Cultura

Un buen encierro de Macandro deja en evidencia a los novilleros

El interés de la tarde recaía en la repetición del novillero cordobés Ignacio González que había derrochado entrega, también muchas carencias, en su debut maestrante del pasado día catorce. Y al final sólo se hablaba de las grandes posibilidades de la novillada de Macandro, globalmente mansa y abanta, muy en Núñez, pero de excelente condición en el último tercio

el 16 sep 2009 / 04:37 h.

El interés de la tarde recaía en la repetición del novillero cordobés Ignacio González que había derrochado entrega, también muchas carencias, en su debut maestrante del pasado día catorce. Y al final sólo se hablaba de las grandes posibilidades de la novillada de Macandro, globalmente mansa y abanta, muy en Núñez, pero de excelente condición en el último tercio

Y el caso es que González volvió a mostrar que se queda quieto, que busca toro en todas partes pero que no llega a resolver la papeleta. Su primero, manso y abanto de salida como todo el encierro, embestía con importancia pero amagando con rajarse.

Sinceramente resuelto a triunfar, a Ignacio González sí le faltó dominarlo por abajo y saber templarlo. En ese caso, además de su bien vendida entrega, habría surgido el toreo.

Le quedaba el quinto, tan noble como sus hermanos, y con el que confirmó lo que veníamos diciendo hace una semana: que es todo ganas pero no resuelve. A la faena le faltó hilo y estructura aunque tuvo su cima en una serie diestra bien construída, ligada y maciza que no tuvo continuidad. Eso sí, el toro se había empleado en varas y acusó el castigo, aplomándose progresivamente. Sea como sea, a González le quedan cosas por mejorar.

Sandra Moscoso tampoco fue capaz de acoplarse con el primero de la tarde. Pronto en la muleta, algo brutín en los embroques, quedó inédito por la falta de seguridad y compromiso de la novillera, que tiró de oficio para instrumentar una faena falta de ajuste que sólo se templo en un puñadito de naturales.

Había que cruzarse y a la torera le costaba mucho y así se demostró con el nobilísimo cuarto, en el que mezcló dudas y tiempos muertos con un puñado de muletazos aceptables que no lograron apurar la calidad del novillo. Con el sexto, noble y algo soso, volvió a moverse en la periferia naufragando con los aceros. Vista.

A Juan Mari Rodríguez, un muchacho talludito de llamativa gestualidad le faltó el aplomo necesario para domeñar la vibrante, honda y entregada embestida del segundo de la tarde, que regalaba cortijos por el pitón izquierdo. Su insolvencia con la espada le acabó costando una fea cogida. ¿Le merecía la pena sufrir una desgracia sin verdadera aptitud para ser torero? Urge tomar medidas en el asunto.

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