Cultura

Torero por encima de todo

La concesión de la Medalla de Oro al mérito en las Bellas Artes ha reforzado la perenne, y tantas veces poco deseada, actualidad de un personaje que a veces oscurece al matador de toros. La polvareda, el cruce de declaraciones, los extraños gestos de los que se dicen compañeros, han terminado de montar un nuevo circo mediático en torno a un nombre que antes de nacer ya era portada de una revista del corazón: una pieza involuntaria del escaparate fatuo del colorín al que, sin remisión, parecía predestinada su vida.

el 16 sep 2009 / 02:25 h.

La concesión de la Medalla de Oro al mérito en las Bellas Artes ha reforzado la perenne, y tantas veces poco deseada, actualidad de un

personaje que a veces oscurece al matador de toros. La polvareda, el cruce de declaraciones, los extraños gestos de los que se dicen compañeros, han terminado de montar un nuevo circo mediático en torno a un nombre que antes de nacer ya era portada de una revista del corazón: una pieza involuntaria del escaparate fatuo del colorín al que, sin remisión, parecía predestinada su vida. Le ha sido difícil escapar de esa condición de hombre público, de personaje más allá de los ruedos. Ésta última polémica que se suma a su

larga baraja de affaires había comenzado como un runrún de muchos profesionales -que de forma discreta y privada no consideraban

a Rivera como el torero más representativo para recibir la condecoración- y acabó rompiendo con las explosivas declaraciones de Morante. La llama se alimentó con la encendida defensa de su ex cuñado, Cayetano Martínez de Irujo, que arremetió contra el diestro dde La Puebla y terminó de explotar con el inesperado gesto de José Tomás y Paco Camino, que han devuelto sus respectivas medallas de las Bellas Artes al ministro César Antonio Molina.

A Francisco Rivera Ordóñez lo habían parido con la mayor confluencia de sangres toreras, con las más aristocráticas reatas de matadores aunque, con apenas 10 años, un toro partió por la mitad a su padre en aquella tarde trágica de Pozoblanco para, paradójicamente, sentenciar su íntima vocación torera. Seguramente sólo él tenía entonces la absoluta certeza de la verdad de su decisión. Fue su abuelo, el gran Antonio Ordóñez, el primer forjador de la personalidad taurina de Francisco, que eligió la atávica Ronda de sus ancestros para debutar en público vestido de celeste y plata, liado con un capote de paseo blanco y oro que había

pertenecido a su padre. Entonces no podía imaginar -ni remotamente- que acabaría toreando un millar de corridas de toros a lo

largo demás de tres lustros de profesión; que sería el empresario de esa plaza bicentenaria que pisaba por primera vez vestido de luces; que daría la alternativa a su hermano Cayetano; que acabaría siendo distinguido con esa polémica Medalla de Oro de las

Bellas Artes. Precisamente, la lista de esas medallas la había estrenado, en 1996, su abuelo, paradigma de clasicismo; espejo de la

torería contemporánea. ¿Se habrían atrevido a devolverlas en vida del genial rondeño?

Ronda es el principio y el fin de la dinastía Ordóñez. Una sangre que iría injertando sucesivamente en las ramas de los Dominguín y los Rivera. El Niño de la Palma, bisabuelo de Francisco; Luis Miguel, Antonio Ordóñez, Paquirri, las ramas más nobles de un tronco ancho, una herencia pesada y exigente para un torero bisoño que tuvo que superar el escepticismo de todos los que creían que su determinación de convertirse en matador de toros era sólo una ventolera pasajera. Llenó la Maestranza de novillero pero la definitiva

consagración llegó el día de su alternativa abrileña de la mano de Espartaco, que ese día cayó gravísimamente herido. Aquella misma tarde se hizo figura del toreo, refrendando su estrellato muy pocos días después en la misma Maestranza ante un toro de Sánchez Ibargüen al que cortó las dos orejas. Luego vinieron aquellas dos o tres vueltas a España dejándose matar en todas las plazas, con todos los toros, demostrando que el valor todo lo puede. Sólo un año después, en las barbas de los cónsules Joselito y Ponce, en la famosa corrida de los quites del San Isidro de 1996, ya se había convertido en el tercero de los tres tenores que llenaron

las ferias desde mediados de los 90. Rivera se había encaramado a la primera fila del toreo.

Después llegaría el largo bache, el acoso de los medios rosas y la creación de un personaje televisivo que le hizo tender tantas barreras: un matrimonio malogrado y dos ausencias familiares en medio de una travesía del desierto que sólo pudo suplir con la raza

de su casta y el apoyo de hombres providenciales como Pepe Luis Segura, un apoderado especializado en reforjar toreros en trances difíciles que le devolvió la confianza. Pero en medio siempre estaba Ronda, fuente a la que había que volver una y otra vez en busca de su mejor identidad. El fallecimiento de Antonio Ordóñez puso en sus manos la organización empresarial de la lujosa Corrida Goyesca de la que, retomando la mejor herencia de su abuelo, se convirtió en alma y motor perpetuando y alentando el peregrinaje de los aficionados desde todos los caminos del toreo. Precisamente, en la Goyesca de 2006 daría la alternativa a su hermano Cayetano en un mano a mano histórico que desbordó toda la expectación. La dinastía encontraba un nuevo eslabón que animaba a Francisco a seguir en la brecha cuando empezaba a acariciar la idea de colgar los trajes de luces.

Pero la guerra del toreo proseguía. El diestro, ya veterano y a vueltas de muchas guerras, había renacido al oficio del que nunca se

marchó dentro de ese cartel de matadores mediáticos que se ha trocado en la salvación de tantas empresas de las rutas del toro. Con

una vida involuntariamente contada en el couché, Francisco encara un tramo feliz en su faceta de empresario, apurando sus últimos

años como matador de toros y sabiéndose la nueva cabeza de su dinastía. Pero esta historia había comenzado mucho antes, hace un siglo de toros, cuando el primero de los Ordóñez se puso delante de un toro bravo.

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