en Huelva. Será de los fosfoyesos. Diego Valderas irrumpe con un sonoro bonjour en la muy republicana sede de IU, que cumple al cien por cien el reglamento interno de los comunistas sobre pósteres, pegatinas, atrezzo y mal gusto artístico en general.

el 15 sep 2009 / 00:53 h.

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Hay que ver lo que pían los gorriones en Huelva. Será de los fosfoyesos. Diego Valderas irrumpe con un sonoro bonjour en la muy republicana sede de IU, que cumple al cien por cien el reglamento interno de los comunistas sobre pósteres, pegatinas, atrezzo y mal gusto artístico en general. Son las diez menos cuarto de la mañana. Procedente de su casa de Bollullos Par del Condado, el candidato ha estado haciendo los deberes desde las seis, se ha duchado, ha paseado a Goliat ("mi perro, que es chico y cabronazo"), ha hecho la cama y ha bajado corriendo porque lo estaba esperando ya Manolo Mateo, el amigo que lo lleva y lo trae desde que empezó la precampaña, hace 22.000 kilómetros (que es la cantidad exacta de euros que lleva gastados hasta ahora en publicitarse. Eso debe de equivaler más o menos al presupuesto electoral de Chaves para tabaco. Y eso que no fuma).

Diego Valderas va vestido de Elbardera, su personaje público. "Mira, ése es Elbardera", susúrranse los viejos de los pueblos perdidos antes de ir hacia él a zarandearlo por los hombros en señal de fidelidad eterna. Este hombre tiene pellizco. Es el gran héroe del furgón de cola de la política andaluza, como demuestra durante toda la jornada. En su casa tiene un alambique con el que destila su propia izquierda, esa izquierda pura de pueblo, hecha con cuatro verdades, que tal como te entra te pega un pelotazo en el cerebro y en la garganta pero que te entona el cuerpo para todo el día. Tan auténtica es su mercancía que los que piensan como él, atónitos, acaban votando a otro, pensando quizá que los buenos sólo existen en las películas.

Lo mismo la culpa es del propio Valderas, o tal vez de Elbardera (que se esfuerza, éste, en hablar como un político) por su estrepitosa falta de coreografía electoral. Ya se lo reprochaba su suegro, Francisco, cada vez que hacían de pareja al dominó: "Hijo, yo no sé quién te ha dicho a ti que eres inteligente". No tiene el menor interés por la mercadotecnia, los mensajes subliminales y cualquier triquiñuela publicitaria. Y menos mal, porque de dinero andan peor que de rodillas. Lo que les queda es "un mensaje que no llega a oídos de la gente", dice él, porque, al igual que en la sabana, en la selva y en todo ecosistema digno de mención, los grandes depredadores se llevan todas las raciones mediáticas lo bastante nutritivas y sabrosas al paladar, y sólo dejan los pitracos. Mejorando lo presente.

Hombre de familia. El hombre que toda señora querría como yerno espanta las horas de carretera hablando de su familia. La lleva encima, de hecho: el GPS, que por cierto se niega a funcionar en presencia del candidato, se lo ha pasado Angélica, su mujer, viendo que no hacen más que perderse; la música de campaña es un lote de discos que, en justo reconocimiento a las reclamaciones de la SGAE, le ha grabado el marido de su hija, Guille: Dire Straits, cantautores de diverso pelaje... mucho ochenterismo musical, a decir verdad. Sultanes del Swing suena todo el tiempo porque hace que el coche corra más. La foto de Paula, la nieta, sale de vez en cuando de su cartera y se da un paseíto por la concurrencia. Y el ya citado suegro, que se murió la semana pasada y que años atrás le había dicho: "Diego, no te pelees tanto con el PSOE, que no vaya a pensar la gente que estás en el lado que no es." De él mismo, Valderas habla poco. Apenas una frase: "En los carteles me han machacado", dice, sin mucho lamento porque no cree que los carteles den muchos votos. Bueno, viendo los suyos hay que darle la razón: el pelo es una mancha negra que presenta un peinado irrepetible y por el color de la tez y del fondo diríase que lo han fotografiado en ese entrañable momento en que uno sale de la tumba y se pone a devorar a sus semejantes.

Todo lo que pide este hombre para tirar para adelante en un día así de pesado es que le pongan, por favor, "un descafeinado de máquina, solo y suave", pero ni en eso logra el suficiente respaldo popular. A cambio, en Jerez de la Frontera lo espera sin que él lo sepa un almuerzo digno de un sultán del swing que anduviese de paso por Castrillo de los Polvazares: un cocido de berzas con pringá que es el equivalente culinario a una saeta flamenca de Manuel Centeno. A cada cucharada se tiene que abrir un botón de la camisa de la calor que le sube, y entonces Elbardera vuelve a ser Diego Valderas, el hombre que podría ganar unas elecciones, siempre que no abusara mucho de la cocina regional y que dijera subida en vez de incremento. "La primera vez que pedí un cocido en Madrid no sabía lo que se me venía encima, y de segundo pedí cordero. Había que verle la cara al camarero del restaurante."

Viene de Canal Sur TV en Huelva, donde se ha tenido que medir con sus adversarios provinciales. El principal de todos es el incombustible alcalde Pedro Rodríguez, que se marchaba del ente público con tal cohorte de asesores que no se sabía si habían ido a grabar un debate o una ópera de Verdi. Valderas, en cambio, se iba de allí con Juan Félix Camacho Pérez, coordinador adjunto de la campaña en Huelva, el fotógrafo de El Correo y, cerrando la terna, quien suscribe. "Con veinte asesores llega al poder cualquiera", diría más adelante, en el coche, hablando de otra cosa.

De postre, ofrenda floral a Blas Infante en el pueblo natal de éste, Casares (Málaga) y de ahí a Marbella, donde, de no haberse resuelto con éxito la incursión en un glorioso atasco ("¡Aquí hay que ser valiente, Mateo, que no llegamos!") y el curioso detalle de no dar con el sitio en cuestión, a buen seguro Llamazares le habría devuelto las cartas de amor y pedido que no volviera a llamarlo nunca más. Pero el amor verdadero siempre triunfa. Incluso fuera de las películas.

Manolo Mateo, el conductor, fue concejal de Deportes cuando Valderas era alcalde de Bollullos. Detrás del asiento del conductor guardan dos botellitas de agua abiertas sabe Dios qué día, y de las que dan, indistintamente, constantes buchitos. Diego está esperando a que se vacíe una para tomarse en ella un espidifén, que está el hombre con la cabeza como un bombo. Pero se le debe de pasar como le vino, porque bien que acaba declamando desde la tarima del mitin marbellero, defendiendo a grito limpio todo tipo de derechos de unos y otras. Dice cosas muy parecidas a las de Huelva, a las de Casares, a las del coche, sólo que antes las decía bajito: "La gente agradece hasta el no bien dicho; lo que no te perdona es que la engañes o que mientas. Yo nunca he perdido la confianza de nadie con un no." Pues entonces, lo mismo no lo tiene todo en contra y resulta que Huelva se levanta el 9-M dispuesta a darle el escaño que no espera: el suyo propio. Uno de los dos se equivocará ese día. Lo mismo es por los fosfoyesos.

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