Cultura

Un discreto adiós a Bernarda

Bernarda de Utrera fue enterrada ayer en su localidad natal con la asistencia de pocos artistas del mundo del flamenco.

el 29 oct 2009 / 19:50 h.

Utrera amaneció ayer con un color grisáceo que le confería aspecto de pueblo castellano. Los pájaros apenas cantaban y los lugareños iban por las calles como sonámbulos. Son demasiadas muertes ya en la gran familia flamenca del pueblo donde descansan los huesos de La Sarneta. En poco tiempo se han ido artistas que han hecho de Utrera una bandera flamenca, como son Perrate, Fernanda, Bambino, Turronero, Gaspar y Pepa, por citar sólo a los más conocidos, aunque Utrera siente el mismo dolor cuando se va un simple aficionado a lo jondo, que cuando falta una figura, porque con ellos se marcha siempre un trozo del alma de este bello pueblo de la Campiña.

Ahora se ha ido Bernarda y un cachito de Utrera se ha echado a la calle para darle el últimos adiós a la cantaora que nunca quiso irse de su pueblo, como su hermana Fernanda, por no perder el sabor que dan sus calles, sus tabernas, sus fiestas populares, su sol y sus mostachones.

Cuando a Tomás Pavón le dijo Canalejas que se fuera de gira con él y que abandonara la Alameda, dijo el genio: "Yo me quedo aquí, pero a compás".

Bernarda salió mucho de Utrera para trabajar en tablaos y cantar en grandes festivales, pero siempre miraba hacia atrás para no perder de vista a Utrera.

No sé si es cierta la anécdota o es producto de la fantasía popular. Cuando acudió con su hermana a Nueva York subió a un rascacielos y le preguntó a Fernanda: "¿Por dónde caerá Utrera, hermana?". Por eso no extraña que ayer no cantaran los jilgueros en la calle Nueva y que los utreranos tuvieran posado en la cara el pájaro negro de la tristeza.

Fue un adiós discreto, sin apenas presencia de artistas y con escasa representación de la Cultura andaluza. Estuvo en la iglesia Rosa Torres, consejera de Cultura, demostrando una vez más que es una mujer comprometida absolutamente con el flamenco. También acudieron Francisco Perujo, director de la Agencia Andaluza para el Desarrollo del Flamenco, y Bernardo Bueno, delegado de Cultura de la Junta de Andalucía en Sevilla.

Entre la exigua representación del mundo artístico pudimos ver a Curro Fernández y a su esposa, la cantaora lebrijana Pepa Vargas; la gran artista Gracia Montes, admiradora de Bernarda y gran amiga de toda la familia; los cantaores El Cuchara, El Polaco, El Marquesito, el Chato de Utrera y Guillermo Manzano; el gran Paco del Gastor, guitarrista de Bernarda durante años; el presidente de la Federación de Peñas Flamencas de Sevilla, José María Segovia Salvador, y pocos más, al menos que viéramos, y estuvimos algunas horas entre la capilla ardiente y la Parroquia de Santiago.

Pepa Vargas, la esposa de Curro Fernández, se lamentaba del escaso número de artistas. "Es una vergüenza, porque Bernarda ha sido muy grande", dijo muy dolida. "¿Qué está pasando en el flamenco, Dios mío?", se preguntaba la cantaora. Algo estará pasando, porque al entierro de Gaspar de Utrera fue mucha menos gente que al de Bernarda.

Esperanza Fernández había estado por la mañana. Su abuelo, el famoso Quintín de Lebrija, era gran amigo de la familia de Bernarda y de ella misma. Por eso estaban muchos miembros de esta familia flamenca.

Poco importa que fuera más o menos gente. Bernarda descansa ya en el cementerio de su pueblo natal y ha pasado a engrosar la larga lista de artistas inmortales. Pasarán siglos y no se olvidará cómo cantaba esta bulería:

¡Callarse por un momento!
Ya se acabó el cante grande.
Ha muerto Antonio Mairena,
que cantaba como nadie.
Gracias por todo, Bernarda. Recuerdos a Fernanda.

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