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Tirar del carro

Más de trescientos muertos en un ataque de fuerzas israelíes contra la organización terrorista Hammas es uno más -el último del año, porque no hay más días- de los acontecimientos que han jalonado para bien o para mal este año que ahora se nos acaba, como la vida de otra treintena de personas en Pakistán...

el 15 sep 2009 / 20:30 h.

Más de trescientos muertos en un ataque de fuerzas israelíes contra la organización terrorista Hammas es uno más -el último del año, porque no hay más días- de los acontecimientos que han jalonado para bien o para mal este año que ahora se nos acaba, como la vida de otra treintena de personas en Pakistán con un coche bomba, o como la crisis que parece haberse instalado en el espíritu de una mayoría y en el bolsillo de todos, consuelo de nadie.

Termina un año y la economía se repite en los informativos con mensajes cada vez más pesimistas sobre el futuro que se nos avecina. Ya no nos hablan del significado ilusionante de las uvas de la suerte, ni de la cena de navidad o la de nochevieja. El propio sorteo de la Lotería navideña era más la letanía de un rosario de pasión que el campanilleo vibrante de la burra que va hacia Belén, yo me remendaba, yo me remendé.

Y en esto llegó el Rey y mandó cambiar y llamó a tirar todos del carro, el del trabajo, el de la ilusión, el del esfuerzo, el de la esperanza en el futuro. No es el carro de Manolo Escobar, pero en él me crié, allá en el río.

Por eso tenemos que tener la vista puesta en los mejores deseos, como el Sorteo del Niño, en el que nunca toca un niño, porque quien lo quiere lo tiene o lo adopta, o en el carnaval de Cádiz, o en las vacaciones de Semana Santa o el veraneo. Pensar en el infinito y más allá para quedarnos, como todos los años, con los pies en la tierra. Pero si pensamos solo en el suelo a lo peor nos vamos dos metros bajo tierra. Y no somos topos ni avestruces para esconder la cabeza en un agujero.

A la vida le puede llegar una crisis, pero si nos quitaran la ilusión, se nos quedaría en nada, yo me remendaba, yo me remendé. Así, que, ¡hala!, a echarle ganas a este año que es nuevo hasta que se acabe, y a afrontarlo como el albañil que no piensa en sus callosidades ni en el sudor, sino en la grandeza de que estamos haciendo, entre todos, día a día, la catedral de cada uno, y no sólo un portal en el que hayan entrado los ratones. Es un deseo para todos y sobre todo para mí: Feliz año nuevo.

Consultor de comunicación

isidro@cuberos.com

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