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Un engranaje que funciona como un reloj

Casi un centenar de personas y un montaje que necesita 20 camiones para su transporte funciona a base de orden, disciplina y profesionalidad en El Circo del Sol.

el 18 dic 2013 / 23:30 h.

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Foto: J.M. Paisano (ATESE) Foto: J.M. Paisano (ATESE) Es difícil saber quién está más concentrado en el backstage del Circo del Sol, si los acróbatas que calientan y ensayan sus números con cuerdas suspendidas o la encargada de pintar –a mano y con pinceles– los zapatos que lucen los 45 artistas que pasan por el escenario en cada función. Recorriendo las entrañas del Pabellón de San Pablo, donde conviven las máquinas de coser con pesas y bicicletas estáticas, resulta increíble saber que todo lo que mueve esta compañía se haya montado desde el lunes y quede desmontado apenas tres horas después de que acabe la última sesión del domingo. El equipo de esta versión de Quidam para recintos cerrados está formado por 95 personas (45 de ellos acróbatas, cantantes y músicos) de 25 nacionalidades y necesita veinte camiones para moverse de ciudad en ciudad. Profesionalidad, experiencia, orden y disciplina son las claves. La profesionalidad y la experiencia la dan los casi 30 años que atesora a sus espaldas El Circo del Sol, que actualmente tiene decenas de espectáculos a la vez rodando por el mundo, amén de shows permanentes como los siete establecidos en Las Vegas. Para comprender la importancia del orden, basta echar un vistazo a las estanterías llenas de pelucas y los armarios con los accesorios ordenados por tallas y los trajes señalados con el nombre de cada artista (en Quidam cada uno se cambia entre dos y siete veces de vestuario). A la hora de recoger, los baúles y cajas están perfectamente identificados –sombreros de mujer, zapatillas...– para meter cada cosa en su sitio en cuestión de horas y cargarlos en los camiones. Y la disciplina resulta inherente a los acróbatas, entre los cuales siempre hay deportistas de elite, como ocurre en este caso con una gimnasta australiana que ha participado en tres Juegos Olímpicos o el campeón japonés de skipping con cuerda (el tradicional juego de la comba convertido en disciplina deportiva). Aunque también los hay que empezaron como meros cantantes y bailarines, como Mark Ward (el divertido maestro de ceremonias John en este montaje) –uno de los más veteranos pues lleva 20 años en la compañía, 15 de ellos con Quidam– y aprendió en ella contorsionismo. La propia Alexandra González, la niña Zoe protagonista de Quidam desde hace cuatro años, es cantante pero de la mano de sus compañeros empieza a hacer sus pinitos acrobáticos “porque empecé preguntándoles cómo lo hacían y me dijeron que si quería aprender”, aunque de momento solo detrás del escenario, explica esta joven mejicana con sangre italiana de 25 años seleccionada para el papel entre 200 candidatas. Forjada en musicales y teatro, destaca la dificultad que entraña en este tipo de espectáculos “que te expresas con el cuerpo porque no hablo” al margen de las canciones. “En El Circo del Sol sin cada pieza no funcionaría el todo”, destaca Rafael Munhoz, acróbata brasileño que participa en el número de cuerdas lisas (spanish web) aunque también interpreta el personaje de Boum-Boum. Munhoz estudió en la Escuela Nacional de Circo de Río de Janeiro y trabajaba como artista callejero –baraja volver a ello– cuando fichó hace cuatro años por El Circo del Sol, una compañía fundada precisamente por un grupo de artistas callejeros canadienses en Quebec. Forma equipo entre otros con su compatriota Grace Demoura, que tras diez años en la compañía capitanea el equipo de este número de cuerdas donde la clave, explican, está en la fuerza de los brazos y la concentración “porque si pasas la cuerda por donde no es puedes ahogarte o caer”. Demoura es gimnasta desde pequeña, trabaja en el circo desde los 8 años y reconoce que “la gran diferencia del Circo del Sol es que tenemos todos los medios para trabajar, fisios, aparatos para entrenar, toda una estructura”. La compañía pernocta en hoteles y come, por turnos, de un cátering local con un menú supervisado por nutricionistas en la central. Todo está cuidado. En el improvisado gimnasio hay estufas repartidas por todos lados porque “a veces hay recintos muy fríos, por ejemplo, cuando actuamos en campos de hockey sobre hielo”, cuenta Mark. En los números acrobáticos es fundamental la confianza con el compañero, ya que en muchos momentos unos sostienen a otros y se cogen suspendidos en telas o formando figuras con sus cuerpos. Pero igual de importante es la confianza en el trabajo de los fisioterapeutas para poner en forma sus músculos y evitar lesiones o de las costureras que, aguja e hilo en mano –hay cientos de metros de bobinas de todos los colores y grosores imaginables–, son capaces de arreglar en segundos cualquier descosido en directo, como le ocurrió hace unos años al propio Mark en sus pantalones. No es raro, dice. Cada personaje tiene entre dos y siete cambios de vestuario y los trajes –todos teñidos a mano– se lavan diariamente. Los artistas se maquillan solos porque algunos como Mark tardan dos horas. Eso sí, cuentan con una chuleta fotográfica, parte por parte de la cara, y los responsables de maquillaje, a los que Mark llama cariñosamente “policías”, supervisan el resultado y hacen los retoques pertinentes. En definitiva, todo un engranaje que funciona como un reloj y vive como una familia.

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