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Cultura

Últimas investigaciones a través de los periódicos en el siglo XIX

Las últimas investigaciones sobre el flamenco, a través de la prensa del XIX en todo el país, obligará a los flamencólogos a reescribir la historia de nuestro arte. La Agencia del Flamenco debería incentivar esta labor.

el 15 sep 2009 / 19:21 h.

Las últimas investigaciones sobre el flamenco, a través de la prensa del XIX en todo el país, obligará a los flamencólogos a reescribir la historia de nuestro arte. La Agencia del Flamenco debería incentivar esta labor.

Hace muchos años que investigadores andaluces vienen rebuscando noticias del flamenco en la prensa del país, desde los inicios de la creación de los periódicos. Molina Fajardo lo hizo ya en los años 60 y 70 del pasado siglo para escribir sus libros Manuel de Falla y el Cante Jondo y El flamenco en Granada, teoría de sus orígenes e historia. Después lo hicieron Blas Vega, Ortiz Nuevo, Eugenio Cobo, José Gelardo y otros muchos.

Es una lástima que Demófilo, cuando escribió su célebre Colección de cantes flamencos (1881), se documentara sólo a través de Juanelo de Jerez, que le metió una trolas increíbles. El mismo error cometió Ricardo Molina en Mundo y formas del cante flamenco, creyendo todo lo que le contó Mairena. Y como los flamencólogos siguen teniendo estas obras como referentes insustituíbles, la verdad es que no hemos avanzado mucho, aunque hay que premiar el trabajo de escritores citados y el de otros que, como José Luis Navarro, Antonio Barberán o Faustino Núñez, son merecedores de todos los elogios.

En esa labor andamos últimamente y estamos encontrando verdaderos tesoros en la prensa de fuera de Andalucía, donde, según los sabios doctores de la historia escrita de lo jondo, el flamenco lo llevó Silverio. Todavía no había nacido el maestro sevillano y ya había flamencos en los teatros de toda España. Esos cantaores gitanos que, como el Planeta o Manuel Molina, se negaron siempre a cantar delante de los gachés, según Mairena, Molina o Fernando el de Triana, cantaban en los teatros y en los cafés cuando Silverio jugaba aún a las bolas en la Alfalfa. Y lo hacían pidiendo jurdó, claro está.

Hace meses encontramos la muerte de Paquirri el de Cádiz en la cárcel de Madrid, el temido Saladero. Entró en ella acusado de un crimen que no cometió y salió metido en una caja de pino. Fue en 1862 y ya era una celebridad en la capital de España. Silverio llegaría cuatro años más tarde.

La Agencia del Flamenco debería incentivar esta labor, porque el desconocimiento sobre un arte lo empobrece. Y del flamenco se sabe demasiado poco.

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