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Un fantasma en la Feria

Quienes vayan hoy a las casetas en pos de emociones fuertes, que se pasen por Sánchez Mejías. Quizá encuentren una.

el 22 abr 2010 / 19:18 h.

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"Que yo sepa, no ha vuelto a aparecerse desde entonces", comentaba anoche el escritor sevillano, investigador de misterios y amigo de estas páginas José Manuel García Bautista. Los hechos, según cuenta, sucedieron hace ahora veinte años en una caseta de la calle Ignacio Sánchez Mejías, que es una de las que están pegadas al Mercantil. Se los relató un compañero de trabajo (cuyo nombre, como los demás de esta historia, no se van a citar) que aquel 1990 había servido en dicha caseta como guarda. Un trabajo por lo común ingrato pero que, en aquella ocasión concreta, desde luego no estuvo pagado.

Una de las primeras noches de aquella Feria, con la madrugada alta y el lugar ya vacío, al rato de haber cerrado este vigilante las lonas de la entrada, vio que avanzaba caseta adentro, con extrema familiaridad y una decisión a prueba de preguntas, un señor extrañamente ataviado de corto (porque no eran horas de ir a caballo) y un clavel colorado en la solapa. Llegó a la barra, se sirvió un fino (y no una manzanilla, que era lo que estaba ya de moda), se lo tomó y se marchó. Dando por supuesto que sería un socio con un ataque de trasnoche, el guarda se calló la boca y pasaron 24 horas, durante las cuales lo único extraño que a éste se le pasó por la mente era cómo había podido entrar el caballero, si las cortinas estaban amarradas. Pero bueno, no tratándose tampoco aquello de una caja acorazada sino de un toldo, no era para perder el sueño.

Cuando lo perdió fue al día siguiente, en que, justo a la misma hora y sin que se le viese la forma de entrar, apareció de nuevo el señor de corto a por su fino. E igual sucedió una tercera noche, en que por fin se armó de valor el vigilante preguntándole quién era y qué hacía allí. Tras ignorarlo unos segundos, el hombre del sombrero de ala ancha se encaró con el guarda, le dio su nombre, se presentó como socio fundador de la caseta y le explicó que se tomaba un fino porque le apetecía. Tras lo cual, se marchó dejando a su interlocutor con un palmo de narices, pero conforme.

Al día siguiente, tras un rosario de comentarios, la historia llegó a oídos del dueño de la caseta. Al referirle el vigilante los detalles, el aspecto y el nombre del sujeto que se bebía el fino casi al alba, aquél se quedó blanco, sacó de la cartera una foto, se la mostró para que identificara al pertinaz flamenco y le explicó que aquel hombre, efectivamente, tenía todo el derecho a estar en esa caseta... si viviera, ya que había muerto cuatro años atrás, precisamente de regreso de la Feria. Esa noche, apostados ambos a la espera del fantasma. éste no apareció. Sólo descubrieron, ya al alba, una copa de fino y un clavel sobre la barra. "Que yo sepa, no ha vuelto a aparecer", repite García Bautista. "Pero quién sabe."

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