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Tierra de gigantes

Este fin de semana vuelve su concurso de hortalizas gordas. Pero más allá del folclore de sus descomunales sandías, Los Palacios y Villafranca goza de una magnífica tierra agrícola que produce joyas de sabores olvidados.

el 03 ago 2011 / 19:24 h.

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Hace más de 20 años, el grupo agropop No me pises que llevo chanclas, salido directamente del terrón palaciego, donde encontraba tanta inspiración, se acordaba de las "sandías de contrabando" para construir una de sus más célebres canciones. Las sandías palaciegas, sin embargo, ya eran famosas de por sí, por su sabor y por su tamaño, lo que ha supuesto hasta hoy todo un reto para cualquier agricultor del pueblo que se precie de ser, como se dice aquí, manchonero.

El manchón es una pequeña porción de tierra, en contraste con los grandes latifundios de las localidades vecinas, de la que han sabido vivir las familias de este pueblo situado entre la marisma y la campiña de Sevilla. Los autores locales Francisco Cid y Juan Manuel Begines lo elevaron a categoría literaria a través de dos libros titulados Manchonerías y hace unos meses han abierto una web llamada justamente www.manchonería.es. De estos terrenos no sólo nacen singulares y sabrosísimas frutas y hortalizas, codiciadas en al menos toda la provincia, sino algunos ejemplares propios de libro de los récords.

Hace unos días apareció una calabaza gigante, de 82 kilos de peso, un fenómeno jamás conocido en toda la provincia y probablemente ni en Andalucía. El autor del milagro es Sebastián Gómez, más conocido como El Hueso, porque aquí cualquier manchonero es más conocido por el mote que por su nombre de pila. Pero es que la calabaza de El Hueso no es una excepción, ni en su explotación ni en el pueblo, donde existe desde hace mucho la competencia entre los manchoneros por ver quién lo cría más grande. Su ilusión, de hecho, es criar una calabaza que alcance los 300 kilos. Habrá que ver si consigue ese propósito.

No es una pelea en bruto, sino un pique por el mimo, es decir, por ver qué agricultor mima más a sus matas. Para sacar un fruto de estas características, hacen falta muchos días de mimo, un colchón sobre la tierra para que la mata no coja humedad, una sombrilla para protegerla de las peores horas del bochorno, dejar el único fruto en la planta para que no tenga que compartir la savia ni el abono con nadie, disponerle un área de terreno desproporcionadamente grande, regarlo primorosamente y hasta robarle horas al sueño para evitar que alguien se lo lleve.

Tal vez por todo ello los catedráticos de esta ciencia  de frutos bíblicos son los manchoneros viejos o jubilados, algunos de los cuales viven para eso. Sebastián Gómez lleva años participando en el concurso de sandías y racimos de uvas gigantes que se celebra en las fiestas patronales en torno a la Virgen de las Nieves, el 5 de agosto.
Este año también lo hará, pero tiene difícil superar al hoy por hoy invencible Juan Rodríguez, más conocido como El Platero, que lleva una década presentando la sandía más gorda del pueblo. El año pasado le pesó 44 kilos, una minucia si se compara con los 63 kilos de 2001, cuando entre él y dos de sus nietos la llevaron a la báscula de la cooperativa, en un ejercicio hercúleo que les puso los dientes largos a otros manchoneros que intentan cada año sacar frutos gigantescos y que se pierden en el intento. "La tierra tiene que ser buena, pero también la semilla y el sembrador", advierte Sebastián Gómez, que recuerda como una hazaña de su infancia que su padre le diera unas semillas de sandías y él sacara un ejemplar de más de 30 kilos en un huertecito.
   

El Platero, que ya tiene descendencia a quien confiar su secreto, tuvo que esperar pacientemente a que pasara la época dorada de otro manchonero, José Orta, cuyas hiperbólicas sandías crearon una leyenda en torno a su figura. Hoy, todas las sandías de El Platero son casi gigantes, pues cualquiera de ellas roza los 30 kilos. De eso pueden dar buena fe los miembros de la cooperativa Las Nieves, que organiza otro concurso en feria, la primera semana de septiembre.

Allí, adonde acuden miles de clientes cada fin de semana para llevarse productos de la tierra directamente, sin intermediarios, las suele vender a como está el kilo en el mercado, pero hay veces que algún interesado le ha pagado algo más, como los dueños del restaurante Manolo Mayo, en su pueblo, o los del restaurante Los Monos, en Sevilla, que quieren presumir de tener una sandía bíblica luciendo los escaparates de sus negocios.

En Los Palacios y Villafranca todo lo que sale del manchón es hermoso y puede ser gigantesco. Otro agricultor, José Rodríguez, más conocido como El Gamboo, lleva tres años consolidando un campo de 7.000 metros sembrado de pencas, con higos como piñas. En vez de por las veredas, El Gamboo mima sus higos en los liños de su propio campo, y persigue tallas de cine.

Todo es enorme. Lo mismo los calabacines que los tomates, que ya tienen su logotipo sonriente y que buscan conseguir su Indicación Geográfica Protegida (IGP) para que no se vendan como palaciegos en los mercados de media España más que los tomates que son: estos que sí saben a tomate, por raro que parezca en los tiempos que corren. "¿Tú no has visto nunca un tomate que pese más de un kilo?", pregunta Sebastián Gómez, retador. Hay manchoneros que no sólo lo han visto, sino que lo han saboreado. Sabores que duran siglos. 

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