Cultura

Tres avisos despidieron la Feria

El diestro mexicano Israel Téllez, que debutaba en España, no fue capaz de echar abajo al sexto, que huía hasta de su sombra.

el 08 may 2011 / 21:07 h.

La verdad es que el manito no pudo tener peor suerte. Llegar a España, debutar en la Feria de Abril y sortear una miurada que hizo honor a los galones era un empeño no exento de dificultades. Lo que no podría imaginar Israel Téllez es que el sexto de la tarde acabaría huyendo hasta de su sombra en un carrussell interminable que iba marcando las vueltas inexorables del inmenso reloj de la plaza.

Armado de estoque y muleta, con todos los matadores en el ruedo, cuadrilla y espada persiguieron infructuosamente al miura en el empeño vano de largarle una cuchillada por dónde mejor entrara el acero. A punto de sonar el inexorable tercer aviso llegó a dejarla en los ijares antes de tomar el descabello pero ya no había vuelta atrás. Sonó el postrer recado y el último toro que debía haber caído en esta extraña Feria se fue a los corrales en pos de los cabestros.

Posiblemente, el pobre Israel llevara la penitencia enhebrada en el pecado. Se hartó de dar pases y más pases a un toro de temperamento decimonónico, de bravura trasnochada, que sólo acepta faenas cortas. Cuando se quiso dar cuenta ya era demasiado tarde y el primer aviso sonó sin que se dejara cuadrar siquiera. Antes lo había banderilleado con más voluntad que acierto incluyendo un par al violín (desafinado), que le debería dar pistas para dejar quietecitos los palos. En cualquier caso, dejando a un lado los lamentables tres avisos, el diestro mexicano solventó la papeleta con dignidad.

Sin dejarse impresionar por el catedralicio sobrero que se libró del segundo pañuelo verde por tener enamorado al palco y a la parroquia, Téllez anduvo por allí sin perder los papeles, quizá sin decidirse a tirar la moneda del todo, pero mostrando solvencia profesional. Con el sexto, ya lo saben, se hartó de pegar pases de todos los colores y la cosa salió mal.La verdad es que torear, lo que se dice torear según el código moderno del oficio, lo hizo el cordobés José Luis Moreno. A cuentagotas pudo enseñar parte de su calidad en el inicio de faena al cuarto de la tarde, que fue el menos Miura de todos los miuras que salieron ayer. Moreno se templó en un quite resuelto por verónicas y comprobó las posibles virtudes de un animal que no tuvo malos inicios en la muleta.

El diestro de Dos Torres había brindado a Espartaco -seguramente en una elegante reivindicación de su auténtica condición de gran figura- antes de comenzar su trasteo con una serie bien hecha y bien dicha que nos hizo albergar demasiadas ilusiones. Desgraciadamente el toro se acordó muy pronto del hierro que llevaba en el anca y se mostró tardo y pegajoso por el pitón izquierdo. Le faltó poco para pararse y Moreno se tragó algunos de esos frenazos antes de desengañarse por completo.

Con el que abrió plaza tuvo muchas menos opciones aunque el torero cordobés solventó la papeleta con más que suficiencia. Corto de viajes, reponiendo en una baldosa y enterándose siempre, a José Luis Moreno sólo le quedó cazarlo de una estocada habilidosa y a toro arrancado que tuvo que hilar a un buen puñado de descabellos. Como la mayor parte de los pupilos de Zahariche, llegó a la plaza de Sevilla con siete vidas bajo el pellejo y demasiada dureza en las patas.

Que se lo pregunten si no al aguerrido Rafaelillo, que volvió a nacer después de ser arroyado por el Orient Express, un quinto de más de 600 kilos que se lo llevó por delante en cuanto le echó el capote a la cara. Hubo larga pausa para recomponer al murciano         -demasiados ayudas, mozos y requeteayudas de paisano en el ruedo- que comprobó muy pronto que aquel animal iba a ser un bocado imposible. Se le recetaron tres puyazos y campó a sus anchas en el ruedo creando situaciones de verdadero peligro.

Si se le citaba por un pitón, acababa embistiendo por el otro o regateando los engaños. Tuvieron mérito los hombres de Rafaelillo banderilleando a este ejemplar que luego, en la muleta, no tenía un solo pase. Comprobando sus ideas de terrorista, Rafaelillo no se dió coba y se fue en busca de la espada sin poder adivinar lo que le iba a costar echarlo abajo. Aunque el acero entró a la primera, la sesión de descabellos se convirtió en una estampa solanesca, en un aguafuerte de otro tiempo absolutamente acorde a las condiciones que sacaron los toros de Zahariche.

Afortunadamente, Rafaelillo había podido enseñar su dimensión entregada y heroica con el segundo de la tarde, otro afiliado al sindicato del crimen que al menos permitía demostrar actitudes. Así lo vio el murciano, toreándolo con vistosidad de capote y doblándose con mando y desparpajo en el inicio de una faena que acabaría convirtiéndose en batalla.

El toro se quedaba corto y era tozudo como un mulo viejo pero Rafaelillo volvía con tenacidad una y otra vez a la cara, siempre dispuesto y cruzado, en un emocionante toma y daca, que concluyó con un macheteo por bajo. El chaparrete diestro se tiró como un jabato a matarlo y salió enganchado. A la segunda lo tumbó sin puntilla.

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