Cultura

U2 trajo a Sevilla el concierto del futuro

Unas 80.000 personas alucinaron en el Olímpico con un espectáculo que no olvidó la emoción

el 30 sep 2010 / 22:40 h.

U2 Sevilla - With or without you from Tengoentradas on Vimeo.

No es seguro que aquello que se vio anoche en Sevilla fuera un concierto. No fue, desde luego, lo que entendían como tal U2 cuando, hace 35 años, se juntaron en el Mount Temple Comprehensive School de Dublín para cambiar la historia del pop. Entonces el cálculo de estructuras no permitía alzar un escenario de 50 metros como La Garra, ni era concebible el despliegue de luces y sonido que deslumbró y aturdió respectivamente a las 80.000 almas que se dieron cita en el Olímpico. Bono y los suyos han visto en primera línea la evolución de los amplis primitivos a los altavoces de alta gama, de los telones a las pantallas digitales y los subtítulos en tiempo real... Y han decidido que ellos serían la culminación del proceso, el no va más del concepto macroconcierto.

 

Lo han conseguido, pero no necesariamente es una ventaja. Lo que propone el 3600 Tour es un montaje tan faraónico, de unas calidades sonoras tan insultantemente impecables; de una escala, en fin, tan inhumana, que corren el peligro de alejarse de su público, esa muchedumbre alucinada. Las dos horas largas de espectáculo son una batalla a muerte entre la tecnología punta y el alma, y parece que ayer ganó el alma. Pero no se lo pusieron fácil.

Una nube de humo y la melodía del Space Oddity de Bowie preludia la irrupción del grupo en escena, dirigiéndose parsimoniosamente hacia el complejo escenario. "¿Qué pasa, colegas?", dice Bono en aceptable español, y el trueno estalló para dar paso a Beautiful day. El cantante sabe que el elemento humano cuenta, y que su carisma contiene altas dosis de éste. Baila, pega saltitos y boxea en el aire, besa a su bajista en New year's day, se estremece en la frenética, abrumadora Get on your boots.

Pero, si la música en directo contiene una verdad irremplazable, una capacidad de transmitir emociones únicas, el fenomenal montaje lo pone todo en riesgo. Mientras se suceden Magnificent, Mysterious ways o Elevation, uno tiene la sensación de ser absorbido por la descomunal pantalla cilíndrica y estar participando de una película, o un holograma. Los juegos de luces de Until the end of the world, desbordantes, confirman esta impresión, como más adelante lo hará Crazy tonight: el Olímpico acogió por tres minutos la discoteca portátil más grande del mundo. A ratos, cabía temer que fuera un concierto más para fotografiar -impresionante el mar de pantallitas de móvil que inundaba pista y gradas- que para escuchar.

Todo colabora eficazmente en la dirección del asombro, pero U2 no son lo que son porque les haya acompañado la pirotecnia. Tocaba, de nuevo, apelar a las entretelas. Recordar, como hizo Bono, que estaba sobre las tablas junto a sus tres mejores amigos. Nada puede pagar eso. Los miles de watios están muy bien, pero nada pueden hacer con el poder de las canciones. ¿Qué hacías la primera vez que escuchaste I still haven't found what I'm looking for? ¿Qué recuerdos acuden a tu cabeza cuando suenan los acordes de Sunday bloody sunday? No hay ingeniería más perfecta que una buena canción, y U2 tiene el saco lleno de himnos generacionales.

Tras In a little while -con Bono cantando en el regazo de una chica del público y marcándose con ella un lento ceñido- sonó la demoledora Vertigo y, a partir de ahí, la apoteosis: One, Where the streets have no name, Ultraviolet, With or without you, Moment of surrender...

Acaso en un futuro remoto todos los conciertos sean así. Pero, hoy por hoy, sólo hay unos artistas en condiciones de brindarlo.

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