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Tormenta y política

Todo el mundo está ya metido en harina. Las familias hacen cuentas, los estudiantes tienen sus libros nuevos, el empresariado evalúa y los trabajadores rezan o equivalente para que los malos augurios no se cumplan. Todos tienen tareas y de que las hagan bien depende una parte de su futuro. Pero no deben estar solos.

el 15 sep 2009 / 11:24 h.

Todo el mundo está ya metido en harina. Las familias hacen cuentas, los estudiantes tienen sus libros nuevos, el empresariado evalúa y los trabajadores rezan o equivalente para que los malos augurios no se cumplan. Todos tienen tareas y de que las hagan bien depende una parte de su futuro. Pero no deben estar solos. Con el cielo cubierto y amenazando tormentas es el momento de hacer política.

Intuyo los rostros de escepticismo o enojo ante esa idea. Porque, se quiera o no, el desprestigio está adosado a la práctica de la política. Lo mejor que se espera de ella es que no sea corrupta, pero pocos recuerdan que el sistema en el que vivimos es el mejor de los posibles y que se sustenta en derechos logrados con los sufrimientos y luchas de muchas personas. La ciudadanía está tan decepcionada por el sectarismo partidista, por el oportunismo, por las peleas intestinas, porque se le ignore que ni siquiera echa en falta a una clase política que esté orgullosa del poder que les han delegado para que sean útiles. Esa indiferencia u hostilidad es alimentada por quienes desacreditan de forma indiscriminada a la política y a quienes la ejercen. Por suerte hay opiniones en sentido contrario.

Luis García Montero en su reciente libro "Vista cansada", reivindica la política como un trabajo noble y de utilidad social. El poeta granadino, en un ejercicio de memoria sobre tiempos peores, recuerda que poder organizar nuestra convivencia es una gran conquista. Así que metidos en harina y tras auto invocar a la autoestima colectiva, hay que pedir la práctica de la verdadera y noble política porque hay mucha tarea por delante. En plena crisis, la financiación autonómica necesita buen pulso y poca demagogia territorial o partidista. Algo parecido ocurre con las polémicas sobre el aborto o el derecho a una muerte digna en las que sobran predicadores y faltan legisladores. En la lucha contra ETA o contra la recesión, ante estos y otros asuntos de interés general, el país merece que sus representantes se crezcan, hagan un buen trabajo y recuperen la confianza de la ciudadanía.

Periodista

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