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Tan valientes o más que Stravinsky y Nijinsky

Menos de medio aforo para una obra que nunca debió de programarse en el gran teatro del Paseo de Colón

el 25 sep 2012 / 21:55 h.

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Nunca se ha escrito nada sobre los cobardes. Ni el gran compositor ruso Ígor Stravisnky ni su compatriota, el genial bailarín Vaslav Nijinsky lo fueron cuando en 1913 estrenaron La consagración de la primavera, que supuso un escándalo en la conservadora ciudad de París de aquel tiempo. No porque Nijinsky fuera el amante del empresario Serguéi Diághilev, el otro valandrón de aquella empresa, aunque algo tuvieron que ver sus matices cargadamente sexuales, que encendieron la mecha. El pataleo del numeroso público que acudió al estreno fue morrocotudo y hasta hubo quienes aquella aciága noche se retaron en duelo para la mañana siguiente. ¿Se imaginan a un trianero y a un macareno retándose en duelo por el estreno de una obra flamenca en la que las bailaoras salieran al escenario con volantes en los sostenes, o porque un artista bailara con una gallina viva en la cabeza? ¿A quién se le iba a ocurrir algo tan excéntrico? Anoche encajaba perfectamente algún pataleo de protesta, sobre todo en la segunda parte de la obra, pero el público de la Bienal es para comérselo. Aunque anoche no hubo ni público, algo menos de medio aforo para ver el estreno de La Consagración, la gran apuesta de la Bienal de Flamenco.

Estévez y Paños han sido unos valientes al crear una versión de tan rompedora obra -en su momento supuso una auténtica revolución musical y dancística-, basada en el origen campesino del arte flamenco, aceptando la teoría del Blas Infante, el padre de la Patria Andaluza. Para ello han investigado en los estilos del campo, de labranza o de era, unos cantes casi perdidos que nunca han dado mucho juego en obras flamencas, aunque sí en el teatro contestario andaluz del posfranquismo.

Los artistas flamencos no es que investiguen mucho pero me consta que Estévez y Paños sí lo han hecho y el resultado está ahí. Teniendo en cuenta la dificultad que entraña bailar unos cantes que no son bailables, al menos no todos, se lo han trabajado. Me refiero a la primera parte de la obra, Tierra, larga rozando el tedio, pero con un más que interesante movimiento del cuerpo de baile, con coreografías de gran singularidad y musicalmente aceptable desde el punto de vista flamenco. Hubieran quedado muy bien un par de bancos al sol llenos de parados, el aguador y una pareja de civiles con tricornios.

La segunda parte, La Consagración, era un reto para estos coreógrafos. No entendí muy bien lo que hacía allí el maestro Antonio Canales, sobre todo en una coreografía de danza contemporánea pura y dura, que no es lo suyo. Tampoco entendí que hubiera zapatazos en una composición musical que ya es en sí muy percutiva y que Stravinsky creó pensando en un bailarín que no taconeaba, el ruso Nijinski. No entendí otras muchas cosas, pero se acaba el espacio. Una cosa está clara. Estévez y Paños le han echado bemoles y han dado muestras de que este binomio puede aportar grandes cosas. Anoche apuntaron detalles.

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