Cultura

Tanto monta, monta tanto

Manuela Nogales nos propone un exquisito diálogo con una singular pieza de Juan Sebastián Basch: ‘El clave bien temperado’.

el 13 nov 2013 / 23:07 h.

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Obra: De claves y declives Lugar: Teatro Central, 13 de noviembre / Mes de danza Compañía: Manuela Nogales Danza Música: El clave bien temperado de J.S. Bach Coreografía e interpretación: Manuela Nogales Pianista: Tatiana Potnikova Calificación:*** A lo largo de su dilatada carrera la coreógrafa y bailarina Manuela Nogales se ha preciado por una continua búsqueda creativa y un trabajo de investigación sobre el movimiento corporal que la ha llevado a interactuar con otras disciplinas artísticas. En esta ocasión nos propone un exquisito diálogo con una singular pieza de Juan Sebastián Basch: ‘El clave bien temperado’ que consiste en dos ciclos de preludios y fugas que recorren todas las tonalidades mayores y menores de la gama cromática. Lo más curioso es que esta propuesta se conforma como una suerte de conversación entre dos solos, conformados por el piano de Tatiana Potnikova y el baile de Manuela. Se trata de una obra sobria y medida que no da pie a concesiones, aunque repleta de sinceridad y coherencia.  No en vano Manuela trata de expresar el declive de un cuerpo curtido y tan experimentado que puede permitirse perder el centro sin perderse a sí mismo. Así, aunque al principio la danza se decanta por una secuencialidad de movimientos verticales que destila control y contención,  en su diálogo con la música la bailarina y coreógrafa va conformando una escritura de movimientos que en ocasiones llega incluso a describir la partitura, como si de un lenguaje de signos se tratara. De esta manera, una y otra vez la coreografía se adentra en la descripción de la música para, acto seguido, obligar a la bailarina a componer su centro desde la verticalidad, hasta descomponerla abatiéndose en el suelo.  El movimiento de los brazos adquiere un protagonismo inusitado, al igual que la música, que parece transcurrir al margen de la bailarina, hasta el punto de que la pianista, que borda su interpretación, se queda sola tocando en algunos momentos que Manuela aprovecha para cambiar su vestuario,  que por cierto resulta tan elegante y templado como la música, aunque tan ponderado como la danza, que solo se deja arropar por un diseño de iluminación que resulta plenamente eficaz para realzar el intimismo de la pieza.

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