Economía

Tres Mil maneras de sobrevivir

El Polígono Sur no da por perdida la batalla contra el desempleo. Jóvenes, y no tanto, vuelven a las aulas con la crisis.

el 25 nov 2010 / 22:18 h.

Estas diez chicas participan en un curso que se prolongará durante dos meses. El objetivo, prepararse para la inserción laboral.

Cuando uno se adentra en el Polígono Sur debe dejar aparcado, junto al coche, el montón de prejuicios que, casi de forma inevitable, le acompañan.

Son esos mismos prejuicios que llevan a las chicas de sus barrios más deprimidos -Martínez Montañés y Murillo, nombres que tratan de desterrar a Las Vegas y Las Tres Mil, respectivamente- y que trabajan limpiando casas en Los Remedios a decir que viven en La Oliva o en Bami para evitar una posible tentación de discriminar por razones de procedencia. Como si nacer, criarse o vivir en un barrio determinado marcase de forma inexorable lo que uno puede llegar a ser en la vida.

Guadalupe y Maleny, a sus 31 años, afirman orgullosas no haber sentido nunca ese rechazo, aunque sí conocen a chicas que mienten para que les den una oportunidad. Ambas comparten prácticas del taller de dinamización social en su barrio, en el que aspiran a trabajar al igual que otros muchos vecinos.

En el Polígono Sur son cada vez más las voces que se sublevan contra esa imposición, y eso a pesar de que la zona más maltratada de la ciudad sin necesidad de ninguna crisis económica, se ha visto sacudida con dureza por la coyuntura adversa. Aunque, de hecho, les ha servido en parte para despertar.

El Centro de Adultos del Polígono Sur, alojado en el centro cívico El Esqueleto, ha sido testigo de ello. Sus aulas para sacarse el graduado en Secundaria, la titulación más básica para poder optar a un contrato, se han desbordado. Y ya hay 80 en lista de espera. Por un lado, los más jóvenes, que habían abandonado los estudios por razones familiares o por la necesidad de llevar un sueldo a casa, aprovechan para reengancharse al sistema siguiendo con los ciclos formativos.

Y, por otro, quienes sí trabajan pero lo necesitan para dar estabilidad a su situación laboral o dar un salto en sus aspiraciones profesionales.

Si en otras zonas se aprovecha el desempleo forzoso para hacer másteres o seguir estudiando, en el Polígono ha servido para concienciar de que, sin una formación de base, las oportunidades simplemente no llegan.

El problema, cuenta Ana García, responsable del Centro de Adultos, no es sólo la elevada tasa de paro que hay -que también-, sino que el empleo que existe es muy precario. Las mujeres, en su mayoría, trabajan en los domicilios, o con tareas de limpieza o en el cuidado de mayores, o si no, en la venta ambulante y la recogida de chatarra.

En el caso de los hombres, su vinculación a empleos relacionados con la construcción -albañiles, fontaneros, pintores- y de baja cualificación les ha colocado como blancos fáciles, pues han sido los primeros en perder sus trabajos con el estallido de la burbuja. Otros muchos se dedican a la venta en los mercadillos.

Pero hay que empezar por el principio. Y éste se encuentra en el CODE, el Centro de Orientación y Dinamización para el Empleo, cuyas actividades son fruto del apoyo recibido tanto de la Consejería de Empleo como del Ayuntamiento de la ciudad. Es el punto de partida al que acuden cada día decenas de vecinos -el año pasado atendió a casi 1.800-, que básicamente les apoya en su búsqueda de empleo, les acompaña a lo largo del camino y les conecta con los recursos de empleo que mejor se adecuan a cada uno, como son los talleres prelaborales, escuelas taller o talleres de empleo.

Nos colamos en una acción prelaboral en la que participan diez chicas. Ayer tocaba ultimar unos pendientes y pines que han hecho artesanalmente para celebrar el Día contra la Violencia de Género y que repartirán entre sus vecinos. Se han encargado de todo el proceso, desde pedir los materiales hasta fijar el precio por hora que vale su trabajo.

Fernando es su monitor y explica que, con este gancho -el de la artesanía-, se les ayuda para animarlas a venir y desarrollar ciertas habilidades sociales que van desde adaptarse a un horario hasta organizar su trabajo.

Todo como parte de un objetivo último, el de la inserción laboral, recordándoles que son capaces de todo. Imprescindible, autoestima.

