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Tres Perales en un concierto e infinitos amores ante el micrófono

el 20 jun 2012 / 22:58 h.

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A pocos artistas les preocupa tan poco renovarse como a José Luis Perales, acaso porque sus mejores esencias tienen ese encantador marchamo de nostalgia que barniza buena parte de su música. Y pese a ello, anoche en el Teatro de la Maestranza, en un concierto presentado por El Correo de Andalucía, el músico de Cuenca demostró que él es también un artista del siglo XXI, sin necesidad de cambiar (casi) nada. Casi. Porque la banda que le acompañó, integrada por siete estupendos solistas comandados desde el piano por Iván Melón Lewis, sonó a blues y a jazz, abrazó sin tapujos el pop bien ritmado, hizo como que rockeaba y se volvió simpáticamente oldie, con aires de vinilo, cuando la ocasión así lo requirió.

Semanas antes había advertido que sus conciertos no tienen nada de espectáculo, que son "sobrios, como una reunión entre amigos". Mintió. Debió ser un perdonable arrebato de aparentada modestia. José Luis Perales en concierto es hoy, en 2012, un gran directo, un potente y sincero reencuentro con uno de los cantautores -dicho con todas las letras y sin que sea sinónimo de huero discurso tristón- más sobresalientes de la moderna música española.

Traía bajo el brazo además un nuevo disco tras seis años de silencio. Lo defendió anoche, y si esas radiofórmulas más atentas al último de la fila -sin dobleces, en estricto sentido- que al primero de la clase le dieran una oportunidad, sería posible que temas como Una canción llamada soledad y Cómo duele el aire se hicieran un hueco en el corazón de las nuevas generaciones. Salpicadas entre las 27 canciones que interpretó, Perales ha logrado con su último álbum, Calle Soledad, ser una vez más él mismo y reinventar la canción melódica gracias a una producción que, si en disco, suena espontánea, ligera y pegadiza, en directo alcanzó cotas de gran intensidad.

Arrancó con Morir por ti, siguió con Me llamas y ahí, en esa casi primera parada cosechó el primer aplauso cerrado de la noche, el de un público que llevaba demasiado tiempo sin verle. A Quisiera decir le acompañaron coros espontáneos y en Por si las musas el escenario se cerró en torno a él, dejando que su voz, que parece más reposada y centrada ahora que antes, se erigiera en la protagonista.

Con un escenario sobrio y una imagen prestada quizás del jazz, Perales, vestido de negro como sus músicos, no tuvo que esforzarse en lo puramente escénico. De acuerdo que no es/ no ha sido nunca un prodigio de coreografía en sus directos. Tampoco su música sencilla de arreglos y arrebatadora de verso precisa tales exornos.

Y con todo, el de ayer fue, en cierto modo, un triple concierto de Perales. Con su banda, a dúo con el teclado de Iván Lewis y con las guitarras de Borja Montenegro y hasta con cuarteto de guitarras. Porque fue así, empuñando él mismo el instrumento, y en formato acústico, como hizo sonar ese himno intergeneracional que universalizara Jeanette y que en la voz del conquense sonó menos impostado, más natural y hasta sorprendentemente barnizado con un toque country: Por qué te vas.

En el concierto, Perales demostró cómo por sus canciones corretean destellos poéticos que funcionan mejor -"Yo sigo siendo el árbol y tú la tierra mía", de Amada mía o "El amor es perdonarme tu y comprenderte yo"- y otros un tanto más obvios -"Te quiero como la tierra a sol", de Te quiero-. Pero por encima de menudencias y licencias líricas, tiene el cantante el don de activar la pasión con estribillos que calan la epidermis como aguijones de emoción.

Y en cada nuevo single demuestra ser el mejor juglar del amor. Sucedió así al oírle recordar cómo Le llamaban loca o en ese hit genial que es Y te vas, especialmente preparado para esta gira. Con un indisimulado aire setentón, luciendo una sonoridad casi de organillo o Farfisa, Perales se volcó en uno de sus temas más inmortales, pegadizo gracias al vaivén de su estribillo, que funciona casi como un vals, y que dejó al público cantando solo mientras él desaparecía momentáneamente del escenario.Concurrieron -por si alguien lo dudaba y por si alguien, a estas alturas merecidamente, anda lamentando habérselo perdido- canciones como Celos de mi guitarra y Sí.

En la recta final del concierto, de casi dos horas, sin excesos ni ampulosidades, atento al público pero sin necesidad de tirar de guiños simplistas (guiño fue, pero no banal, si no cargado de sentimiento la inclusión del tema de resonancias sevillanas Amigo), Perales abordó temas más comprometidos para él como la Canción de Otoño, en la que puso a prueba las aún sedosas dinámicas de su voz o El amor, en la que demostró que a gran volumen continúa siendo capaz de revestir de musicalidad cada palabra.

Faltaba un último empuje para hacer de la noche una experiencia gozosa, un imposible todo Perales en un solo concierto. Y con ese interés dejó manar Y cómo es él -salpimentada de blues-, Canción para Manuela -tema realizado a beneficio de Aldeas Infantiles- y sí, Un velero llamado libertad. Rescatemos otro hilo de su pluma:"... Y ahora estoy aquí para dar las gracias por todas las cosas buenas que me dio la vida (.,.) evitando pronunciar la palabra despedida". Ojalá, por muchos años, continúe Perales demostrando que otro modo de cantar y de hacer música es posible.

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