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Un apellido premonitorio

Desde la desaparición de Mari Luz y la detención de Santiago del Valle, la vida de de Rafael Márquez se ha convertido en un auténtico calvario. Este fallo le ha costado al juez su carrera profesional.

el 25 sep 2009 / 12:40 h.

Rafael Tirado Márquez

Hasta marzo, Rafael Tirado Márquez era un juez de carrera brillante, afable, amigo de la prensa que pasillea por la Audiencia. "Buena gente" según sus colaboradores, serio, sexto en una estirpe de notables juristas sevillanos. Hasta marzo. La desaparición de la niña Mari Luz en Huelva y la detención de Santiago del Valle, el hombre al que Tirado debió meter en la cárcel dos años antes, como su presunto asesino han hecho del juez uno de los hombres más denostados del país, ejemplo de la lentitud judicial, diana en la que disparar toda la munición.

"Los jueces tenemos que darnos cuenta de que aquí no hablamos de papeles ni de números, sino de vidas", decía en 2004 en declaraciones a El Correo. Era su momento de gloria, premiado por el Instituto Andaluz de la Mujer y la Asociación Derecho y Democracia por su lucha contra los malos tratos. Entonces no sabía lo que el destino le aguardaba. Hoy las entrevistas se le piden por la sanción que el CGPJ le ha impuesto por lentitud en la ejecución de una sentencia, la segunda mancha en su expediente tras la multa que pagó hace 13 años cuando, siendo juez en Lora del Río, tardó demasiado en pedir el examen médico de una niña a la que su padre había agredido. Era un hecho aislado en una carrera estable, solvente, que hoy es cuestionada por todos. Como decía en aquella misma entrevista, "a los españoles nos gusta mucho juzgar.

Y nos gusta sentenciar". Un diagnóstico que hoy se cumple en carne propia: muchos kilos perdidos, pastillas para evitar que suba la tensión y un desenfrenado enganche al tabaco son el resultado de meses de debate sobre su figura. De su papel de cabeza de turco, dicen unos (sus compañeros de las asociaciones de magistrados más importantes, para empezar). De su papel de juez descubierto en falta, dicen otros (la Fiscalía del Estado, el Gobierno, entre otros). Tan pesado es el dedo que le señala que hasta el Ministerio del Interior le recomendó que llevara escolta. Y le hizo caso.

Tirado nació en Córdoba en 1962, pero toda su vida ha transcurrido en Sevilla. Tiene cinco hijos, a los que ha dejado este año sin vacaciones porque, dice, "irse hubiera sido de cobardes", con la que está cayendo. Vive en Lora del Río, donde se casó con la hija de un médico. Los hábitos de este conservador reconocido (fue presidente en Andalucía de la Asociación Profesional de la Magistratura, la más cercana al PP) son frugales: un café en el bar de enfrente de casa con los amigos, un paseo por su playa-refugio en Rota.
Ha llevado la vida del hombre recto, joven talento que pasó por los juzgados de Barbate y Ceuta antes de recalar en Sevilla. Con 28 años se enfrentó a parte de la instrucción del caso Juan Guerra -un hito que le impulsó como promesa en su gremio-. Suya fue la sentencia del caso Bazar España, con el que se consolidó en los juzgados sevillanos. En medio, años de trabajo gris, salpicados con una condena menor por conducir superando el nivel de alcohol. Tenía 30 años. Después de eso, pasillos, juicios y premios. Hasta que su normalidad saltó por los aires. Dice el decano de los jueces, Jiménez Ballester, que es muy duro, que otros hubieran tomado una baja de inmediato. Dicen sus colaboradores que es un hombre íntegro que cuenta con su apoyo. Hoy sólo un recurso puede devolverle la luz perdida. Y parece difícil.

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