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Un año de su marcha y aún vive

Enrique Morente dejó un espacio vacío en el universo flamenco que nadie tiene visos de ocupar.

el 14 dic 2011 / 08:48 h.

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Parece que fue ayer pero ya hace un año de la muerte de Enrique Morente Cotelo, el maestro contemporáneo del cante flamenco. Parece que fue ayer cuando regresábamos de Granada de darle el último adiós y ahogar con vino la inmensa pena de su marcha por las tabernas que solía frecuentar. Parece que fue ayer, ayer mismo, pero ya ha pasado un año de una pérdida que todavía nadie comprende, que nadie ha podido asimilar aún. Tendrán que pasar más años para que alcancemos a comprender por qué se fue de esa manera tan repentina, en lo que dura una cabal de Silverio, en un santiamén, el artista flamenco más grande del último medio siglo.

Discutido durante toda su carrera artística por muchos puristas de lo jondo, por los guardianes de la pureza, por los defensores a ultranza del clasicismo, cuando murió se echaron todos a llorar su muerte como si hubiera fallecido el cante mismo. España se hizo morentista de la noche a la mañana, como por arte de magia, sin duda conmovida por el adiós de una figura del cante que fue algo más que eso: Enrique fue una estrella de la música, de la buena música.Su carrera no fue un camino de rosas. Él lo achacaba siempre a su pinta de inglés, con aquella ironía suya tan particular y su sentido del humor tan fino.

En una ocasión, una seguidora le dijo que no parecía un cantaor andaluz y él le contestó que el motivo es porque era de Liverpool. Era granaíno, del Albaycín, donde nació el día 25 de diciembre del año de 1942. Los puristas suelen decir que para ser un buen cantaor hay que ser de Cádiz o de Sevilla. Y a Morente no le perdonaron nunca que fuera de Granada y que hubiera hecho su carrera en la capital de España. Luego se hizo chaconiano, cuando reinaba Antonio Mairena, y esto tampoco se lo perdonaron por aquí abajo. Cuando venía a cantar a Sevilla, los críticos de entonces, los de los sesenta, lo esperaban en la estación de trenes para darle un garrotazo en el pescuezo y animarlo a que se dedicara a otra cosa. "No hace el cante como es el cante", decían. Y el maestro se preguntaba: "pero, ¿cómo es el cante?".

Cansado de que le reprocharan que no cantaba como había que cantar, que desafinaba y que no cuadraba los tercios a compás, se armó de valor y decidió comenzar a hacer el cante al revés. "Y cantando al revés, aquí estoy", me dijo un día en Triana, en la desaparecida taberna de Joselito Lérida, orgulloso de que Sevilla le hubiera abierto su corazón y las puertas de los teatros.

Además de una escuela, como crearon genios como Chacón, la Niña de los Peines o Antonio Mairena, Enrique Morente representó una postura dentro del cante flamenco, una actitud de libertad. Camarón de la Isla me dijo un día en Suiza, que Enrique había influido en él no solo en el cante, sino en la manera de estar y presentarse ante el arte y la vida. "Cuando yo llegué a Madrid, Enrique ya marcaba estilo en la manera de vestirse, en el pelo, en lo moderno que era....", decía él, el genio gitano, al que llamaba el "cantante" cariñosamente.

Clásico y moderno, el maestro de Granada tuvo siempre muy claro lo que quería conseguir y lo consiguió contra viento y marea. Su obra discográfica es la más coherente de la de todos los de su generación. Supo aprender de los grandes maestros gitanos y no gitanos, y beber en las fuentes más puras del cante, como puede comprobarse oyendo sus primeros discos, en los que rescató del olvido, actualizándola, la rica escuela de Chacón. Mientras los demás se afanaban en reproducir constantemente a los clásicos del cante, Enrique se dedicó a abrir nuevos caminos para lo jondo poniéndose sinfónico cuando había que ponerse sinfónico, rockero cuando había que ponerse rockero o popero cuando había que ponerse popero. Y lo hizo creando músicas y renovando letras, dándole una nueva mano de barniz el coplero tradicional y llevando al cante a los grandes poetas españoles.
Parece que fue ayer pero ya hace un año de su adiós. El de un genio al que hoy nadie discute. No hay nada como morirse.

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