Cofradías

Tras sus pasos

El ‘triángulo de los misterios cofradieros sevillanos’ tiene sus vértices en el Gran Poder, San Isidoro y la iglesia de Santa Cruz.

el 13 abr 2014 / 22:30 h.

Las manos de un nazareno de la hermandad de San Isidoro, una de las protagonistas del relato de hoy. Las manos de un nazareno de la hermandad de San Isidoro, una de las protagonistas del relato de hoy. / José Manuel Cabello El misterio es una cualidad de la vida, en particular para quienes (ya sea en tren, paseando o simplemente leyendo un buen libro) merecen el título de viajeros. Ese es uno de los principios inspiradores de esta guía, y por eso su cicerone, Inmaculada Díez, se ha querido fijar hoy, Lunes Santo, en ciertas curiosidades cofradieras que bien merecen el nombre de misterios, ya lo sean en grado sumo o como meras anécdotas. Eso, que el lector lo decida, si le place. Son, además, sugerencias para que quienes acudan a ver las procesiones intenten mirar aún más allá de lo evidente y se recreen en los detalles, puesto que todo, desde lo más extraordinario hasta lo más insignificante, tiene un porqué. Y a menudo es una aventura descubrirlo. El primer destino que sugiere Inma es ir a presenciar un prodigio a la basílica del Gran Poder. Allí aguarda el testimonio de un pequeño presunto milagro que decora una de las paredes del templo, en la galería que sale del camarín. Se trata de una foto. Una foto del Gran Poder. A simple vista parece cosa normal, pero no lo es. Bajo el marco, una inscripción sobre una decorativa placa dorada que dice lo siguiente: El día 15 de marzo de 1985 se originó un incendio en la sala de velas de este templo, en la que se encontraba esta fotografía de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, que resultó sin daño alguno. La Junta de Gobierno de esta hermandad acordó perpetuar este acontecimiento para conocimiento de hermanos y devotos. Cuenta Inma Díez que todo sucedió repentina y trágicamente, recién caída la noche de ese día funesto, cuando el templo se hallaba en pleno fragor de actividades cofradieras: jura de hermanos, preparativos de las papeletas de sitio y demás quehaceres propios de la Cuaresma en una hermandad. Eran velas de sebo que no solo provocaron el fuego, sino que lo empeoraron cuando al intentar apagarlo con agua los hermanos que allí estaban, extendieron la parafina. Cerraron las puertas para que no entrase la gente, empezaron a prepararse para una posible evacuación de las imágenes... hasta que, finalmente, se logró controlar aquello tras unos minutos bajo una emoción muy parecida al pánico. Y en aquella sala donde había ardido todo, la foto seguía intacta. Con el cristal reventado, pero como nueva. De historias similares tienen una vagoneta llena las hermandades sevillanas, pero la elección de esta en concreto responde a que es posible pasarse por allí y verla, colgada en el templo (una visita que puede interesar a quienes esta semana se estén paseando por la ciudad en busca de procesiones y de sensaciones más o menos sobrenaturales relacionadas con estas). No siempre es factible presenciar los vestigios de un milagro, como la referida foto del Gran Poder (por lo demás, exactamente igual que el resto de fotos de dicha escultura); por lo general, este tipo de relatos, portentos y curiosidades, pese a ser tan abundantes en la Sevilla semanasantera, se diluye en la neblina de un tiempo inconcreto y de unas identidades inciertas que impiden remontar su rastro hasta el origen. La cicerone Díez, no obstante, se conoce unos cuantos, y dirige los pasos hacia un destino que le resulta muy familiar: su hermandad de San Isidoro. Salida procesional de la Virgen de Loreto. / José Manuel Cabello Salida procesional de la Virgen de Loreto. / José Manuel Cabello Llegados a ella, Inma reclama atención para la mano izquierda de la Virgen de Loreto, de la que cuelga un deslumbrante juguetito: un antiguo avioncito dorado de tamaño no precisamente diminuto que llama la atención, por lo aparentemente impropio del asunto. Sí, es cierto:sabido es que se trata de la patrona de la aviación, y que el Ejército del Aire mantiene fuertes lazos con la corporación, pero la pieza dorada no se debe a esto, o al menos no directamente. El asunto data del año 1926, cuando el celebérrimo avión Plus Ultra completó el primer vuelo transoceánico entre Europa y América, inmortalizando de ese modo a sus tripulantes, el comandante Ramón Franco (hermano del que habría de ser dictador durante casi cuarenta años), el capitán Julio Ruiz de Alda, el teniente de navío Juan Manuel Durán y el mecánico Pablo Rada. Era el 10 de febrero de ese año, y el legendario hidroavión llegaba a la argentina Buenos Aires entre el clamor popular (porque antes, este tipo de gestas geográficas se celebraban una barbaridad). El caso es que entre el gentío, según cuenta Inma Díez, se hallaba una señora llamada María del Rosario Cabot, que entregó a Franco un avioncito de oro, una réplica a escala del que él comandaba en tan singular viaje. La cosa se podría haber quedado ahí, pero no: insistió la dama en que la joya fuese ofrecida a la Virgen deLoreto. El porqué de ello se ignora. Solo se sabe que el original, el verdadero Plus Ultra, se quedó en Argentina como un regalo de Alfonso XIII, y se empleó como avión correo de la Armada hasta que casi se cayó a pedazos y se convirtió ya de una vez en ejemplar de museo. A cambio, el Plus Ultra que regresó a España fue esta versión dorada, de la que hoy puede verse una copia –el original está celosamente guardado por la hermandad– en la mano zurda de Loreto. Pero a este itinerario le hace falta una tercera etapa, un tercer destino que permita dibujar, sobre el plano de Sevilla, el triángulo de los misterios hipalenses; el mismo donde los paisanos y forasteros, atrapados por su magnetismo, entran en vértigo de instrumentos y se quedan colgados para los restos de esta ciudad (si es que tal fuese el caso). Para esa tercera pata misteriosa hacía falta una historia más o menos fuerte, una de fantasmas, y lo cierto es que ha sido complicadísimo elegir una sola, de tantas y tan absurdas como hay. Se podría haber hablado de la leyenda de ese pequeño huerfanito que, acogido en el convento de Santa Isabel, soñaba con salir en la de los Gitanos, con tal entusiasmo que las monjas le hicieron una túnica de nazareno y todo. Pero el pobrecito murió antes de que pudiera hacerlo, y con su túnica lo enterraron. Hasta que llegada la Semana Santa y con ella la Madrugá, lo vieron vestido de nazareno en la mismísima puerta del convento. O se podría narrar los sucedidos de otros niños fantasmas que se dice que acompañaron los pasos de la Esperanza de Triana y la Estrella... pero esa tercera marca en el mapa de la ciudad va a ser, mejor, la iglesia de Santa Cruz, donde cuentan que el Martes Santo –tal día como mañana–, tras la recogida de la cofradía, un fantasmagórico hermano vestido de nazareno reza antes los pasos y desaparece. Quién dice que no sería una aventura ir por allí a esa hora y cruzarse con él por Mateos Gago. En tratándose de misterios, el querer hace mucho. Más de lo que parece.

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