Cultura

«Todas las víctimas tienen algo en común: no son victimistas»

‘Como la sombra que se va’ es el título de la esperada nueva novela de Antonio Muñoz Molina. El asesino de Luther King y el propio autor desfilan por sus páginas con Lisboa de fondo

el 09 dic 2014 / 16:00 h.

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Antonio Muñoz MolinaLos protagonistas de la última novela de Antonio Muñoz Molina, Como la sombra que se va (Seix Barral), son el asesino de Martin Luther King, JamesEarl Ray, y el propio escritor, que evoca el tiempo en que escribió El invierno en Lisboa. La capital portuguesa reúne a ambos a lo largo de 530 páginas. «Es una historia que trata de cómo se cuentan las historias», explica el escritor ubetense. «De un narrador que se encuentra con gente que le cuenta historias, y se deja llevar por ellas, y les da espacio en las novelas. Ese amor por las historias es el que mueve la novela». —La seducción que ejerce un personaje real comoJames Earl Gray sobre usted, ¿es progresiva o puro flechazo? —Es muy difícil enamorarse de alguien tan sombrío, pero uno no siempre escribe sobre lo que quiere. Leyendo un libro sobre Luther King, me impresionó el hecho de que James Earl Ray hubiera pasado diez días de su vida en Lisboa. Al principio me llamó la atención que fuera tan desconocido. MartinLuther King es un icono del siglo XX, pero lo mató alguien insignificante. Luego descubres que matar a aquel hombre era muy fácil. Y buscando en la vida de su asesino, llegué a una conclusión: podía conocer detalles de su vida, pero nunca llegaría a conocer a esa persona. Eso me sedujo. —¿Qué rasgos descubrió? —Fue alguien que conoció la miseria desde que nació, que pasó la vida en prisiones americanas. Un fugitivo que estudia cerrajería por correspondencia, que allí donde va se matricula en escuelas de baile, aunque lo hace muy mal. O le da por leer libros de hipnosis, o de psicocibernética, o de espías. Me hizo comprarme todas las novelas de James Bond... —Tanto James Earl Ray como el Muñoz Molina de los 80 llegan a Lisboa queriendo ser otros. ¿Buscaba ese juego de espejos? —Sí, es uno de los hilos. Yo podía haber escrito estrictamente una novela sobre JamesEarl Ray, pero al ponerme a escribir me vinieron muchos recuerdos. La ciudad fue atrayéndolos, y me dejé llevar. Quería comprobar cómo ha evolucionado mi idea de la literatura. —A muchos les sorprenderá saber que El invierno en Lisboa estuvo a punto de ser El invierno en Florencia... —Los títulos tienen una gran importancia. Lo de Florencia me lo sugirió una conversación con un amigo, un técnico de sonido de Granada que había estado por trabajo en esa ciudad, y que yo me imaginaba solo, dejando en suspenso su vida durante un tiempo... Las novelas tienen mucha inspiración en estas cosas, a lo que más se parecen es al mecanismo de construcción de los sueños. —Escribe usted: «Una novela se escribe para confesarse y para esconderse». ¿Ha llevado la confesión más lejos que nunca? —Yo tenía un recelo muy fuerte, temía caer en esa moda metaliteraria actual, en ese elevar al escritor a un estrellato innecesario. Vi que la única justificación que podía tener esa otra rama del libro era que hubiera verdad en ella. Y pienso que era necesario para el sentido pleno de la novela, que trata del aprendizaje de escribir al mismo tiempo que se aprende a vivir. Lo que le pedimos a la literatura es que nos cuente cosas que sean importantes para nosotros. Y deben serlo también para el que escribe. —¿Aunque la novela brinde la verdad de las mentiras? —La novela permite poner en escena las verdades fundamentales de la vida. A veces hay una correspondencia entre lo que cuenta y lo que tú sabes de la vida del autor, pero a menudo lo hace de una forma indirecta. Yo también hablo de mí mismo cuando escribo sobre MartinLuther King o su asesino. —No