Cultura

Torrente de comicidad y ternura

CRÍTICA DE TEATRO. Obra: El Rey Perico y la dama tuerta. Compañía: Teatro del Velador. En el Espacio Santa Clara. * * * *

el 15 ago 2014 / 18:02 h.

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  • Lugar: Espacio Santa Clara, 6 de agosto
  • Obra: El Rey Perico y la dama tuerta
  • Compañía: Teatro del Velador
  • Autor: Diego Velázquez del Puerco
  • Dirección: Juan Dolores Caballero
  • Intérpretes: Manuel Solano, Alfonso Rodríguez, Eva Rubio, Eduardo Tovar, Gloria Albalate la Crítica: Un, Abel Mora
  • Espacio sonoro: Inmaculada Almendral
  • Calificación: Cuatro estrellas
  No es fácil, teniendo en cuenta las diferencias culturales, hacer reír con los chistes de hace más de trescientos años. Sin embargo, con este montaje Juan Dolores Caballero consigue cumplir con el espíritu de la comedia burlesca, que no es otro que el sacar al espectador de su realidad cotidiana para llevarlo a ese estadio donde prima la carcajada. Para ello, con buen acierto, Caballero en vez de huir de las continuas y desvergonzadas alusiones sexuales y los chistes zafios y escatológicos típicos del género, potencia el cariz grotesco de la historia. De esa manera, dibuja a unos personajes tan deformes como repelentes y estrambóticos. No en vano este director se caracteriza por ser fiel a la estética de lo feo, propia del arte bruto. En ese sentido podría decirse que con esta obra ha encontrado la horma de su zapato. Y es que, la historia gira en torno a una princesa tuerta que no quiere casarse (algo totalmente impensable en su época), un rey con inclinaciones homosexuales obsesionado por tener descendencia, y dos caballeros tan desesperados y ambiciosos que no dudan en piropear y rendir pleitesía a la tuerta. Entre todos dan vida a una historia tan disparatada como absurda, y sin embargo llega un momento en el que el espectador se ve envuelto en ella. Para conseguirlo Caballero se decanta por un tratamiento carnavalesco mediante un espacio sonoro que no duda en mezclar temas clásicos con piezas con reminiscencias  flamencas. Por otra parte impregna de comicidad el trabajo actoral con un lenguaje gestual que integra elementos propios de las técnicas del payaso junto a otros característicos del teatro contemporáneo, como el desplante carnal y el verbo contenido, aunque siempre ajustado al ritmo del verso. En esta ocasión, cabe resaltar además la utilización del espacio, ese hermoso patio del Monasterio de Santa Clara que parece concebido para representar esta obra. De ahí que la puesta en escena reduzca la escenografía a una simple silla para integrar el movimiento actoral en el entorno natural del patio, aportando un halo mágico. Cabe resaltar el magnífico trabajo de interpretación de todos y cada uno de los actores y actrices del reparto, quienes derrochan vis cómica y son capaces de impregnar de ternura a sus personajes, a pesar de su evidente deformidad.

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