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"¿Tanto tienen que estudiar? Estoy en el albergue con una niña de 3 años"

Raquel se quedó en julio en la calle, los servicios sociales bareman su caso mientras le pagaron un mes de hostal hasta enviarla a unas instalaciones donde su hija «ve cosas que no debe ver»

el 07 oct 2014 / 12:00 h.

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raquel-pastor Raquel, con su hija, a la puerta del albergue municipal en el que ambas llevan más de un mes. Foto: J.M. Paisano Vaya por delante que antes de apelar a este medio de comunicación, Raquel Pastor, de 36 años y con una hija de 3, ha llamado a todas las puertas a las que oficialmente hay que acudir en estos casos, además de a otras muchas de ONG que en la medida en que han podido la han ayudado y siguen haciéndolo (hoy mismo tiene una cita en Cruz Roja). Y es justo también reconocer que no se puede decir que en ninguno de estos sitios le hayan dado con la puerta en las narices cuando tras cuatro años acogida en casa de una prima, ésta le dijo que se tenía que ir y se vio «durmiendo en un coche durante cinco días». Pero a día de hoy, tras haber sido baremada por los servicios sociales comunitarios y haber estado más de un mes en un hostal pagado por el Ayuntamiento –comidas incluidas en un bar–, Raquel y su hija llevan desde el 2 de septiembre en el albergue municipal conviviendo con peleas, agresiones y situaciones que hacen que la niña se siente en su cama y le diga «mamá, estoy triste, me quiero ir de esta casa». Su pregunta es clara:«¿tanto tienen que estudiar? Estoy en la calle con mi hija de tres años y el albergue no es un sitio adecuado para una niña, ve cosas a diario que no debería ver». El albergue municipal cuenta con módulos familiares para adultos con menores a su cargo que disponen de baño y cocina independiente pero, según relata Raquel, «se supone que el resto de usuarios no comen con nosotros pero sí lo hacen y el otro día tuvimos que salir corriendo porque uno intentó agredirnos y desde entonces mi hija pregunta asustada si va a venir el hombre». Es uno más de los episodios que a diario se vive en unas instalaciones destinadas a dar cobijo temporal a personas en situación de extrema necesidad. Que los servicios sociales hayan derivado a Raquel y a su hija a este dispositivo, que su caso sea seguido por el Grupo de Convivencia y Reinserción Social (CORE) –que atiende a personas en situación de necesidad o dificultad social, principalmente, aquellas con menores a su cargo– o que el año pasado Raquel fuera contratado por el Programa de Ayudas a la Contratación de Andalucía (PACA) –un plan de empleo de la Junta para desempleados en riesgo de exclusión– evidencian que las propias instituciones su caso como de extrema necesidad. Fuentes municipales confirmaron que ha entrado en el baremo para acceder a una vivienda social aunque no pudieron precisar qué puesto de la lista ocupan y destacaron que en todo momento se han puesto a su alcance los recursos disponibles, incluido tramitar la beca para el comedor escolar de la pequeña en el colegio Isbylia al que asiste y cuyas profesoras, a título particular, también están ayudando a Raquel. «La maestra le ha comprado unos botines», cuenta, tras relatar la ayuda recibida de organizaciones como Cáritas «que me pagó cinco días de hotel al principio». Por todo ello para Raquel resulta incomprensible que siga recibiendo un «seguimos estudiando tu caso» por respuesta, incluida en la oficina de la vivienda de la Junta a la que ha acudido recientemente. «Me han dicho que lo mirarán pero que allí median sobre todo en casos de desahucios, pero es que a mí me ha desahuciado un familiar», alega. Aunque ahora su grito es desesperado, Raquel es demandante de un piso social desde hace años pues lleva tiempo sin trabajo estable, ha agotado la prestación por desempleo, la ayuda familiar y el plan Prepara, y está tramitando la solicitud del Salario Social. Mientras, con los 50 euros que gana «limpiando en una casa dos veces al mes», compra comida para su hija porque «en el albergue las cenas no son adecuadas para una niña de 3 años y no come», pese a que ya le han advertido de que las normas prohíben meter alimentos. «Lo entiendo pero yo a mi hija no la dejo sin comer».

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