es la primera vez que aparece en sus novelas la mala conciencia. —Hay un hilo en la tradición literaria, el examen de conciencia, que está en Santa Teresa, San Agustín, Montaigne, Rousseau... Eso está en la literatura porque está en la vida de las personas. Y no es culpa judeocristiana, es universal. Las personas, cuando hemos actuado mal, tenemos que sentir remordimiento. No por azotarnos, sino por aprender a ser mejores. En un mundo como este que continuamente suministra razones para el narcisismo, está bien hacer estos autorretratos que te hacen responsable de tus actos. –¿Qué pensaría el Muñoz Molina provinciano de los 80, que se asustaba en Madrid, del newyorker de hoy? –Ninguno está libre de sentirse perdido en el mundo. Aprendes ciertas destrezas, pero llegas a Estados Unidos e inmigración te mete en un cuarto, y te mueres de miedo, pierdes los referentes... —¿Es experiencia propia? —Eso también es autobiográfico [risas]. —Javier Cercas acaba de sacar una novela que también habla de identidad e impostura. ¿Son los grandes asuntos de nuestro tiempo? —No creo que haya muchas cosas específicas de una época, aunque haya cosas flotando en el aire. Las cuestiones fundamentales están muy repetidas en el tiempo, y no ajustarte al personaje que te toca en la vida es una de ellas. La identidad además es muy fluida, depende de quién te está mirando. Por otro lado, cada vez que la ciencia ha avanzado, nos ha demostrado que no somos el centro del universo. Ni siquiera Sevilla lo es [risas]. CULTURA MUÑOZ MOLINA—Hay un momento intenso en la novela, que recrea la tensión racial de la época en Estados Unidos. ¿Eso nos pilla muy lejos, o sigue existiendo algo parecido en la actualidad? —Documentándome para esta novela he descubierto el grado de violencia cotidiana de la época, la humillación continua, que es muy difícil de imaginar para nosotros hoy. Por eso los trabajadores deMemphis salen a la calle con pancartas que dicen: I am a man. Soy un hombre. Por suerte, ha habido grandes progresos. King se da cuenta de que no solo bastan los derechos civiles, a votar, etcétera, sino también sociales. Él vio que la pobreza es la segregación máxima. Fíjese, la población carcelaria negra es hoy del 40 por ciento en Estados Unidos, y hay tres millones de niños que tienen a su padre o a su madre en la cárcel. Por otro lado, el creerte parte de una comunidad limpia y echar la culpa de todo lo que te pasa al otro es una propensión humana muy siniestra. —«El pasado [escribe usted] es un parque temático». ¿Se ha banalizado la memoria? —Esa frase está en el capítulo en que describo la visita al Museo de los Derechos Civiles de Memphis, donde aprendes mucho, pero el pasado queda suavizado.Puedes subir a uno de los autobuses que fueron quemados por racistas blancos, experimentas algo, pero no puedes saber lo que era aquello. O sentarte en una barra de cafetería años 50, pero no va a venir nadie a echarte café hirviendo en la cabeza, ni a sacarte los ojos, ni una señora va a decir «matad a ese negro». Te identificas con el sufrimiento del otro, pero de una manera confortable. Eso no es la realidad, el museo domestica el pasado. Verá, hay algo que tienen en común todas las víctimas del mundo, y es que no son victimistas. Los victimistas por lo general son privilegiados, usurpadores del dolor de otros. Por eso el respeto al sufrimiento del otro debe ser máximo. —Dice usted que la experiencia no sirve de nada cuando escribe. ¿Exagera? —Se va toda la vida en aprender a escribir. Además, lo que aprendes en una novela solo sirve para esa en concreto, se vuelve inútil cuando terminas. Es como si construyeras guitarras, y el patrón de una solo sirviera para ese ejemplar. —Tal vez sus patrones le sirvan a otros para hacer sus guitarras... —Sí, puede que sea así [risas].

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