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Un derroche de moderación

el 06 nov 2011 / 07:35 h.

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Manuel Campo Vidal tiene garantizada la mayoría absoluta y en eso en este país, a no ser que te llames Marino Rajoy, no está al alcance de cualquiera. Lo suyo además tiene especial mérito, porque esa mayoría la va a firmar en algo tan difícil en España como es un debate televisado entre los dos principales candidatos a La Moncloa, porque lo que es normal en medio mundo aquí es una rareza: Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba protagonizan el quinto cara a cara de nuestra democracia con las cámaras por medio, el quinto en diez elecciones generales, que ya nos vale.
Y es aquí donde aparece nuestro protagonista, un Campo Vidal que ejerce de moderador por tercera vez, así que ha sido el árbitro en el 60% de los casos, una holgada ventaja de tres quintos. Lo dicho, mayoría absoluta.

No va a ser aquí donde se le nieguen sus dotes profesionales a este periodista que además es doctor en Sociología, ni mucho menos, pero sí es verdad que su frenesí moderador obedece más a que en este bendito país no somos capaces de conseguir que los candidatos a la Presidencia debatan en la televisión pública, manda narices. Así que se puede decir que Manuel Campo Vidal ha estado siempre en el sitio y en el momento justos: en 1993 ya había dejado TVE por Antena 3, y como los Felipe González-José María Aznar se emitieron en las privadas (su segundo cara a cara fue en Telecinco), pues allá que estaba él, por entonces flamante presentador del informativo diario. Tuvimos que esperar hasta 2008 para que nuestros próceres tuvieran a bien darse otra vez mamporros en formato catódico, pero por entonces ya no nos valían ni las privadas. ¿Solución? Lo montó la neutralísima (y por lo demás ignota) Academia de Televisión y se sirvió la señal a todos los canales, y allá que estaba él como no menos flamante presidente de este organismo. Como las condiciones no han cambiado un pelo (los partidos no se fían de ningún canal porque ven partidismo por todos lados, estamos rodeados), pues de nuevo se ha encargado de la tarea la Academia y mañana Campo Vidal otra vez vuelve a dirimir el combate.

Esto último no deja de ser un eufemismo, porque nuestros debates electorales son de juguete, cada candidato llega y suelta lo suyo casi sin interactuar con su oponente, así que al final el moderador acaba ejerciendo más de guardia de tráfico, dándole el turno a cada cual y recordándole que se le acaba el tiempo. Todavía tenemos que ver en España que un político se cabrea con el árbitro porque realmente se moje, reproche, corte e intervenga, pero eso no va a ocurrir mañana ni el protagonista de la noticia será Campo Vidal, con fama más bien de ñoño pero con más tablas que un galeón de los que hacían la Carrera de Indias. Su estilo gusta, y ahí están los datos para demostrarlo: mayoría de tres quintos.

Y cuando no modera, ¿a qué se dedica nuestro hombre, al que ya no vemos en la tele como antaño? Pues ha movido programas por varias cadenas (Generación XXI, el fallido Los anuncios de tu vida) y tiene su propia productora, pero sobre todo se ha centrado en enseñar a sobrevivir a profesionales (altos directivos, empresarios, políticos...) en las procelosas aguas de la comunicación, mostrándoles cómo vender la moto de turno con la mejor de las sonrisas. Sus charlas son muy al estilo americano, con un ropaje modernillo, y tiene más razón que un santo: no sabemos comunicar. Los españoles, dice, somos los reyes del power point cutresillo que terminamos de hacer la noche antes de la presentación y que al final, claro, no funciona. Un drama.

Bueno, pues éste es nuestro protagonista. Una cosa es segura: Se rompe el empate en sus debates, porque el primero lo ganó el PP (con José María Aznar, un sorpresón) y el segundo el PSOE con un Zapatero que pudo con Rajoy. Eso sí, para la historia quedará el final de aquel choque, con el líder del PP sacándose de la manga aquello de una chiquilla que simbolizaba a España, la famosa niña de Rajoy. Aquello fue antológico. Eso ocurre, en estos tiempos de Twitter, y Rajoy es trending topic toda la campaña. Fijo.

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