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"Tengo la necesidad de ver la cara a quien hizo tanto daño a mi hija"

El padre de la niña atropellada en el Charco de la Pava espera con ansia el juicio. Confía en que el acusado, que estuvo desaparecido dos años, sea condenado.

el 23 ene 2014 / 23:30 h.

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Marco, con su hija Ainhoa, que fue atropellada cuando estaba con sus tíos en el Charco de la Pava. / J.M.Paisano Marco, con su hija Ainhoa, que fue atropellada cuando estaba con sus tíos en el Charco de la Pava. / J.M.Paisano Cuando el 25 de septiembre de 2011 Marco Martínez vio a su hija Ainhoa en la UCI del Hospital Macarena “como una momia” y los médicos le dijeron que las primeras 72 horas eran cruciales pidió dos cosas a Dios:“Que me la salvara y verle la cara a quien le había hecho tanto daño”. La primera, afortunadamente, le fue concedida y hoy, Ainhoa, hace una vida normal salvo una pequeña cojera que le impide correr y saltar como sus compañeros de instituto y unas marcas y cicatrices en las piernas que al principio le hacían avergonzarse al ir a la playa o piscina. La segunda tuvo durante dos años a la familia en vilo, ya que el acusado del atropello a la pequeña en el mercadillo del Charco de la Pava, R.B., no solo “pasó dos veces por encima de ella” sino que se dio a la fuga y estuvo dos años en busca y captura hasta que fue localizado el pasado agosto. A la espera del juicio –la familia pide nueve años y medio de cárcel y la Fiscalía tres años y once meses– Marco cree que va “a descansar” cuando vea una cara “que mi hija tiene grabada y no se le va a olvidar en la vida”. Mientras R.B. seguía en paradero desconocido y Marco se “enfadaba” con su abogado y la Policía “porque no entendía cómo a mí me paran en cualquier control de tráfico y nadie veía a este hombre en ningún sitio con una orden de búsqueda internacional”, Ainhoa pasaba 26 días hospitalizada y otros 530 entre operaciones y tratamientos para reparar las fracturas de un pie, dos femur, dos caderas, siete costillas, la perforación de un pulmón y hematomas en la cabeza; más de un año de rehabilitación y de dependencia de muletas y sujeciones para andar “como un robot”. “Yo la veía y pensaba ¿pero por qué tiene que estar así la cría?, ¿ella ha hecho algo”, relata Marco. Por ello cuando hace unos meses le comunicaron la localización del presunto autor del atropello sintió “mucha emoción, me puse a llorar como un loco”. Siente la “necesidad” de ver la cara a quien, tras una pelea con unos vendedores ambulantes del mercadillo, cogió el coche “diciendo que iba a matar a alguien”, embistió varios puestos, maniobró bruscamente dando marcha atrás y atropelló a la pequeña aunque “no sé cómo no mató a más gente”. “No voy a hacerle nada pero necesito verle la cara, tengo eso guardado”, explica el padre de la víctima quien, reconoce, que si hubiera estado presente cuando sucedieron los hechos “no sé lo que habría pasado, el cristal del coche se lo parto y seguramente me voy a por él”. En el escrito de acusación, su abogado José Ignacio Francés, atribuye a R.B. –de nacionalidad rumana– cinco delitos:conducción temeraria, sin licencia, lesiones, daños y omisión del deber de socorro. Por todo ello reclaman nueve años y medio de cárcel, 3.000 euros de multa y 104.159,29 euros que “no pido para no volver a trabajar en mi vida sino para que mi hija, cuando sea algo más mayor, se haga la cirugía estética que quiere en las piernas”. Las operaciones le han dejado cicatrices, las quemaduras por el roce con el asfalto manchas y los aparatos que durante meses tuvo que llevar para sostener las piernas marcas de los anclajes. “Al principio le costó ir a la playa o la piscina porque la gente miraba, ahora ya menos”, relata. Ainhoa es hoy, a sus 13 años –tenía 11 cuando el atropello– una adolescente con una vida “más o menos normal”. Pero su padre destaca que “lo que ha sufrido la ha hecho madurar a mil”. “Tiene mucho carácter pero después es muy buena. La vida le ha dado un mal trago y si es un poco rebelde también hay que entenderla”, cuenta Marco sin esconder el orgullo por su hija mayor y tras recordar que también la pequeña, que tenía 8 años, ha sufrido ya que “durante meses su madre y yo vivíamos prácticamente en el hospital”. Ahora “está fuerte” y dispuesta a declarar en el juicio. “Ella también quiere verle la cara”. Una cara que, no obstante, la niña sí recuerda con claridad. Solo ante los argumentos de la defensa, que alega que R.B. desconocía los hechos, que su ausencia se debió a que viajó a Rumanía a por mercancía para vender en el mercadillo “aunque nunca volvió” y que hoy cuenta con una vida normalizada y “tiene un hijo”, Marco se indigna:“¿Y qué? Pues que su hijo vaya a verle a la cárcel. Después de lo que ha hecho ¿qué pretende, estar en libertad?”.

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