Cultura

Torero de amaneceres y crepúsculos

La delgada línea que separa el tormento del éxtasis es un desfiladero hondo y angosto, una senda sin retorno en el capote y la muleta de Morante. José Antonio es un torero de amaneceres y crepúsculos, la lucha de la luz y las tinieblas traducida en esas faenas luminosas, en el arte natural revelado como un secreto antiguo: la razón apasionada contra la fuerza irracional convertidas en oficio sagrado desempeñado por un hombre de luces.

el 16 sep 2009 / 07:52 h.

La delgada línea que separa el tormento del éxtasis es un desfiladero hondo y angosto, una senda sin retorno en el capote y la muleta de Morante. José Antonio es un torero de amaneceres y crepúsculos, la lucha de la luz y las tinieblas traducida en esas faenas luminosas, en el arte natural revelado como un secreto antiguo: la razón apasionada contra la fuerza irracional convertidas en oficio sagrado desempeñado por un hombre de luces.

Es la caza primigenia del toro remoto del llano y la ribera trocada en expresión gracias a las reglas y al arte. Sólo cuando la noche gana la partida al día llegan las égiras, las huidas a Egipto de este creador sin etiqueta que fragua en soledad sus vueltas al primer plano de la actualidad.

Torero sin tiempo ni lugar, más allá de los duros condicionantes que le ha trazado la vida, el de la Puebla siempre parece llegar de alguna parte, de algún rincón secreto donde se reencuentra consigo mismo y vuelve a beber de las fuentes del toreo. ¿Viene Morante de la Marisma ancha? ¿Necesita de sus horizontes sin riberas? ¿De los lucios donde se refugia la vaca palurda y se posan los ánsares?

Como en una premonición, la marisma fue testigo de la primera vez que se puso delante de una becerra. Fue en lo de Pérez de la Concha, en una dehesa de aire añejo al borde de esa inmensa planicie de arrozales que parte en islas el Bajo Guadalquivir. La marisma, siempre la marisma, crisol del toro bravo, partida y vuelta de Morante en todos los viajes por la piel de toro, refugio mítico en el nomadeo estival de las gentes de coleta.

A Morante lo parieron torero. Nunca quiso ser otra cosa que no fuera torero. Cuentan que el primer dinero que ganó toreando, una moneda de veinte duros, se la dio Espartaco padre cuando lo descubrió dibujando lances al toro del viento, muy niño aún, en las calles de La Puebla. "Para que te compres un chupachús", le espetó el viejo y sabio torero, que había adivinado algo especial más allá del ballet vacío del toreo de salón a pesar de los poquísimos años del joven oficiante.

Artista precoz, lidiador por generación espontánea, se fogueó siendo un niño aún por los pueblos de Sevilla y Huelva de la mano de Leonardo Muñoz, taurino controvertido que le puso delante de los primeros becerros vestido de luces. Guillena, Castilleja de Guzmán, las tierras del Aljarafe, el Condado y la Sierra; el Andévalo y la tierra calma: el toro en todas partes para fraguar la identidad torera de un muchacho que iba a dar mucho, pero que mucho que hablar.

Las vicisitudes de su propia administración, que nunca estuvo a la altura de su alcurnia torera, alejaron la alternativa de la plaza de la Maestranza. Era el inicio de una tortuosa relación amorosa con la plaza que más ha amado y más le ha exigido. Pero el triunfo llegó en Sevilla y Morante traspasó vestido de grana y oro la puerta con la que sueñan todos los toreros, la puerta que se mira en el Guadalquivir. Pero al amanecer iba a seguirle otro crepúsculo.

A punto de despedir el siglo, en una feria preparada para la definitiva consagración del torero, borracho de toreo y triunfo, fue corneado brutalmente cuando trataba de recibir a un toro con ese cartucho de pescao de los artistas sevillanos. Aquel astado quebró, quizá para siempre, la regularidad de Morante de la Puebla. Pero aún quedaba otra lucha mucho más honda y desnuda, mucho más desesperada, con un marrajo sin cara refugiado en la caverna oscura de su propia mente. Y el torero, una vez más, volvió a desaparecer.

Hombre de los suyos, nunca supo encontrar una férrea estabilidad profesional que apoyara el libre ejercicio del arte del toreo. Aquellos fantasmas andaban rondándole y llegaron las simas, la búsqueda de su auténtico ser a la vez que Morante se convertía en un torero de culto. Los faenones, las bajadas al infierno de su propia alma de hombre y las extrañas idas y venidas se aliaban en un difícil carrusel que iba a preludiar la plenitud torera actual.

Definitivamente entregado a la profesión, Morante ha asumido su condición de primera figura del toreo y navega por esta extraña temporada como uno de sus intérpretes estrella sin rehuir ninguno de los grandes escenarios de la contienda. El de La Puebla fue uno de los salvadores de unas calamitosas y decepcionantes ferias de Sevilla y Madrid. No importó que la sombra oscura de la cornada volviera a hacerse presente cuando estaba volviendo loca a la plaza del Puerto.

Reaparecido y crecido, Morante sigue iluminando los ruedos con un arte natural que redime esta época de vulgaridades. El viernes recibía su última cornada, la segunda en el último mes, no sin antes arrancarle una oreja al morlaco.

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