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'Super 8:' Pura magia hecha cine

Steven Spielberg consigue trasladar al espectador a la magia del cine de aventuras de los 80, con una cinta que no tiene desperdicio.

el 25 ago 2011 / 10:54 h.

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Tan sólo ver el logotipo de la Amblin al comienzo del filme hace que se te erice todo el vello de la espalda, una sensación de la que uno no será capaz de desprenderse mientras las luces de la sala estén apagadas y la magia que J.J. Abrams pone en juego con Super 8 se proyecte en la pantalla: y es que si durante 112 minutos no sienten que ya no tienen treinta y pico años sino que aún no han pasado la decena y que están sentados en uno de esos cines de una o dos salas con los que crecimos toda una generación viendo un filme de esos que cuando salías de verlo te daban ganas de ser uno de los protagonistas, si ese no es el caso, es que no nacieron en los ochenta.

Eso no significa, ni mucho menos, que vayan a disfrutar menos de Super 8, pero está claro que el grueso de la artillería que Abrams pone en juego en su tercer filme va orientado a remover los recuerdos de aquellos que en dichos años pasamos de la infancia a la adolescencia, dejando constancia de ello en múltiples detalles que van desde los más sutiles (el hecho de que el científico que lo provoca todo sea uno de los protagonistas de la primera entrega de Gremlins) hasta uno de vital importancia que en el Hollywood actual parece carecer de calado (hablando en términos generales, claro está): el guión.

El libreto de Super 8 funciona como un reloj de precisión para provocar que el espectador empatice rápidamente con todos y cada uno de sus personajes, desde Joe, el niño que acaba de perder a su madre y no consigue dejar ir su recuerdo, hasta Martin y su desaforada pasión por explotar cosas, pasando por el padre de Joe, que no sabe como comunicarse con su hijo, o el mejor amigo de éste, apasionado del cine. El caleidoscopio de personalidades que se dibujan en la cinta hace que el espectador se vea absorbido en cada momento por los destinos de cada uno de los protagonistas, algo a lo que ayuda enormemente las muy acertadas decisiones de reparto que contempla la producción.

Pero donde realmente triunfa el guión de Super 8 es en trasladarnos de forma inequívoca a una época diferente en la que el cine no era una máquina de hacer dinero sin más (y ahí hay que valorar el hecho de que Abrams se haya negado a que la película se transfiera a 3D), si no una declaración de amor a un arte que encontraba su máximo exponente en Steven Spielberg. Así la sutileza con la que arranca la acción, como cada frase y sentimiento de los personajes está perfectamente justificada y la forma en la que la cinta orbita alrededor de la suma importancia de la amistad y la familia por encima de cualquier otra diatriba son constantes que el cine orientado a los chavales de hace tres décadas siempre observaba con esmero.

Quizás le sobre algo de violencia visual, pero Super 8 es, de todas todas, el mejor homenaje que se haya hecho a toda una generación, Gracias, sr. Abrams

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