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Tanto y tan poco

Después de un siglo, del Pabellón Real de la Plaza de América apenas queda la cáscara y algo de sus excepcionales paneles cerámicos, los del vestíbulo. El resto fue pasto de la incultura y la desidia, y hoy es un edificio administrativo.

el 10 jun 2014 / 22:53 h.

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15815686 El Pabellón Real. / Fotos: Pepo Herrera La primera emoción, mientras se acerca uno a este rinconcito de la Plaza de América y enfila hacia la escalinata, es de expectación: cómo será este Pabellón Real, uno de los edificios de referencia de la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929, el dedicado expresamente a la infanta María Luisa –donante del parque que luce su nombre– y que comparte la majestad de su emplazamiento con maravillas como el Pabellón Mudéjar (hoy, Museo de Artes y Costumbres Populares), el de Bellas Artes (hoy, Museo Arqueológico), y al fondo, la celebérrima Glorieta de las Palomas que le añade el punto luminoso, familiar y festivo a este derroche de amor y de arte. La segunda emoción es de estupor: sencillamente, no puede ser. La tercera y definitiva, de tristeza: todo cuanto queda del edificio original es su lujosa cáscara y el vestíbulo. «Todo lo demás se hizo nuevo», explican en la entrada, donde comienza y termina la visita. «Lo que puede ver son estos azulejos de aquí», dice el amable guarda, ofreciendo un pasaporte para el sellado de la visita, un folleto y un cartel, para compensar la decepción. Ahora, más que Pabellón Real, aquello es lo que pone en la placa de la puerta: la Delegación de Empleo. La ruta de puertas abiertas (o entreabiertas, o entornadas, o directamente cerradas a cal y canto) por ciertos pabellones del 29 es una idea excelente del Ayuntamiento de Sevilla para ofrecer por muy bajo coste, en estos tiempos de racanería impuesta, un servicio de gran interés con el que celebrar el centenario del Parque de María Luisa. El problema es que faltan pabellones de países en la lista, como los que usa la Universidad de Sevilla –Brasil, Uruguay, México–; que el acceso es limitado en el común de los casos –¿por qué no dejan subir a las terrazas y cubiertas, con el tesoro que en Sevilla supone encontrar una vista insólita?–; y que, como en este caso de hoy, lo que podría ser una satisfacción se transforma en pena al ver cómo el desinterés se alía con la incultura más agreste, el olvido y el vandalismo para perpetrar desapariciones y mutaciones imperdonables. Lo cual es una evidencia y el resultado de comparar lo que fue y lo que es, ni mucho menos una opinión. Un par de voluntariosos señores mayores, con sus pasaportes especiales y sus folletitos en la mano, abandonan esta obra de Aníbal González con una sonrisilla de desencanto, camino de algún otro recinto de la serie de doce que forman parte de esta lista, cada cual con sus horarios, sus días y sus restricciones, que ese es otro asunto. Han podido admirar, eso sí, el tesoro de parte de sus azulejos; los que hay en el vestíbulo, una de las cuatro espaciosas salas, todas ellas ricamente decoradas con estas obras de arte en cerámica, que se hicieron en su día. Esta serie de zócalos que han sobrevivido son los dedicados a la orden militar de Montesa. Los aires neogóticos del edificio se dejaron acompañar, cuando se construyó, con una estética y una decoración muy cercana a los tiempos de los Reyes Católicos, para ofrecer así a los visitantes una versión gloriosa y poderosa de la monarquía española. Aires imperiales, que se llama. Y dado que en España gobernaba durante la Exposición Iberoamericana el general Primo de Rivera, qué mejor que envolver ese anhelo de grandeza con semejante despliegue de azulejería bélica y nobiliaria, evocadora de gestas medievales y del ideal de unidad nacional. Imagen 1-Pabellones010aaEl resultado, aparte de oportuno políticamente hablando, lo fue también estéticamente. La contemplación de estos azulejos tiene algo de hipnótico. No eran los únicos que se ofrecían a la vista en este Pabellón Real, con las firmas de primerísimos artistas del ramo como Manuel Rodríguez Pérez de Tudela y Gustavo Bacarisas: el edificio se concibió como un polígono de ocho lados con cuatro de ellos resaltados, como formando una cruz, y un gran patio central. Pues bien, cada una de esas cuatro caras principales se decoró por dentro con azulejos de este tipo, dedicados a las órdenes militares. Si en el que se halla al entrar en el inmueble el protagonismo es para la de Montesa, el extremo opuesto era para la de Santiago y los otros dos para la de Alcántara y Calatrava. La de Montesa fue fundada a comienzos del siglo XIV por el rey Jaime II de Aragón con parte de los bienes usurpados a los templarios tras la polémica defenestración de la enigmática y poderosa orden. A estos caballeros de la nueva institución se les dio un castillo valenciano y la villa aledaña de los que tomaron el nombre, Montesa, en plena frontera con los musulmanes. También tuvieron su historia negra con acusaciones tremendas, pero esa sería ya otra historia. Una historia tan olvidada como el aspecto original de este pabellón, que hoy, reducido a esa estampa primorosa que aún se conserva, mantiene el tipo en uno de los enclaves más despampanantes de Sevilla. Verlo así, desde fuera, tampoco es mala idea.

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