Cultura

Tres novillos para triunfar en la Maestranza

Se le fue la mano de aquí a allí al presidente Murillo al regalar dos orejas de auténtica broma al novillero jerezano Fran Gómez, dos trofeos que sólo pueden servir para engañarle y, posiblemente, para encajarle en la final del ciclo sin méritos suficientes.

el 15 sep 2009 / 07:49 h.

Se le fue la mano de aquí a allí al presidente Murillo al regalar dos orejas de auténtica broma al novillero jerezano Fran Gómez, dos trofeos que sólo pueden servir para engañarle y, posiblemente, para encajarle en la final del ciclo sin méritos suficientes, dejando en la orilla a otros muchachos con mejores merecimientos.

Para él fue el mejor ejemplar de los villamartas de Guardiola, un novillo cuajadito que fue siempre a más con el que el chico puso tanta voluntad, como infructuoso esfuerzo de estar a la altura. Pero era muy difícil. A Gómez, que llegó a dibujar algún natural estimable, le falla a chorros el motor y en esa tesitura es imposible abarcar la boyantía de un novillo, que como éste, mereció la vuelta al ruedo.

Tampoco llegó a ser aprovechado del todo el primero de la noche, un torete mansurroncito y de rebosante recorrido por el derecho, muy en su sangre, con el que el portugués Gonzalo Montoya -que presentaba la escuela de Sevilla- se mostró siempre correcto e incluso brillante en un par de series: una de ellas rematada con un cambio de mano y un sensacional pase de pecho; otra, aún más maciza y rotunda. Montoya demostró estar puesto y preparado, pero... no triunfó.

Tampoco pudo hacerlo el manchego Rafael Castellanos, que tuvo que enfrentarse a la mansa embestida y a las complicaciones del segundo, que sí respondía al llevarle muy tapado. Después de avisarle le acabó propinando una tremebunda voltereta de la que salió liquidado. Vuelto a la cara, arrancó una estimable serie de naturales antes de alargar el trasteo infructuosamente sin que al muchacho se le pueda negar la voluntad.

Cayetano Ortiz, de la escuela del Campo de Gibraltar, tuvo que pechar con el peor ejemplar del encierro, un eral rebrincado y molesto que nunca se dejó torear con el que se empleó en una faena larga, sin hilo, a la que no le faltó ciertas dosis de firmeza. Le quedó concedido el beneficio de la duda.

En parecidas condiciones -con otro novillo deslucido-, el novillero murciano Emilio Huertas sólo pudo andar despegadito e irresoluto, con sus ganas, pero incapaz de resolver la situación.

Y para cerrar la noche, que nada tuvo que ver con el entretenido festejo que abrió este ciclo de promoción, el ecijano Antonio David sorteó un noble animal al que templó con el capote y desaprovechó con la muleta, toreando siempre al hilo, fuera de la vía y sin dar el paso de verdad, evidenciando lagunas de valor.

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