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Superar nuestra propia sombra

Hay quienes sostienen que las situaciones de crisis, como la actual, tienen un efecto catártico. Ponen fin a aquellos vicios más perniciosos. Sanean, por así decirlo, un cuerpo social infectado, enfermo. Es curioso, pero albergamos la idea de que a una situación calamitosa siempre sucederá otra mejor.

el 15 sep 2009 / 16:16 h.

Hay quienes sostienen que las situaciones de crisis, como la actual, tienen un efecto catártico. Ponen fin a aquellos vicios más perniciosos. Sanean, por así decirlo, un cuerpo social infectado, enfermo. Es curioso, pero albergamos la idea de que a una situación calamitosa siempre sucederá otra mejor. Visión lineal, bastante incauta, por cierto, que concibe la vida como un tránsito que va de menos a más, de peor a mejor. Ingenua sí, porque, como ocurre ahora, esta idea no es fruto de una reflexión serena, de un ajuste de cuentas con las circunstancias que favorecieron tales desgracias. No hay un reconocimiento explícito de los errores en que se ha incurrido. Simplemente, hay que esperar que lo peor del ciclo pase. Y tratar de llevar de la mejor manera posible el momento presente. En rigor, sabemos que estos automatismos cíclicos no siempre, o casi nunca, funcionan. Que las situaciones difíciles pueden reconducirse positivamente o hundirse en su propio abismo.

Salvando las distancias, las situaciones críticas por las que vagaron las primeras décadas del siglo pasado desembocaron en sendas guerras mundiales. No hay que fiar, pues, a la divina providencia la resolución de los problemas que nosotros hemos generado. Más bien habrá que ir pensando en qué decisiones nos han conducido hasta aquí, asumir la parte de responsabilidad que a cada cual le toca, y rectificar en profundidad.

Hay un acusado paralelismo entre las virtudes del ser humano y la ilustración del mundo que habita. Esta cita de John Ruskin, el gran crítico del arte y la sociedad victoriana, podría usarse para denunciar la arquitectura de los valores actuales y alumbrar una senda más virtuosa. En un trabajo, relativamente reciente, llevado a cabo por el departamento de comunicación y medios de la Universidad de Leicester (UK), cuyos resultados se publicarán en Human Nature, se concluye que celebridades como Angelina Jolie, David Beckham o Kylie Minogue ejercen más influencia sobre los jóvenes actuales que Shakespeare o Newton. No hay nada tan contagioso como el éxito. Aunque no sea una experiencia directamente vivida. Existe, además, una perversa simbiosis entre éxito y riqueza. Ésta última promueve a determinados personajes, ya sea por una fama cuidadosamente fabricada, ya sea por la grosera ostentación que hacen de sus grandes fortunas. Personifican el triunfo. Una vulgaridad, si se quiere, pero que en nuestra realidad funciona. Porque para muchos, lamentablemente, la dicha consiste en la sarcástica reflexión de Groucho Marx: "Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna?" Delirio reservado al universo de unos pocos. La diosa fortuna para poder seguir reinando necesita ganadores. Son el señuelo. La trampa perfectamente diseñada para captar la atención y alimentar la ilusión de los incautos. Ante tanto glamur cierta lucidez sería deseable.

Mirar al sol deslumbra, es cierto, pero si éste lo situamos siempre a nuestra espalda, nunca superaremos nuestra propia sombra.

Doctor en Economía

acore@us.es

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