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Un Cristo y una cuadrilla que causan admiración

el 31 mar 2010 / 22:13 h.

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Plaza del Cristo de Burgos. Siete y media de la tarde. El Sol comienza a caer para regalar sus últimos y suaves rayos de luz al Crucificado de la plaza de San Pedro, que merece eso y mucho más. Nada de cosas bruscas. El público espera con calma, como corresponde a una hermandad de negro, que ni es ni de barrio ni de centro sino todo lo contrario: de la plaza del Cristo de Burgos. Y el famoso pajarito del azulejo de la fachada de la parroquia que guarda las llaves del cielo sirvió también de entretenimiento. Unos se casarán, y otros no. Al menos eso dice la leyenda

El cerrojazo para abrir la puerta puso en guardia al público, que pidió silencio. Resulta a veces extraño ver a una cofradía de cola y de negro salir de su templo con luz natural, pero los horarios mandan en la Carrera oficial y es lo que hay. Ya sólo había ojos para mirar el cortejo de la cofradía, en el que participó el alcalde de Burgos, Juan Carlos Aparicio. Minutos después, la plaza enmudeció completamente para ver la salida del Cristo que con la barbilla clavada en el pecho, volvió a poner los sentimientos a flor de piel a los presentes. También aportó su granito de arena, o más bien montaña, la cuadrilla y el capataz, el omnipresente Antonio Santiago. Con el único acompañamiento musical de una capilla de viento, el movimiento de los costaleros cuerpo a tierra hizo que se visualizara a la perfección el tremendo esfuerzo que deben hacer los hombre de abajo para poner el paso en la calle. Aunque esta vez no hubo grandes ovaciones, las miradas de los cofrades reflejaban satisfacción y agradecimiento por el trabajo bien hecho y la bella estampa regalada. Menos un grupo de señoras que, entraditas en años, únicamente se deleitaron con los paquetes de pipas que gastaron durante la salida de la cofradía. Lógicamente, mejor no definir cómo quedó el suelo.

La tarde continuaba cayendo y llegó la hora de Madre de Dios de la Palma. Eso sí que es un palio sevillano. "Siempre de frente valiente, siempre de frente valiente", repetía Santiago una y otra vez a su cuadrilla que, con las dos rodillas en tierra, hizo un esfuerzo sobrehumano que tuvo que ser con el esfuerzo extra de los compañeros de relevo. Casi milimétricamente, las parejas de varales atravesaban pasito a pasito el dintel sin rozar la piedra de la puerta de la parroquia para poner los cuatro zancos en la calle. Santiago apenas tenía ya voz. Pero lo había conseguido y era el momento de que comenzará a tocar la banda de Tejera...

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