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‘Terapias ecuestres’ se despide con dos caballos como profesores

Julio, con parálisis cerebral, demostró que la monta no es para unos pocos

el 22 jul 2011 / 20:24 h.

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Los alumnos del seminario pusieron en práctica los conocimientos adquiridos y pudieron montarse sobre los caballos.

Los alumnos de Terapias Ecuestres salieron ayer de las aulas. Era momento de poner en práctica todos los conocimientos impartidos por la coordinadora, Sandra de Soto y el resto de profesionales. En el patio trasero de la Casa de los Briones les aguardaban dos profesores muy especiales: Jardinero y Chiquiño. Dos caballos de la Fundación para el Desarrollo de Terapia Ecuestres.

Durante este taller, se pretendía establecer un primer contacto con el animal, siguiendo las pautas dadas durante el curso. "Siempre hay que acariciarles de lado", indicaba la coordinadora a los alumnos nerviosos. Es muy importante hablarles, para que el animal se acostumbre a las voces. Tal y como se mencionó en el curso, el caballo es un animal gregario, que establece vínculos con facilidad. Por eso, la primera impresión para Jardinero y Chiquiño fue de lo más positiva.

Para ponerse en la piel de los pacientes que acuden a estas terapias, la coordinadora propuso un acercamiento privando sentidos como la vista. Con los ojos ya vendados, los estudiantes se fueron acercando al caballo. "Tenemos que ser empáticos y ponernos desde el punto de vista de aquel que viene a nuestras terapias", explicó. También se probó la experiencia desde una silla, emulando a pacientes en silla de ruedas. Una de las alumnas no pudo contener la emoción al tocar a Jardinero. "Cuando era adolescente pasé un tiempo en silla de ruedas y estar con el caballo me ha encantado", confesó.

Llega el turno de equiparlos con los materiales necesarios: el salvacruz, la manta, el cinchuelo, los cerretones y la serreta para sujetarlo. Mariano Zamora les da algunas indicaciones a los estudiantes inexpertos. Colabora con la Fundación y además es tío de uno de los alumnos con autismo que acuden a las terapias ecuestres. Además de su sobrino, su afición por los caballos le unió mucho a la Fundación, de la que destaca el brillante trabajo que realizan entre cuadra y cuadra. "Se ve una mejora abismal en los niños, incluso en cuestión de días", apuntó. Más allá de la figura del caballo como un elemento de ocio, Mariano comprobó lo mucho que pueden aportar estos animales a la calidad de vida de los pacientes. "Un niño autista es capaz de sonreír, de obedecer y mejorar su equilibrio", añadió.

La monta más especial la hizo Julio Fernández, un chico de 13 años con parálisis cerebral. Un verdadero ejemplo, más allá de las indicaciones que se pudieran apuntar en los cuadernos.

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