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Un juego para tres

el 15 may 2010 / 18:46 h.

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En política, la administración de los tiempos se antoja casi una quimera atropellada por las prisas. Juan Espadas se placea en compañía de Griñán y mata su impaciencia reuniéndose con las agrupaciones socialistas; Juan Ignacio Zoido avisa con titulares gruesos: o es alcalde o se vuelve a su despacho de juez, y Antonio Rodrigo Torrijos tacha al candidato del PP de xenófobo y talibán que representa a la extrema derecha de la ciudad. Queda un año y una semana para las municipales, pero la sensación que se destila es la de que se asiste al inicio de una de las campañas políticas más prolongadas de los últimos tiempos en Sevilla.

Las tres formaciones entienden que la aritmética beneficia sus intereses, pero también han digerido que la disputa será reñidísima. Cualquier señal de confianza extrema es pura apariencia. Detrás, hay miedo. Temor al contrario. Ni los populares asumen que lograrán la mayoría absoluta manteniendo la presión, ni los socialistas e IU pueden garantizar a los suyos que gobernarán en coalición. Quien diga lo contrario, se miente a sí mismo. Aquí no hay nada decidido. Y sólo queda claro que salvo una sorpresa en forma de irrupción de UPyD o de resurrección de un PA cada vez más marginal, esto se volverá a jugar entre tres.

Esta realidad explica movimientos como el de Juan Ignacio Zoido esta misma semana, cuando advirtió que si no consigue ser alcalde tras las elecciones se marchará a su casa. Tal vez sea un simple ejercicio de sinceridad. Un error de manual fruto de un rapto espontáneo en los postres de una comida. Pero suena más calculado. A equivocación forzada por él mismo y por quienes dirigen su campaña. Zoido sabe que los ciudadanos castigan a quienes pierden las elecciones y huyen despavoridos sin dignarse a recoger el acta de concejal.

¿Por qué, entonces, suelta en público semejante confesión? Tal vez todo resida en una respuesta sin meditar, pero también podría interpretarse como un paso más en su estrategia de intentar convencer a algunos desencantados del PSOE, que están por la labor de votarle, de que no habrá otra oportunidad de hacerlo. O le apoyan a él o tendrán otros cuatro años en el Gobierno a una IU a quien, más que erosionar, han satanizado. O yo o el caos. Una estrategia simple, efectiva y de dominio público: Juan Espadas representa la herencia de Monteseirín y votarle a él es votar a Torrijos. Lo demás vendrá por añadidura.

En el PP piensan que se pueden permitir un órdago tan incorrecto. A Zoido lo respaldan sus cuatro años pateándose los barrios. Ya demostró tras su victoria insuficiente de 2007 que no se iba a ir si perdía. Ha dado todos los besos y abrazos posibles y ha aprovechado los nichos vacíos de un PSOE más preocupado de sus cuitas internas que del cuidado de sus feudos vecinales. En consecuencia, no le afecta en demasía el qué dirán ahora. El coste es mínimo. Y a cambio, tensa aún más a su electorado, maneja la iniciativa... y lanza el mensaje de que no está apegado a los cargos, un factor inestimable en unos tiempos en los que los españoles consideran a la clase política como el tercer problema más importante del país. En suma, pone el debate donde le interesa.

¿Y, ante esto, qué preparan los socialistas? De poco vale fiarse de que el PP nunca ha logrado una mayoría absoluta en Sevilla. Las estadísticas están para romperse. Y sólo con la confianza en la marca ganadora ya no se ganan unas elecciones ni en Sevilla. Más aún si se advierte que se trata de las primeras marcadas por la crisis y que pueden constituir un plebiscito sobre la figura de Zapatero.

A los socialistas también les interesa un cierto distanciamiento de IU. Su dirección confía en que la mala prensa de la coalición se quede simplemente en eso y que el rechazo frontal se quede en el escenario de quienes jamás votarían al PSOE. No perderán mucho tiempo con ellos. Creen que en los barrios en los que han recaudado los votos con los que han gobernado Sevilla durante 12 años sí que tienen claro quiénes son unos y otros. Y a eso añaden como valor catalizador el relevo de un alcalde cuyo desgaste ha adquirido tintes clamorosos.

