Cultura

Torreones destartalados

Barrera sale al ruedo pese a la muerte de su padre. Aunque hubo algún toro con posibilidades el espectáculo fue largo y premioso

el 14 abr 2010 / 18:52 h.

El diestro Antonio Barrera durante la faena a su primer toro de la corrida de Feria de Abril.

PLAZA DE TOROS DE LA REAL MAESTRANZA
Ganado: Se lidiaron cinco toros de El Torreón, algo destartalados de cornamentas, largos y demasiado altos. El cuarto fue un serio sobrero del Conde de la Maza, que resultó ser un auténtico barrabás. De los titulares, el primero no tuvo ningún contenido. El segundo fue muy noble y enclasado por el pitón derecho. El tercero, pronto y algo descompuesto. El quinto ni pasaba en la muleta y el sexto, algo indefinido, resultó muy soso y noblón a medias.

Matadores: Antonio Barrera (de marino y oro), ovación y silencio.
Luis Bolívar (de celeste y oro), ovación y silencio.
Salvador Cortés (de nazareno y oro), ovación y silencio.
Cuadrillas: Luis Mariscal se desmonteró tras parear al tercero de la tarde y escuchó la música.
Incidencias: La plaza registró media entrada en tarde de lluvia intermitente que se desató al final. Se guardó un minuto de silencio en memoria de José Manuel Barrera, padre de Antonio Barrera.

 

En el argumento íntimo de la corrida, el duelo por la muerte del padre de un matador. Barrera hizo el paseíllo desmonterado después de dejar a los suyos velando el cadáver del que le dio la vida y le inculcó la afición. Pero la plaza, también los compañeros, supieron ser sensibles a esa tragedia interior dedicándole un minuto de silencio que esta vez no necesitó altas negociaciones. El homenaje del público llegaría luego, primero tímidamente, más contundente después: tributando una ovación antes de que sonaran los clarines que fue la más hermosa tarjeta de pésame y consuelo.


Pero aún tenía que salir el toro imponiendo su contundente realidad. Y el que rompió plaza fue un enorme animal, muy deslucido, con el que Antonio Barrera se empleó en un trasteo largo y poco brillante. El toro tomaba la muleta con sosería, sin entregarse de verdad aunque resultó más claro por el pitón izquierdo. Definitivamente rajado y parado, su matador aún porfiaría sin eco ni fruto antes de recetarle una estocada de libro que ya es la mejor de la feria. Mucho menos le iba a permitir el cuarto, un sobrero criminal del Conde de la Maza que sustituyó al titular después de que se partiera un pitón derrotando contra un burladero. El toro sacó las peores ideas de su casa y encima se quedó prácticamente sin picar buscándole las cosquillas a su matador en todos los terrenos hasta que lo echó abajo de media lagartijera y dos descabellos.

Pero en el destartalado encierro que se trajo César Rincón a Sevilla hubo dos toros posibles. Uno de ellos fue el segundo de la tarde, un animal que llegó a la muleta desplazándose con boyantía y buen tranco por el pitón derecho sin que Luis Bolívar, que le enjaretó dos series macizas y de alta nota, consiguiera redondear la faena. Primero, por falta de estrategia empeñado en el cite de largo desde los medios. Luego, por un incomprensible conformismo que no le hizo exprimir ese notable pitón después de comprobar que por el izquierdo no había coles. Las prescindibles manoletinas con las que acabó la faena no añadieron nada a esa labor, que debió tener mejor nota. Con el quinto, un mulo que no pasaba en la muleta, bastante hizo con matarlo pronto y bien cuando más arreciaba la pronosticada lluvia.

Y hay que advertir que Salvador Cortés, una vez más, salió a darlo todo en la plaza que le lanzó el mismo día de su alternativa. Se fue a portagayola en sus dos toros, no se cansó de estar nunca en la cara, de apurar todas sus posibilidades, pero le faltó un mejor entendimiento con el tercero, el animal que tuvo mayor movilidad de todo el encierro para cogerle el aire en una faena siempre entregada pero falta de temple. El toro era un punto rebrincado y a su embestida le faltó algo de limpieza. Sólo al final, apurando la faena, Cortés fue capaz de extraer muletazos sueltos de mejor factura. Y con la espada, fue un cañón. Volvió a pisar el acelerador a fondo con el sexto, que le pegó un frenazo de escalofrío cuando lo recibía de rodillas. Lo mejor llegó con el capote, especialmente en los remates. El toro fue luego a menos y la faena no terminó de coger vuelo. 

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