Cultura

Tablas, talento y poca vergüenza

La clown Eugenia Manzanero cautiva en el escenario del Cicus anulando los mecanismos de defensa del público a golpes de humor

el 27 jul 2013 / 22:07 h.

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Un gran dominio del oficio, mucho talento y muy poca vergüenza. Son tres cualidades que Eugenia Manzanero, más conocida entre el público como la Payasa Sasa, derrocha con todo lujo de detalles en esta deliciosa comedia, AARRGGHHFF!!!, todo un regalo para los amantes del género del clown. La obra gira en torno a una cuestión tan universal como trascendental: el sinsentido de la vida. Aunque en realidad esto no es más que una excusa, un punto de partida para proponernos un singular juego teatral que tiene como objetivo conseguir que nos riamos de las emociones que nos hacen más vulnerables, como el impulso sexual, la pasión, el desamparo o el miedo la muerte. De esa manera, podría decirse que esta propuesta cumple a la perfección con el espíritu de la comedia, esto es, anular los mecanismos de defensa del espectador mediante el ejercicio del humor, hasta conseguir que la realidad se diluya en favor de las emociones, provocando una distensión tan placentera como beneficiosa, sobre todo en estos tiempos en los que el desánimo y la amargura nos acechan tan a menudo. Para ello, la Payasa Sasa se sirve del lenguaje del Grammelot, una técnica inventada por los cómicos de la Comedia del Arte para otorgar un carácter universal a sus obras, que consiste en construir los diálogos con sonidos onomatopéyicos y gestos cargados de simbolismo, a los que se les incorporan algunas palabras de fácil comprensión en cualquier idioma. Así, el peso de esta técnica radica en la expresión corporal del actor. Sin embargo, con este montaje Eugenia Manzanera y Gloria Sanvicente han profundizado en esta técnica hasta atreverse a construir la dramaturgia tanto con el cuerpo como con la palabra. Claro que esta última mantiene el espíritu universal del grammelot gracias a la continua mezcla de idiomas. Y es que el personaje de la payasa está continuamente pasando del inglés al español y de éste al francés, el italiano o incluso el catalán, que por cierto sólo aparece para encarnar a la muerte. Pero se trata de expresiones y frases hechas propias de nuestra cultura globalizada a las que Manzanera dota de una intención determinada mediante la entonación y el uso de determinados objetos. Así, no necesitamos conocer los diferentes idiomas para reírnos a carcajadas. En ese sentido cabe destacar la maestría de Eugenia Manzanera, una payasa nada sosa capaz de conseguir una complicidad del espectador imprescindible para el discurrir de la obra, ya que sin la participación del público la dramaturgia no acabaría de completarse. Porque, al igual que los cómicos que inventaron el grammelot, esta comedia no surge como el resultado de llevar a escena un texto previamente escrito, sino que utiliza varias acciones y situaciones para encajar una serie de gags y chistes que, aunque responden a una gama de recursos aprendidos, se encadenan según la participación del espectador. La puesta en escena se sirve de un entramado formal sencillo, aunque plenamente funcional que permite a la actriz salpicar su interpretación payasesca con algunos números propios del cabaret y del circo. En ese sentido cabe resaltar el amplio dominio de recursos interpretativos de Eugenia Manzanero, así como su frescura y desparpajo a la hora de interactuar con el espectador, o lo que es lo mismo, esa encantadora desvergüenza que puesta al servicio de su talento hace las delicias del público.

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