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Un ‘aurresku’ en la Sierra Norte

Una danza y un monolito recuerdan a 57 presos vascos fallecidos en 1937

el 21 nov 2009 / 19:56 h.

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Sólo el sonido del chistu rompió el silencio de la mañana en el cementerio de Alanís de la Sierra, un pueblo que se impregnó, por un día, del embrujo de los bosques de robles y hayas que inundan Euskadi. Una treintena de personas, la mayoría venidos del País Vasco, pisaron el camposan- to para dar el último adiós a 57 presos republicanos vascos, que perecieron en un accidente de tren en el apeadero de Alanís cuando iban rumbo a los campos de concentración de Sevilla, allá por noviembre de 1937.


Ya han transcurrido 72 años de aquello y, tras los infructuosos esfuerzos por encontrar los restos para devolverlos a su tierra natal, se optó por darles una simbólica sepultura en Alanís, que "ya es, sin lugar a dudas, un pedacito de Euskadi", como explicó la portavoz de las familias y sobrina de uno de los fallecidos, Maribel de Aranoa. "La fosa común sabíamos que estaba en el cementerio, pero nunca averiguamos el lugar exacto", dijo.
El homenaje tomó forma de sonidos y danzas con denomina- ción de origen. Un chistulari, Joserra Sola, cogió la flauta y el tamboril para marcar el compás al dantzari (bailarín) Igor Zabala para dar comienzo al aurresku de honor, una danza a modo de reverencia cargado de piruetas y en la que, en un momento del baile, se arroja la chapela al homenajeado. Pero esta vez la chapela no cayó sobre ninguna persona, sino sobre un monumento con una placa que recuerda a algunas de las víctimas del accidente ferroviario: Fidel Arribalzaga, Dionisio Antxia, Diógenes Iturralde y muchos otros.


El monolito no sólo se ciñó al homenaje a los fallecidos, sino que perpetuó el vínculo de Alanís de la Sierra con el País Vasco. Y lo hizo gracias a un símbolo plasmado en la piedra: una rama de olivo, propia de Andalucía, y otra de roble se entrelazan para que nazca una flor blanca "que muestre la hermandad de dos pueblos", aclaró Mikel Campos, autor de la obra.


Atento a cada una de sus palabras estaban los familiares, en especial los hijos de Agustín Aldaregía, Imanol y Miren, que leyeron un poema en euskera "en amor a los difuntos". Imanol se presentó al cementerio 40 años después de la primera vez que fue con su madre, su tío y su hermana, en busca de explicaciones sobre el accidente y para hacerle un funeral a su difunto padre. "La gente ni sabía ni quería hablar de lo ocurrido", recuerda de aquel viaje de 1969, que realizó al poco de ser nombrado cura.


El recuerdo de su padre son sólo imágenes borrosas en su mente, ya que lo perdió con tan sólo tres años de edad. Una sensación similar inspiraba José Miguel Ganzedo, que reside actualmente en Alava y que con cinco años se tuvo que enterar que su tío, Baldomero Gorbea, había perdido la vida en un accidente. Más allá de la fatalidad del desastre, no se puede quitar de la cabeza los horrores de la Guerra Civil y que en esos años "no se pudiera vivir entre hermanos", como ocurrió ayer.


Sobrinos e hijos poblaron el camposanto, no de lágrimas ni lamentos, sino con el cariño y el alivio de haber podido despedir a sus seres queridos. Y, para no olvidar este día, se llevaron un pequeño trozo de la tela que cubría el monolito, estampado con el símbolo que une a dos tierras tan distintas y tan iguales: el olivo, el roble y la flor blanca.
El homenaje no concluyó en el cementerio. A la tarde, se celebró una conferencia a cargo de José Luis Gutiérrez, del proyecto Todos (...) los nombres; y la proyección del documental El largo viaje, donde se da vida a la historia de estos presos y en la que aparece el único superviviente de la tragedia que, con 95 años, vivió el homenaje desde Bilbao.

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