No yerran en el análisis. Después de diez años de alcalde, sobre Alfredo Sánchez Monteseirín pesa el cartel de alcalde amortizado. El anuncio de su relevo, pese a la ignominia del teletipazo, ha permitido al PSOE trasladar a la ciudadanía que ellos también ofrecen un cambio y rompe el diapasón constante del PP, acostumbrado al machamartillo con Monteseirín. Juan Espadas representa en ese sentido lo nuevo. Es un gestor contrastado y su discurso, sólido, bien estructurado y cargado de sentido común, entronca bien con el intento de recuperar voto urbano lanzando ideas que agradan a esas clases medias que se han alejado del PSOE. Habrá pocas diferencias entre lo que pueda decir en sus intervenciones públicas y lo que se le ha escuchado a Griñán en mítines como el de Mairena.

Espadas, además, casa bien con el perfil del votante moderado que desconfía de los radicalismos y que valora la posibilidad de apoyar a Zoido para evitar una nueva coalición con una IU a la que, por cierto, le sigue valiendo esta demonización como alimento para sus huestes. Algunos barruntan que Torrijos se desmoronará, pero las encuestas dicen lo contrario. El que lo tiene difícil es el propio Espadas, quien corre el peligro de ser un ejemplo de lo que exige Griñán para sus candidatos en las municipales: gente dispuesta a aguantar cuatro años en la oposición.

En su contra juegan multitud de factores. La crisis se da por descontada. Sobre él recaen cuentas ajenas y, como tantos otros, puede sufrir un voto de castigo que le pertenece a Zapatero. Y también necesita tiempo. Zoido ganó en 2007 teniendo sólo once meses hasta las municipales (a Jaime Raynaud se lo cargaron en pleno Corpus), pero ya antes había sido secretario general del PP andaluz y tenía un grado de conocimiento sustancial.

Espadas, no. Él es un desconocido para la mayoría. Recuperará muchísimo terreno en cuanto sea designado cabeza de lista, pero costará mucho ponerlo a la altura de sus dos principales contrincantes, cuya presencia en los medios durante estos años ha sido abrasiva.

Otra incógnita por sumar es la de la cohabitación con Monteseirín. No tanto porque a veces se produzcan disensiones entre uno y otro como por el hecho de que el alcalde, por naturaleza, es un tanto impredecible. Con el tiempo se ha sosegado, pero es de los políticos a los que les gusta epatar con anuncios impactantes. Ahora tendrá que consultarlos. Y, en la medida de lo posible, guardárselos para sí.

El PSOE no quiere más sorpresas ni disgustos en cancha propia. En año electoral, zanjas y calicatas, las precisas. Es por eso por lo que ha parado la intención de Monteseirín de abordar la reforma del tráfico en Pagés del Corro para convertirla en sentido único. Al PSOE le basta con rentabilizar lo que ya se ha hecho (paradójicamente, la crisis le ayuda a templar el ritmo de su alcalde) y con cerrar del mejor modo proyectos enquistados como el de Fibes o la Encarnación. ¿Y el Plan Centro para septiembre? Surgen demasiadas dudas. Un proyecto así necesita de un Gobierno muy sólido para sacarlo adelante.

En cualquier caso, el PSOE debe poner énfasis en evitar más desautorizaciones como la de Tussam en Feria. Las demostraciones de fuerza podrían reabrir determinadas heridas. Y Espadas no puede permitirse grieta alguna. Ni en el Ayuntamiento ni tampoco en el seno de las agrupaciones locales, todavía divididas entre los vieristas y los más cercanos a Monteseirin. No le vale con un apoyo algo más que formal. Esta disputa puede ganarse puerta a puerta. Y desde ya.

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