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Un Desperdicios del siglo XXI

La recuperación de su gravísima cornada ha sido un ejercicio de auténtica superación.

el 11 mar 2012 / 15:58 h.

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Las primeras noticias eran confusas. Se temía por su vida y era pronto para valorar las secuelas de las gravísimas heridas sufridas en el ruedo de Zaragoza en la última tarde de su particular temporada. Las televisiones y las webs mostraron muy pronto las imágenes del horror: el pitón del toro de Ana Romero le había atravesado el cráneo sacándole el ojo izquierdo de su órbita. Estaba vivo de puro milagro y todo el toreo se convirtió en un grito. Los móviles echaban humo. ¿Podría volver a torear? ¿Llevaría una vida normal después de ese terrible percance? En muy pocos días, el diestro de Jerez iba a oficiar el primer capítulo de su sorprendente y heroica recuperación compareciendo ante los medios sin complejos ni tapujos. Recibía el alta en la clínica maña y ya anunciaba que volvería a torear sin que en ese momento nadie pudiera apostar una peseta por el difícil empeño. Con o sin la parafernalia montada en Twitter, más allá de las miles de muestras de ánimo recibidas desde todos los rincones del planeta de los toros, sólo él y sus más íntimos sabían a ciencia cierta que lo iba a conseguir.

Cinco meses después se enfundaba un extraño vestido de torear en la feria de Olivenza. Quería simbolizar la esperanza en el verde de su seda; la victoria en los laureles de su inusual bordado. Antes de que saliera el primer toro ya había triunfado. Era una nueva medalla ganada por este trabajador del toreo que ha refrescado la imagen del hombre de luces como héroe popular. El parche negro que ahora oculta el ojo lesionado se ha unido a la particular puesta en escena del jerezano; refuerza el aire bronco y decimonónico que Padilla ha buscado cultivar con otros vestidos y otras interpretaciones del singular atavío de los coletudos. Sin pretenderlo, la nueva figura de Padilla nos lleva a ese Manuel Domínguez Desperdicios que se arrancó el ojo herido por un toro de Concha y Sierra en la plaza de El Puerto, doblando el siglo XIX: para torear no hacen falta desperdicios, decía, mientras se encaminaba al cuarto de curas después de dar muerte a su toro.

El Ciclón de Jerez, renacido de sus propias cenizas, reencarna esa figura de torero de base, de ídolo de las masas que no entienden ni quieren saber nada de artes ni ciencias; que interpretan el diálogo con el toro bravo como una lucha desnuda para reconocer al lidiador como uno de los suyos. La cornada de Zaragoza, como una ronda trágica, venía a completar una dolorosa trinidad de dolores que ya estuvieron a punto de quitarle de en medio en otras plazas: en la memoria aleteó el recuerdo de aquel tremendo toro de Miura que le volteó en la puerta de chiqueros de la plaza de la Maestranza o las cornadas en el cuello sufridas en Pamplona y San Sebastián hace una década larga, cuando el Ciclón giraba con toda su fuerza. Fueron percances que acrecentaron su leyenda menuda, que reforzaron el aire huracanado que acompañaba cada uno de sus paseíllos.

Pero el último accidente era un ser o no ser. Implicaba volver a empezar tirando de lo que siempre fue el mejor tesoro torero del torero de Jerez: la raza y el amor propio; el amor inmenso a su profesión. A finales de noviembre, dispuesto a todo se ponía en manos de los mejores. Sabía los riesgos que corría pero no quería conformarse con una jubilación anticipada en las playas de Sanlúcar. Padilla afrontaba una compleja y larga intervención dirigida por el doctor García Perla que abría nuevas puertas a la recuperación de la expresión y la sensibilidad de su rostro y de paso, a la resurrección de un torero que no estaba dispuesto a cerrar su carrera entre las patas de ese toro de Ana Romero que le alcanzó en Zaragoza. A esas alturas ya se daba por perdida definitivamente la visión del ojo izquierdo pero no importaba. Con un solo ojo se podía torear. Más allá de la gestualidad, la declaración de intenciones de Juan José Padilla encerraba una certeza: volvería a enfundarse el traje de luces fuera como fuese; volvería a vestir ese vestido que le había dado todo en la vida. Se lo debía a su gente, a los suyos pero sobre todo, se lo debía a sí mismo.

Paradójicamente, el brutal percance ha redimido sus últimos coletazos en los ruedos abriéndole de par en par unos carteles que, en otras circunstancias, nunca le habrían hecho un hueco en una carrera cimentada a base de golpes y heroicidades. A nadie le amarga un dulce aunque la bravura de Padilla seguirá brillando más y mejor con los toros duros que reforzaron esa leyenda que se desbordó en la arena de Zaragoza. Muchos de los que antes se metían con sus gestos, sus trajes, sus gritos y sus saltos han cambiado las lanzas por cañas y todos, absolutamente todos, se han rendido ante la lección de superación personal que le ha permitido volver a la palestra del toreo. Lo que pase a partir de ahora dependerá de la suerte y de los toros que le quepan en suerte; también de las virtudes y defectos que han jalonado su honesta trayectoria. Pero ésa ya no es su victoria. La auténtica la firmó el otro día en Olivenza y la vistió de seda verde.

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