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Tres orejas y un rabo para Morante

El torero sevillano José Antonio Morante ha cortado el rabo de un gran toro de Juan Pedro Domecq en Nimes, de donde salió por la Puerta de los Cónsules.

el 23 may 2010 / 17:37 h.

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El diestro sevillano José Antonio "Morante de la Puebla" cortó hoy tres orejas y un rabo en la corrida de Juan Pedro Domecq de la Feria de Nimes, de donde salió por la Puerta de los Cónsules entre aclamaciones de "torero, torero".

 

Se lidiaron, en corrida matinal, toros de Juan Pedro Domecq, correctos de presentación los 2º, 5º y 6º, más anovillados los otros tres, 3º y 4º lidiados como sobreros después de devolverse los titulares por falta de fuerza el primero y lastimarse una pezuña el otro.

Todos fueron bravos y nobles, los cuatro primeros justos de potencia, los dos últimos siendo superiores y más completos tanto para el ganadero como para los toreros.

Javier Conde: silencio tras aviso, saludo y silencio. Morante de la Puebla: oreja, ovación tras aviso y dos orejas y rabo. Salió por la Puerta de los Cónsules en olor de multitudes, bajo los gritos de "¡Torero!, ¡Torero!"

Javier Conde no se acopló con su primero, se esforzó con el tercero que le infligió una voltereta y no aprovechó el gran quinto por falta de entrega.

Morante estuvo muy decidido toda la tarde. Logró una faena toda de armonía y clase frente al segundo, tuvo que abreviar con el cuarto bis que fue flojo y protestado, y luego ocurrió el acontecimiento más importante de lo que va de feria.

Salió bravo y noble el toro de Juan Pedro, que tropezó un pelín al principio. Morante pidió una silla, dio dos por alto sentado en la misma, y luego, en el centro del ruedo y después de poderle por abajo, impuso al de Juan Pedro una faena de larga duración y de acople perfecto.

Faena increíble de temple, con una despaciosidad inaudita en esta plaza y en muchas otras; faena de sentimiento que encandiló al público nimeño, a medida que los muletazos se iban encadenando sin solución de continuidad; pura poesía la faena de Morante, rematada sentándose al final otra vez en la silla para ver morir el toro a sus pies después de gran estocada.

Locura colectiva, vuelta apoteósica con el rabo en la mano y salida majestuosa por la Puerta de los Cónsules de Roma.

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