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Un laboratorio para reconstruir familias

23 chavales han seguido tratamiento en el primer semestre por mandato judicial.

el 17 nov 2012 / 20:23 h.

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"Me cuesta estigmatizar a un menor definiéndolo como un maltratador de su familia, porque a esa edad su personalidad no está desarrollada y estamos a tiempo de enseñarle", explica rotunda la directora general de Justicia Juvenil de la Consejería de Justicia. Porque a veces los conflictos de la adolescencia no se solucionan en la familia, sino que se desbordan y acaban en agresiones que llevan a los menores ante un juez. Para esos casos existen, desde hace tres años, grupos de tratamiento en los que los críos y sus familias tienen una segunda oportunidad para aprender a convivir.

En el primer semestre de este año, 23 menores fueron enviados a uno de los dos grupos de convivencia que la Junta de Andalucía tiene en Sevilla, una medida alternativa al internamiento o los trabajos comunitarios en la que se invertirán 2,4 millones a nivel provincial entre 2010 y 2013. Es la tercera medida empleada por los jueces, tras la libertad vigilada y el trabajo para la comunidad.

"Llegan inseguros, desorientados, con un deterioro emocional grande por lo que han pasado en su casa y por el proceso judicial, que es muy duro", explica Mario Ramos, pedagogo y responsable del grupo de Gines, donde conviven los varones. La llegada al centro impacta, entre otras cosas porque se produce a cualquier hora del día o la noche. Pero también supone "un respiro", porque corta una situación de violencia y, aunque tanto los chicos como los padres "están asustados y se sienten culpables, también ven que por fin se está haciendo algo para cambiar las cosas".

Paula Valdivia, coordinadora del grupo de Alcalá de Guadaíra, ve también en las chicas una actitud expectante: "Llegan informadas porque han pasado un proceso judicial, saben que no se están desarrollando como deberían y que deben reeducarse, asumir responsabilidades".

El perfil de estos jóvenes dibuja a un adolescentes de 15 a 17 años, chico o chica indistintamente, de nivel económido desahogado y que ha cometido un delito de lesiones o maltrato, normalmente en la familia "que es donde aflora el conflicto", explica Carmen Belinchón. La directora general recuerda que "un comportamiento agresivo no surgen de la noche a la mañana: es la consecuencia de un ambiente en el que no ha habido límites ni normas. Nos un hogar desestructurado a nivel económico, sino social. Los chavales han visto unos modelos, unos factores, que generan esa violencia".

En bastantes casos subyace un problema de "coqueteo con sustancias", alcohol y drogas, que se trata en programas paralelos durante el tiempo que están en el grupo. En otros casos, pocos, existen problemas de salud mental. "Cuando esto ocurre, a medida que mejoran en el tratamiento mejora su comportamiento", señala la directora general.

El grupo de convivencia es un entorno amable, una casa en un barrio, sin distintivos "para no estigmatizarlos", dice el responsable del grupo de chicos. Van a clase y pueden salir porque no es una medida de internamiento. "Por experiencia sabemos que rascar en el delito que les ha traído no es bueno", dice Mario Ramos. Primero se trabaja con el chaval unas semanas, y luego con la familia, con la que no pierden el contacto porque no suele haber problemas de afectividad, hasta encontrar el origen del problema. "Pero no hay pautas, porque en esto no hay varitas mágicas".

La conflictividad en la familia no suele extenderse al centro: "nos han llegado chicos con una actitud desorbitadamente agresiva que en 24 horas se han calmado, y en año y medio no han dado ni un problema", explica Ramos.

Paula Valdivia coincide en que no hay recetas generales, pero el objetivo está claro: "Tienen que descubrir qué les hace sentirse mal para evitarlo, qué les hace sentirse mejor, y deben ir adquiriendo responsabilidades en ese proceso, entendiendo que su futuro está en sus manos". "Simplemente llegan con una falta de pautas básicas y tienen que irlas asumiendo". El cambio, admite, se ve llegar: "De repente ellas mismas te dicen: ¿Te imaginas si yo hubiera seguido igual? Y te cuentan sus planes, siendo conscientes de que su futuro depende de ellas".

Ramos asegura que el nivel de resultados es bueno. Un estudio de la Universidad de Almería sobre la primera década de aplicación de la Ley Penal del Menor calcula que el 80% de los chavales que han pasado por grupos de convivencia no reinciden mientras son menores, aunque no hay estudios tras superar los 18 años. "Alguno ha reincidido, pero la gran mayoría no. No te digo que no tengan dificultades, pero tienen herramientas para afrontarlas. Vamos, que estas familias salen p'alante", sentencia.

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