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Triana se reencuentra con la luz de San Jacinto

el 17 abr 2011 / 20:44 h.

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Gentío y devoción en San Jacinto.

Triana llevaba muchos años esperando a volver a verla. Buscaban a esa Virgen de la Estrella de antaño que era capaz de provocar a su paso una amalgama de emociones entre los vecinos de la calle San Jacinto. Y aunque nunca perdió la devoción de su barrio, este año ha vuelto a ser la que entre lágrimas esperaba Sevilla apostada en la puerta de su capilla.

Era la Estrella de siempre, escoltada por velas rizadas, y paseándose con el andar valiente de los que la llevan en su costal. No le hacía falta más. Ni el palio de Garduño ni los varales de reestreno de Borrero. La esperaban desde hace tantos años que los trianeros no dudaron en buscar el mejor sitio para contemplarla en la calle San Jacinto, horas antes de su salida. No importaba el calor, que a pleno sol resultaba insoportable, ni tampoco las horas de pie viendo pasar una hilera de interminables nazarenos de antifaz azul. Su sola presencia arriada en el dintel disipaba el hartazgo que provocaba la espera.Tan sólo tres toques de martillo aguardaban para enseñársela a Triana.

Y hasta el sol, más vivo que otros años por cuestiones horarias, fue buscando su rostro mientras traspasaba el dintel. Curioso que la luz quisiera dar lustre a la que es luz del Domingo de Ramos. Nadie podía dejar de contemplarla mientras avanzaba. Ni siquiera los nazarenos de Pasión y Muerte, el ruan de la víspera trianera, pudieron resistirse a verla. El porqué sólo lo sabe la Estrella. Entre sones marineros de la Oliva de Salteras, el paso de palio buscaba encontrarse con Sevilla. Pero antes estaba prevista una sorpresa. Por primera vez reviró hacia el lado izquierdo de la calle San Jacinto en una despedida sentimental a un barrio de Triana que desde entonces contó las horas para volver a reencontrarse con ella.

Casi una hora antes de que laEstrella iluminara al barrio, el paso de misterio del Cristo de las Penas había dado un vuelco a los corazones de los trianeros. Con un andar de filigrana se fue perdiendo entre los naranjos de una calle San Jacinto que por primera vez recibía a estos nazarenos tras su peatonalización. La salida estuvo llena de contrastes y emociones. Con su voz entrecortada, Manuel Vizcaya, su capataz, quiso dedicar la primera chicotá "a cuantos trianeros y sevillanos están pasando dificultades para que sus penas se dispersen con el Señor de las Penas". Ahí es nada. Se perdía el misterio por el puente que los entregaba a la ciudad para que por unas horas la Estrella fuera la luz que tanto añoraba Sevilla.

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