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Un descenso con muchas firmas

No es difícil seleccionar a los principales responsables del desastre: el consejo, con José Antonio Bosch a la cabeza; el director deportivo, los tres entrenadores y, por supuesto, una plantilla incapaz.

el 27 abr 2014 / 21:42 h.

José Antonio Bosch, Miguel Guillén y Manuel Domínguez Platas, en una junta de accionistas / Kiko Hurtado José Antonio Bosch, Miguel Guillén y Manuel Domínguez Platas, en una junta de accionistas / Kiko Hurtado La certeza de que el Betis iba a bajar a Segunda ya es matemática y el club verdiblanco debe prepararse de inmediato para afrontar su temporada número 28 en la categoría de plata. La tarea se presume ardua, sobre todo si se tiene en cuenta que buena parte de los responsables del fracaso continúan al frente de las gestiones deportivas. Otros ya no están, pero no por ello se van a librar de la crítica pública porque su responsabilidad es grande, muy grande. El undécimo descenso del Betis a Segunda lleva muchas firmas detrás. ALAYA, BOSCH Y EL CONSEJO DE ADMINISTRACIÓN. Los que mandan son los primeros culpables, eso es así desde siempre. Por orden de la jueza Mercedes Alaya, que ha alargado la judicialización del club hasta unos extremos insostenibles y nocivos, quien más mandaba en el Betis en el verano de 2013 era José Antonio Bosch. El administrador llegó sin saber nada de fútbol, pero se adaptó de tal manera que acabó traspasando la línea, asumió todo el poder e influyó más de lo saludable en la política deportiva. Que el Betis estaba obligado a mirar cada euro que invertía es evidente. Que Bosch se equivocó forzando la austeridad al máximo, también. Reconstruir una plantilla de la que habían salido tantísimos futbolistas fundamentales exigía un desembolso compensatorio, sin olvidar que algunos traspasos (Beñat) proporcionaron ingresos extraordinarios que ayudaban a hacer más llevadero el concurso. El abogado, sin embargo, impuso unos límites que han degenerado en un plantel incapaz de ganar más de cinco partidos en toda la Liga. Tan culpable como Bosch, aunque la jerarquía es la jerarquía, es el resto del consejo presidido por Miguel Guillén. La excusa recurrente es que todos tenían las manos atadas por el poder que confería al administrador el 51,34% de las acciones, pero tal argumento quedó claramente invalidado cuando los directivos, al fin, hicieron frente al abogado y lo forzaron a abandonar el cargo. Ocurrió a principios de 2014, demasiado tarde ya. Una vez liberados, Guillén y compañía ficharon a Adán, se gastaron una millonada en Baptistao y pagaron algo menos, pero pagaron, por N’Diaye. En ese momento también quedó demostrado que el rigor económico se había llevado a unos extremos irracionales en verano. VLADA STOSIC. El director deportivo tenía la difícil misión de remodelar el plantel tras la marcha de Adrián, Mario, Beñat, Cañas, Campbell, Pabón, Pozuelo... y no atinó con los recambios. Fracasó con los porteros, Steinhöfer, Jordi y Braian Rodríguez, entre otros, y se empeñó en no fichar otro delantero cuando en verano ya era público y notorio que Rubén Castro estaría varios meses de baja. En el haber del balcánico, el acierto con Lolo Reyes y una buena gestión al traer a Verdú. Su fracaso es culpa del jugador. Vlada Stosic y Pepe Mel, en plena charla / Íñigo Hidalgo Vlada Stosic y Pepe Mel, en plena charla / Íñigo Hidalgo PEPE MEL. El gran artífice del Betis del ascenso, la permanencia y la clasificación para Europa puso también las primeras láminas de asfalto de esta carretera hacia el descenso. Podrá decir con razón que se opuso a algunos de los fichajes perpetrados (véase Braian) y que propuso hombres de mucha más enjundia, pero en este caso se le puede aplicar la misma pega que puede ponerse al consejo y a Stosic al acatar los mandatos de Bosch: debió rebelarse de verdad. Fuera de los despachos, en el césped, no logró el mínimo exigible para sobrevivir en Primera: 10 puntos en 15 jornadas. Dejó al equipo ya último, aunque a tres puntos de la salvación. Pese a todo, es opinión generalizada entre los béticos que era el único capaz de resucitar al muerto. JUAN CARLOS GARRIDO. El relevo de Mel acabó de hundir el barco. En las cinco jornadas que duró, el Betis perdió cuatro partidos, dos de ellos clave (ante Almería y Osasuna en casa). Apenas obtuvo un punto y el equipo pasó a estar a ocho del cuarto por la cola. El valenciano no conectó con la plantilla y menos con la grada, que pagó con él su disconformidad con el consejo y su decisión de despedir a Mel. GABRIEL HUMBERTO CALDERÓN. Se marchó Garrido y el Betis apostó por Gabriel Humberto Calderón. Mejoró el Betis como bloque, firmó un promedio de puntos mayor que el de sus predecesores y por tanto habría que darle cierto mérito, pero el listón en ambos aspectos estaba tan bajo que era imposible no subirlo. Ala hora de la verdad, el Betis está cinco puntos más lejos de la permanencia que cuando fue destituido Garrido y tampoco se le recuerdan grandísimos partidos a su Betis. Tras la ilusión llegó la decepción y ahora falta saber qué será de él la próxima temporada. Su continuidad se antoja casi inviable. Varios jugadores del Betis, en uno de los primeros entrenamientos de la campaña. Varios jugadores del Betis, en uno de los primeros entrenamientos de la campaña. Y CÓMO NO, LOS JUGADORES. Tampoco hay que darle muchas vueltas porque la obviedad es apabullante: los responsables más directos de todo lo que ocurra en un campo de fútbol son los jugadores. En una plantilla tan mal confeccionada como la del Betis, quienes no tienen el nivel no lo pueden ocultar y hacen poco menos que el ridículo y quienes sí lo tienen rinden tan mal que parecen otros futbolistas. Verdú es el paradigma, pero lo mismo podría decirse de dos de los grandes referentes de este Betis, Rubén Castro (tras superar sus problemas físicos) y Amaya. El rendimiento general ha sido tan lamentable que se hace imposible pensar en el ascenso sin que haya una revolución en el plantel.

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