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Tal como éramos

Manuel Marchena, prócer del agua milagrosa de La Minilla, nos ha ilustrado con la extraordinaria imaginación publicitaria de los comerciantes de la Encarnación. Eso nos vendían, con mucho arte; allí compraban mis abuelos y mi madre, incluidas las cabrillas y una carne de lidia...

el 15 sep 2009 / 03:57 h.

Manuel Marchena, prócer del agua milagrosa de La Minilla, nos ha ilustrado con la extraordinaria imaginación publicitaria de los comerciantes de la Encarnación. Eso nos vendían, con mucho arte; allí compraban mis abuelos y mi madre, incluidas las cabrillas y una carne de lidia, guisada con zanahorias, inolvidable. Al laíto venía a por petróleo para el anafe antes que el singular New Deal del franquismo permitiera otros lujos: Fagor, Bru, Edesa, Invicta, mantas Paduana y SEAT, todo fabricado por nuestros conciudadanos de Madrid y del norte, sin que pudiéramos escaparnos: o todi o nada; había que comprarlos por cojones, según había decidido el caimán de El Ferrol. Una toalla que no fuera de Terrassa era contrabando pasando el Guadiana.

Para nosotros tenía reservado otro papel: mano de obra barata para el norte y Europa, para que desarrolláramos a los demás, porque no había negros ni magrebíes entonces, y de camino mandásemos las únicas divisas que podía obtener el régimen, eso sí, con sombrero de alancha y musha grasia -y er Beti en Tercera-. EEUU le echó una manita y nos pusieron las bases a nosotros, cuando hubo que tirar basura nuclear nos instalaron El Cabril y cuando hubo que invertir se hizo también en el norte, mientras aquí tardábamos tres horas y media a Málaga -no sin arriesgar el físico- y el trasbordo presidía nuestras vidas. Éramos así, líderes negativos en las balanzas comerciales, militares, de residuos, remesas, migraciones. Nos tocó poner mucho. Hoy, después de todo, Cataluña tiene el mayor saldo comercial con España, con una cifra por habitante de 2.408 euros y balanzas fiscales encima de la mesa.

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