Local

Tiempos modernos

La Torre Pelli o Torre Cajasol -como seguramente querrá su caja propietaria que se la conozca en el futuro- va a construirse siguiendo el camino trazado. Por detrás deja la estela de un debate incompleto y por delante le aguarda una polémica extemporánea.

el 15 sep 2009 / 23:20 h.

La Torre Pelli o Torre Cajasol -como seguramente querrá su caja propietaria que se la conozca en el futuro- va a construirse siguiendo el camino trazado. Por detrás deja la estela de un debate incompleto y por delante le aguarda una polémica extemporánea. Cuando nos situamos ante proyectos singulares como éste siempre queda la sensación de que el ojo público termina fijándose antes en el dedo que en la luna. Es uno de los perniciosos efectos colaterales de la histeria que suele acompañar a cualquier proyecto que se plantee en Sevilla fuera de la estética canónica que no se sabe bien quién fija. La ortodoxia paisajística, el inmovilismo artístico y una cierta mirada esclerotizada hacia lo que consideramos y llamamos ciudad provoca generalmente más daños que beneficios. Está claro que el buen sentido y el respeto al patrimonio es básico y ha evitado desmanes, pero no lo es menos que se trata de conceptos por tipificar, por establecer y que gocen de una aceptación generalizada más allá del gusto de cada cual. Desde los bandos de la ortodoxia al precio que sea y la heterodoxia al mismo precio se cometen abusos irreparables.

Ocurre que hoy las instituciones y los propios arquitectos se afanan en vender sus proyectos como los políticos cambian su ideas por votos en los mítines: con eslóganes. Para la defensa del proyecto, su autor, el arquitecto argentino César Pelli, un profesional de bien ganada fama mundial, esgrime el concepto de la modernidad en la defensa de la obra. Lamento no poder estar más en desacuerdo. Pelli ha dejado esta semana afirmaciones del tipo "Sevilla tiene derecho a progresar, a entrar en el siglo XXI", "la torre será símbolo de una Sevilla progresista (..) tendrá un efecto subjetivo en muchos jóvenes", "la torre llevará a Sevilla al tercer milenio", "la Giralda no puede ser para siempre el pináculo de Sevilla", y otras afirmaciones semejantes. Craso error. Posiblemente, Sevilla entró en la modernidad cuando los romanos construyeron los Caños de Carmona, que según cuentan las crónicas traían a la ciudad 5.000 metros cúbicos de agua al día. Eso sí que fue modernidad. Además, si el primer rascacielos reconocido es el Park Row Building de Nueva York, construido en 1899 -el mismo año en que sale a la calle El Correo de Andalucía, por cierto- difícilmente se puede pretender que la mera construcción de un rascacielos represente per se una prueba de modernidad. Antes al contrario, no son pocas las voces de expertos que lo consideran un modelo periclitado. Y a la par, dos preguntas: ¿por qué no va a ser toda la vida la Giralda el pináculo de Sevilla? ¿cuándo y por qué ha dejado de ser la referencia?

Hay algo que a los arquitectos más modernos les cuesta entender -y Pelli es más bien un clásico, de las alturas, pero un clásico- y es que los hitos que la gente no hace suyos quedan confinados en los catálogos, sin integrarse en la ciudad.

Quizás en eso se equivoca el autor de las Torres Petronas. El rascacielos no necesita defensa en clave de modernidad y mucho menos como sustituto voluntario de la Giralda en el imaginario colectivo de la ciudad y/o de la estampa universal de Sevilla. Ésa no es la pelea. Los técnicos defendían que la torre Pelli era la que menos competía con la Giralda de todas cuantas se presentaron al concurso. Pero ahora resulta que Pelli sí le disputa la primacía del skyline y del sentimiento al alminar de la antigua mezquita. Sería importante centrar el debate, porque entre el orgullo icónico y modernista de Pelli y los tardodetractores de la torre (ni el Icomos que asesora a la Unesco, ni la comisión de patrimonio que no se sabe qué hace ahora esperando a la Unesco, ni las plataformas de nuevo cuño ni los profesionales de la ortodoxia recurrieron a tiempo y en forma) está el espacio de juego que resulta determinante. Primero habría que preguntarse por el encaje legal del proyecto. Y ese aspecto es tema cerrado: la torre se ubicará en la zona sur de Cartuja, en el borde que el Plan General reserva para este tipo de suelos y ya tiene la primera licencia municipal. Item más: se le pide a la promotora que resuelva el asunto de los accesos -primordial- pero será al Ayuntamiento a quien corresponda y no hay que olvidar que el planeamiento hace una apuesta decidida por el transporte público, por lo que pretender dirigir el debate hacia el coche privado es contraproducente y conducirá a la melancolía. También habría que exigir que el proyecto fuera de calidad. Y sobre el papel, parece acreditada. Hay que exigir que la Torre y su entorno se vean como una actuación transversal que permita reordenar definitiva y funcionalmente el entorno, dotarlo de valor añadido. Que la torre sea una oportunidad, vaya.

Esos son los elementos sustanciales. El otro debate, el de la protección del paisaje histórico urbano, aún no está resuelto. Ningún organismo ha sido capaz de trazar una raya que sea un límite respetado. Mientras, debe preponderar el sentido común y el principio de legalidad. Con permiso de Pelli, prefiero confiar en que la ciudad del siglo XXI venga definida por los estándares de la sostenibilidad, las zonas verdes, las viviendas de calidad para todos, la eliminación definitiva de los barrios marginales y por unos equipamientos culturales de primer orden. No creo que un rascacielos haga moderna a una ciudad ni la sitúe en el nuevo milenio.

ahernandez@correoandalucia.es

  • 1