Una vez que han pasado por el CODE se les deriva a talleres o actividades que se ajusten a su perfil. Segundo paso, el Centro de Adultos. Desde alfabetización a educación vial.

Coincidimos con una clase que prepara para conseguir el carné de conducir. Entre todos los cursos suman 70 alumnos. Unos acuden porque, aunque ya conducen, no quieren exponerse a las multas y la pérdida de puntos; otros, porque puede ayudar a complementar el currículum. En común que no encuentren hueco en las autoescuelas porque necesitan una atención más personalizada.

La mirada al futuro es ambiciosa. El centro confía en implantar, ya el año que viene, un curso de preparación de acceso a la universidad para mayores de 25 años y dos especialidades para acceder a ciclos de grado superior.

La vuelta a las aulas también la han constatado en el IES Polígono Sur, sobre todo, en este curso 2010-11, explica la vicedirectora del instituto, Mariló Müller. "Los ciclos formativos se han desbordado porque el que no tiene trabajo se forma".

Los que imparte este centro están muy demandados por gente de fuera del barrio. Convenios con empresas como Toyota o Sadiel para la formación práctica de sus alumnos les avalan, así como un alto grado de inserción laboral que, de nuevo la crisis, se ha encargado de menguar. Las empresas, asegura, no tienen prejuicios, les importa la formación de calidad.

Orgullosa destaca las jornadas que el centro organiza con antiguos alumnos que hoy ocupan puestos de responsabilidad en empresas. Hablan de sus experiencias, de su paso por la universidad, de sus carreras profesionales. Y abren expectativas. Es ésa la mayor satisfacción que atesora Mariló. Poder hacer pequeñas transformaciones y ver que los chicos llegan a lo más alto. Pero para ello hace falta el apoyo de las familias. A veces esa conciencia se logra, otras veces, no.

Por eso el instituto comparte la filosofía: estar abierto al barrio para contar con las familias e implicarlas. "Si no van unidas, no sirve de nada".

Rosario, 57 años, es vecina de Luis Ortiz Muñoz y madre de dos hijos que están trabajando. Y coincide de plano. En los padres va mucha tarea y lamenta que "hay quien no quiere integrarse". Ella, mientras tanto, tras cotizar 23 años no tira la toalla de encontrar empleo. "Eso nunca".

Con la crisis han desembarcado familias procedentes de Hytasa o Su Eminencia que han perdido su casa. El dinero que tenían no les ha dado para otra alternativa. "Venían con miedo", asegura Ana García, pero se han dado cuenta de que no tienen por qué.

La crisis también promueve el individualismo. Por eso uno de los objetivos perseguidos es recuperar la fortaleza del tejido asociativo, ya que "los mayores éxitos del barrio han llegado cuando los vecinos se han unido".

«No acepto estar desempleada»
Manuela refleja el espíritu luchador del barrio, aunque tenga sus altibajos. Lleva casi un año en paro, pero no desiste y sigue acudiendo al Centro de Orientación y Dinamización de Empleo para ver si se mueve algo.

De hecho, fue gracias a él -y también a su hermana, que la convenció para inscribirse en el curso- por lo que descubrió que las obras no son sólo cosas de hombres. Hay sitio también en los tajos para mujeres.

Manuela fue una de las pioneras en participar en un taller de pladur, al que se apuntó después de haber estado empleada como trabajadora de la limpieza, puesto que tuvo que dejar por temas de salud. "Sabía que quería hacer algo, pero no sabía qué", y al final se decidió. Durante seis meses estuvo contratada junto a compañeros y la experiencia resultó muy buena.

Así que, cuando terminó el contrato del curso, se dedicó a ir de obra en obra dejando el currículum. Tardó una semana en colocarse en una empresa en la que estuvo trabajando durante once meses hasta que la crisis hizo acto de presencia.

A raíz de ahí buscó formación como pintora, "porque es la terminación que lleva el pladur", un taller que acabó el año pasado. Desde enero está desempleada pero no deja de estar atenta a si sale alguna chapuza. Consulta todos los días las ofertas de trabajo en internet, manda su currículum a las empresas. "No acepto la realidad de que estoy en paro", explica. Su marido, fontanero, también perdió el trabajo con la crisis. Él ha optado por las placas solares para reciclarse.

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