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Un incorregible verso suelto

En el socialismo sevillano, el nombre de Emilio Carrillo vendría asociado a una figura elegante, casi erudita, que siempre ha ocupado el puesto del gran candidato pero que, hasta el momento, no lo llegó a ocupar.

el 24 sep 2009 / 12:39 h.

Emilio Carrillo
En un hipotético y a veces esperpéntico libro que resumiera las hazañas del socialismo sevillano -a veces tan misteriosas y esotéricas como algunas de las obras escritas por el protagonista de este breve relato, uno de ellos titulado Los Códigos Ocultos- el nombre de Emilio Carrillo vendría asociado a una figura elegante, casi erudita, con don de palabra, con una imagen cuidada, completamente impredecible, con un cierto afán de protagonismo; y, sobre todo, con una enorme capacidad para crear adeptos que acaban convirtiéndose en enemigos y para lograr que los adversarios se transformen en sus principales valedores. Ese irreal manuscrito del PSOE tendría un capítulo reservado a Carrillo como la eterna promesa de... El gran candidato a ser secretario provincial, presidente de la Diputación, alto cargo de una consejería, alto cargo de un ministerio o alcalde, que nunca -hasta ahora- llegó a esa meta.

El problema es identificar a los autores de estas predicciones, a los jugadores que realizaron estas apuestas sobre el futuro de Carrillo, y localizar en este imaginario libro los fragmentos dedicados a este político sevillano cuyo nombre salta de página en página, de párrafo en párrafo, con la misma rapidez con la que cambió de bando en el último congreso provincial socialista. Porque Emilio es el mismo economista de tono meloso y conciliador que se hizo célebre entre muchos jóvenes militantes del partido por sus osadas declaraciones en órganos internos pidiendo una renovación en las direcciones estatal de Felipe González y regional de Manuel Chaves; y el mismo que ahora pertenece a la Ejecutiva Regional. Es el mismo técnico de la Administración del Estado con unas gruesas y redondeadas gafas que se ha enfrentado a más de un dirigente, como es el caso de Francisco Toscano, en procesos previos a los congresos, y el mismo que fue recordado como el líder de la lista del 3% (en referencia al número de apoyos que obtuvo en el congreso). Es el mismo dirigente que acude a un acto público con guayabera e incluso sandalias, sin perder ni por un segundo la elegancia, que logró aupar hace diez años a Alfredo Sánchez Monteseirín a la Alcaldía de Sevilla; y el mismo que ahora ha abanderado los movimientos internos para sacarle de allí.

Apenas algunos elementos se han mantenido inalterables. Sigue viviendo en Los Remedios, está casado y con dos hijos, es hermano del Silencio, participa activamente en la cooperación internacional, conserva el honor de ser uno de los políticos más béticos de la provincia -capaz de protagonizar una entusiasta invasión al campo en un ascenso-, es una de las personas técnicamente más preparadas del partido, y sobre todo, uno de los mejores oradores. Quienes eran sus más fieles adeptos, ahora convertidos en enemigos, y quienes eran sus adversarios, ahora convertidos en defensores, coinciden en un extremo: la palabra de Emilio Carrillo no se pone en duda, sea verdad o no, pero no se pone en duda.

Durante los diez años que lleva en el Ayuntamiento, el aniversario está a punto de cumplirse, esta capacidad ha sido el gran escudo del Gobierno local. Carrillo ha marcado el ritmo del Consistorio en estos años y ha sacado a sus compañeros de más de un atolladero. Por su irresistible lenguaje y su seductora dialéctica. No sólo fue el padre del PGOU, también el principal asesor de Monteseirín, el hermano mayor de Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, del gerente de Urbanismo, Miguel Ángel Millán, y del gerente de Lipasam, Rafael Pineda. Y sobre todo es el único que ha conseguido mantener intacta su imagen en una Corporación que ha ido desgastando día a día a todos sus miembros. Sólo en un momento pareció tambalearse esta perfecta estructura. Fue en el verano de 2008, tras el atropello mortal de una mujer en la Avenida de Hytasa, cuando se enfrentó públicamente con Francisco Fernández -las diferencias entre ellos llevaban meses latentes- y se abrió el debate sobre una posible responsabilidad de su área en el siniestro. De lejos, el suceso se marca como punto de inflexión. De cerca, es una curva más en una sinuosa trayectoria política que empezaba a agotar su etapa a la sombra de Sánchez Monteseirín y Gómez de Celis. Pero incluso de ésta, salió indemne.

A Emilio se le perdona todo, celebran o se lamentan, según la persona y la época en cuestión, muchos de sus compañeros de partido, pero no se puede prever cuál será su siguiente paso. Lo que muchos coinciden en catalogar como errores, como unas declaraciones abriendo un periodo de reflexión porque el alcalde se queda hasta 2011 y dejando al Consistorio en un nuevo estado de incertidumbre, pueden transformarse en aciertos. Ya ocurrió en los 90 cuando su salida de Diputación y su etapa en el ostracismo derivó poco después en su transformación en número dos de uno de los principales ayuntamientos en manos del PSOE.

El incorregible verso suelto busca ahora una nueva página de la que formar parte, puede que encabezándola, y no faltarán compañeros dispuestos a ceder parte de su espacio ni antiguos amigos empeñados en borrar definitivamente el desconcertante pero prestigioso estilo político de Emilio Carrillo.

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